lunes, 3 de marzo de 2025

 En una ciudad lejana como el agua, adquirió este hombre la costumbre de no dar a la noche su descanso. Y oía las voces de la radio y los tacones que iban a la boca. Y oía los chirridos de las puertas de los que eran llamados al salario. Profundamente oía este hombre estas cosas y la noche repetía en sus oídos la terca profecía ciudadana. Y esa ciudad con puertas a lo lejos, movía los pies, movía las manos por la eternidad de un día solamente. Poco a poco se ponían en marcha dispositivos de hierro niquelado, botones que se agitan como nervios, círculos de luz sobre el asfalto. Y este hombre se levantaba de su lecho olvidado, se levantaba de su alma sin dormir y rompía el amanecer contra su cuerpo. La repetición de la noche en pequeños arrullos de silencio le sacaba de su casa, le sacaba de la paz de su persona  y lo arrojaba a las tabernas milenarias.

Esas noches sin sueño.

Esas caracolas negras del cielo.

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