domingo, 29 de noviembre de 2020

Ayer, en Informe Semanal, hablaron de lo que llaman "la cuarta ola" (refiriéndose a la pandemia). Se trata de una ola que ya ha venido o que está por venir de personas con desequilibrios mentales debidos a la pandemia. En ese programa hablaban de enfermeras que han perdido su salud mental por ataques de ansiedad o por ataques de pánico de difícil tratamiento a causa de sus experiencias malas de cuidados en hospitales. Y estando como está la sanidad y cómo se va a quedar, la ayuda que pueden ofrecer a estas personas con dolencias mentales está en duda. Los enfermos de Alzheimer han dejado de tener contacto con sus terapeutas y han ido a peor, así como los pacientes con algún tipo de retraso mental. Paco y yo hemos tenido suerte ya que no hemos perdido contacto con nuestro psiquiatra en la pandemia, pero vendrán nuevas psicopatologías que tratar. En ese programa, una enfermera decía: "yo ya no era yo". Otra chica que había pasado la enfermedad del COVID, se refería a la depresión que acompañó a la enfermedad. Otra cosa que he leído en el periódico, en una entrevista a un oncólogo, es que muchos pacientes con cáncer, por lo saturada que está la sanidad, se quedan sin tratamiento, y ya se sabe lo que es quedarse sin tratamiento teniendo un cáncer.

De todos modos, en ese Informe Semanal, la otra semana, hablaban de una secta estadounidense que parecía que iba a traer la guerra mundial y no fue para tanto. Creo que ese programa a veces exagera las cosas de una manera ridícula. En fin, esperemos que esta cuarta ola no sea para tanto.

viernes, 27 de noviembre de 2020

 Vienen, como oleadas, días de cielo gris y calles mojadas por la lluvia. Yo, ayer, en un día de estos, estaba como a la intemperie de unos pensamientos que me hacían frágil. Pensaba que mi hermano y yo estamos solos (de hecho, llevamos dos meses sin ver nada más que a nuestros padres). Vemos también gente conocida que no nos aporta mucho, la verdad y vemos gente de paso que se toma una cerveza con nosotros. No vemos a los de la asociación pues estamos confinados.

La lluvia nos mete en casa y nos vuelve reflexivos y, si no la detenemos con pensamientos bonitos, nos invade una melancolía terca y meliflua que se nos mete hasta dentro del alma.

La pena es pensar que los que tienes alrededor no son gente simpática y cariñosa sino gente que complica la vida de manera estéril y estúpida.

Bueno. Yo ya no sé de qué escribir. Sin embargo, tengo una historia que me aguarda esta tarde a que la continúe. Y tengo la tarde para darme un paseo aunque llueva.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Alguna cosa le sucede bien al que muchas prueba. Esta máxima es de Séneca y me gusta mucho. Ahora que hay muchos parados, es la hora de probar, probar y probar hasta que se consiga un trabajo. El que no cree que puede hacer una cosa, debe hacer otra y otra hasta que vea dónde y cuándo es bueno en algo. No hay que desfallecer. Yo he probado con 5 o 6 novelas a ver cuál era buena. La última que estoy todavía escribiendo la leyó mi hermano y le gustó. Quizás, después de muchas pruebas, he acertado con la manera de contar, con el personaje y con la historia.

Las esperanzas se encadenan. Esta máxima también es de Séneca. ¿No hemos visto miles de películas en las que todo parece salir mal pero de repente hay motivo para la alegría por una serie de circunstancias favorables? Así ocurre también en la vida cuando a una noticia buena le sigue otra y otra y todo parece salir bien. Hay que poner de nuestra parte, claro, pero al final, muchas cosas salen a flote. 

viernes, 20 de noviembre de 2020

Por fin es viernes. Eso es lo que he dicho a mis amigos de Colón a eso del mediodía. Uno de ellos, me contesta: a nosotros nos da igual un día que otro. Y yo le he replicado: lo decía con ironía. Los viernes han dejado de ser viernes hace mucho tiempo. Y los sábados. Y etc. Luego, hemos tenido una diatriba mi hermano Paco y yo después de comer sobre el asunto de la risa. Yo le he dicho que si uno se ríe, el cuerpo lo nota y funciona mejor y más el alma o el espíritu.  Dice Paco que no me queje, que podría estar en la UCI. Y yo le digo: ¿no habría allí en la UCI una enfermera simpática que me hiciera reír? Y Paco se ha cabreado, diciendo que debería estar contento con lo que tengo. Solo me ha hecho reír hoy la novela que lleva por título "El abuelo que salió por la ventana y se largó" que es de un autor sueco. Luego, le he llamado a Paco el "hereje de la risa" porque casi está en contra de reír, no va con él. Yo voy a ver si me divierto escribiendo la novela. Como yo soy el autor, me voy a inventar un rollo cómico para mi novela y así reírme un poco si me es dado.

jueves, 19 de noviembre de 2020

 Hoy está haciendo un día primaveral. El cambio climático existe, pues. Toda vida es tormento. La dificultad de los tiempos es ley de la naturaleza. Virtud es sufrir al ingrato hasta que sea agradecido. Son máximas de Séneca estas que escribo porque no se me ocurre nada. Séneca llevó una vida oscura en el imperio de Nerón, que era un psicópata. No es pesada la pobreza sino para aquel que la tiene por pesada. No sirven de nada las desgracias a aquel que no aprende de ellas. En las películas, cuando un personaje está contemplando un paisaje o dos personajes se van a abrazar, suena una música de fondo, muy bien instrumentada que hace que nos elevemos espiritualmente los espectadores porque vemos que ese es el summum de la felicidad, el punto más alto de emoción de todo lo narrado en la película. Últimamente, en mi vida, no ocurre nada de todo eso. Los violines no se ponen a sonar por un encuentro feliz en ningún punto de mi película. Por lo general, mi banda sonora vital es un rasgueo débil de algún instrumento pobre que va recorriendo mis pasos sin acompañamiento de la orquesta. Como dice Séneca, toda vida es tormento, toda vida es aburrida y toda vida hay que aguantarla, como si de un mal se tratara. Qué le vamos a hacer.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

En un cuaderno grande tengo yo unos apuntes de cuando me puse a buscar argumentos, personajes, temporalidad, tramas secundarias, etc. para una novela. Un apunte dice así: "Escribe sin juzgarte. Las partes menos pulidas de la novela pueden resultar irresistibles después". Deberíamos hacer las cosas sin juzgarnos mucho porque si no, se pierde mucha espontaneidad. Yo fui profesor, sobre todo al principio, sin juzgarme mucho. Lo que hacemos sin darnos cuenta de ello, quizás sea lo que perciben los demás como auténtico nuestro y lo valoren más. Un grueso trazo en un cuadro, visto de lejos, puede contener unos matices estéticos grandes y si afinamos mucho en lo que hacemos, nos perdemos lo esencial. Nos conoce la gente por los arranques veraces e impensados que tenemos a veces y no cuando transitamos vericuetos comportamentales que nos hacen ser vistos raros por el prójimo. Por lo que respecta a mis familiares, yo veo que me miran y se comportan conmigo con mucho hieratismo y mucho miramiento, pero es normal, porque han tenido un comportamiento conmigo muy raro, han hecho cosas extrañas contra mí, pero yo procuro seguir siendo el mismo a pesar de esa extrañeza que me da mi familia. Las familias van adquiriendo tics y formas de comunicación raras con el tiempo y es más difícil la comunicación entre los miembros por esa idea tonta de hacer artificial lo natural.

He cocinado unas lentejas a eso de las 8 de la tarde porque a esa hora estoy más relajado y porque dicen que luego están mejores. Hoy estoy contento y no sé por qué. Si se pudiera averiguar por qué uno está contento y hacer con ello una fórmula química de efectos cerebrales yo daría muchos de mis ahorros para la ejecución y administración de tal fórmula. La vacuna contra el COVID parece una efusión de alegría entre la gente y puede que contenga un efecto euforizante en la gente pero no me vale como fórmula de la felicidad. Ayer escribí un montón de blogs y escribí la novela pero no creo que esas actividades hayan hecho que me haya levantado contento, no pensando en mi maldita rutina, no comparándome con la gente que ríe, no pensando que tenía que estar en otro lugar para estar feliz, etc. etc. etc. Y es que ese tipo de pensamientos reiterativos, unos seguidos de otros, son los que me arruinan mi buen ánimo frente a la vida. Dice mi hermano que todo el mundo sigue una rutina, pero yo veo que dentro de esa rutina, hay gente que se sienta en una terraza y se descojona y yo no.

Llevo dos días seguidos escribiendo mi novela. A mí, mi novela ni me da ni me quita y casi no tengo lectores a quién dejársela después de que la acabe. Llevo unas 12000 palabras, pero la última que escribí tenía unas 52000 palabras. No sé cómo podría yo gastar tanta tinta con esta novela que llevo entre manos, pero mi pundonor me dice que debo acabarla y rellenar muchas páginas para que salgan unas 200 para que la novela sea decente y redonda. El caso es que esta novela actual va de un personaje un poco raro y se enfrenta a situaciones que yo no sé como llevar pues soy lego en la materia de aquellas cosas en que se mete esta mujer (la protagonista). Quizás me tendría que documentar sobre algunas cuestiones para seguir escribiendo pero, de esa manera se perdería mi voluntad de escritor y además, también se perdería mi espontaneidad como creador, así que prefiero no documentarme nada y que todo salga según yo lo tenga previsto. El caso es que ya he cogido ritmo y después de estar tumbado en la cama haciendo que duermo, voy a continuarla, que de eso se trata.

Hoy en día se publican muchos libros que te ayudan a alcanzar la felicidad y el éxito. Una de las cosas que dicen esos libros es que apuntes en un papel lo que quieres conseguir en la vida cien o doscientas veces y lo conseguirás. Mi hermano Paco, al contarle yo que hoy estaba contento, me ha dicho que la felicidad está en las pequeñas cosas. ¿Y qué son esas pequeñas cosas? Nadie lo sabe. Porque el estar contento es un estado mental. O estás contento o no. Para mí, estar contento es no tener ideas negativas en el pensamiento, no compararme con nadie porque casi siempre salgo mal en el retrato o no pensar en lo que va a venir; o sea, la maldita navidad. Puede que estar yo contento dependa de muchas más cosas, pero a bote pronto, a mí no se me ocurren. Mi enfermedad, trastorno bipolar, hace que el estar contento o triste sean fases patológicas de esa enfermedad. Pero yo no sé a ciencia cierta si hoy, que estoy contento, se deba a una fase obligatoria de mi enfermedad. Es verdad que he escrito un montón de blogs, he escrito de la novela, he comprado un cuaderno grande para analizar mi estado mental diario y leo "Las meditaciones" de Marco Aurelio con asiduidad. ¿Tiene que ver eso con la felicidad que he sentido esta mañana? ¿O tiene que ver todo con una disposición cerebral mía que hace que esté contento? No lo sé. La vida es un misterio y los estados vitales que experimentamos en ella quizás también lo sean.

Una vez estuve con mi exnovia a Salamanca. Al cabo de dar una vuelta por la ciudad, ya me sentía agobiado y triste en aquella ciudad. No tenía nada que decir  a mi exnovia porque mi exnovia no entendía mi sufrimiento moral. ¿Qué padecí yo ese fin de semana en Salamanca? ¿Depresión? ¿Abulia? ¿Enfado? ¿Displacer? Todas esas cosas a la vez. Yo me acuerdo que me sentaba en un banco a fumar un cigarrillo y esa actividad de inhalar humo y exhalarlo era el único consuelo que tenía. No recuerdo mucho qué hicimos en la ciudad: sobre todo, pasear, pero todo me resultó absurdo, repetitivo, difícil de vivir por la calles aledañas a la plaza mayor. Me había cansado de mi exnovia, me había cansado pronto, muy pronto de la ciudad y me había cansado de los temas que me contaba mi exnovia: cosas de su familia que me agotaron psíquicamente. Yo quería que pasara pronto el tiempo y largarme de allí. El viaje de vuelta fue un bálsamo para mí, pues fui viendo el paisaje por la ventanilla, íbamos hablando de cosas intrascendentes, todo el escenario había cambiado y por ello, los parlamentos del teatro que vivimos ella y yo. Qué alivio. Hoy, cuando me levanto, noto es abulia, esa desidia, esa depresión leve, pero no tengo carretera con que quitarme la sensación odiosa de estar siempre en el mismo lugar.

Según un tipo de psicología, deberíamos estar agradecidos por levantarnos sanos,  por tener agua con que lavarnos la cara, por no tener que ir a un lugar extraño y lejano y frío a hacer de vientre, por tener leche y café y una fruta con qué desayunar, por tener un ordenador en el que mirar mails de los amigos, por vivir en suma, como lo llaman los anglosajones, in the land of plenty, en la tierra de la abundancia. Sin embargo, estamos melancólicos quizás porque vemos que la sociedad, la política, nuestro entorno no funciona como nosotros desearíamos. La política de hoy en día no admite término medio: o eres de unos o de su contrario. La corrección política solo admite una postura, además. Pero es que la comunicación con el vecino, con los de la calle, no es posible y esta cerrazón nos hace endebles, deprimidos, desconfiados. Yo creo que hubo antaño otra forma de relacionarse más espontánea que ahora ya no existe. Todos nos parecen extraños en la ciudad y no debería ser así pues en realidad sospecho que vivimos la melancolía de no poder exponer al prójimo nuestros anhelos íntimos, nuestras preocupaciones. El sujeto de a pie se ha vuelto egoísta y a la vez, se ha vuelto un cuenco cerrado que no vuelca sus sentimientos a los demás. Así lo vivo yo, que, al único que puedo decir mis cosas del alma es a mi hermano.

martes, 17 de noviembre de 2020

Dos hermanos hablan. Uno pregunta a otro: ¿no te parece una rutina esto que vivimos? El otro, en vez de contestar, que es lo que hay que hacer a una pregunta, intenta convencer a su hermano de que todo el mundo aguanta una rutina. No es eso un diálogo, sino una imposición. Hay mucha gente así en la vida, que en vez de contestar a lo que se les pregunta, te imponen su punto de vista. A lo que se contesta con un no o un sí, se restriega al preguntador toda la visión del mundo del interrogado pero no la verdad sobre esa pregunta. Lo cual es deprimente y poco pedagógico porque no es objetivo sino muy subjetivo. Si encima, ese hermano que no contesta la pregunta que le haces, tiene pasión por hablar, hablar y no dar paso a su interlocutor de ningún modo, la depresión conversatoria es mayúscula. Pero bueno, uno no elige sus compañías en la vida sino que le vienen impuestas a veces y hay que aguantar monsergas no pedidas todos los días porque el otro, el que tenemos al lado, es así: impositivo, no deja hablar y cree que su razonamiento es superior.

                                   La epidemia ilógica.

 En la alejada ciudad, había baldosas que temblaban al paso y producían caídas de consecuencias irreversibles en los ancianos, el aire era insano cuando venía de la capital y era frío cuando venía de la sierra próxima. En la alejada ciudad hacía mucho viento, un viento maléfico y ruin que mantenía al vecindario en casa hasta que amainaba. Había en la alejada ciudad hoja de otoño que llegaba a estar en el suelo pudriéndose hasta el otoño siguiente, dando fe de la dejadez de los empleados de la limpieza. En la alejada ciudad había la manía de irlo dejando todo para el día siguiente. Cuando un vecino se levantaba por la mañana, a la hora que fuese, la alejada ciudad siempre estaba desperezándose hasta que llegaba mediodía. La alejada ciudad siempre estaba gobernada por un alcalde cacique, que no invertía ni un céntimo en la ciudad, pero que siempre estaba dispuesto a subir los impuestos a la población.

Allí vivía Juan, el enfermo mental, que tuvo un episodio psicótico en su adolescencia y con el paso de los años, se convirtió en profesor. Allí vivía Lucía, la enferma mental, que con el paso de los años fue auxiliar de dentista en una clínica. Allí vivían los alejados, como los llamaban a los que vivían en esta ciudad sin historia y sin corazón.

Miró a su hermana, le dijo hola y esta dejó de comer arena y se elevó del suelo donde estaba arrodillada y vagabundeó, volando por la habitación. No era sorprendente este fenómeno en los trópicos. Es más, desde que llegaron los colorados, todo el poblado asistía a fenómenos raros todos los días. A Rafael Sindiós se le cayeron de repente todos los dedos de las manos mientras clavaba un clavo para colgar un crucifijo. A Elena Porco, las monedas que guardaba en un baúl desde que se casó, se le echaron a rodar de una en una hasta la casa de su hermana, que estaba enfrente y no hubo manera de pararlas hasta que se dieron de golpe con la puerta de Jacinta Porco, la hermana. Allí se deshicieron en un polvillo metálico parecido al bicarbonato y se esfumaron en el ambiente como si no hubieran existido nunca. A Manuel, el niño de Resurrección la manca, se le hinchó la nariz de un modo exuberante y mortal a la vez pues entraba tanto aire cuando inhalaba, que se le rompieron los pulmones y quedó tendido allí, hinchadas las narices como una papaya y muerto por el estertor de sus pulmones. Y así, empezaron a pasar todo tipo de cosas y un escritor las empezó a llamar realismo mágico. Las empezó a contar en páginas y páginas delirantes y vendió muchos libros en el Caribe y fuera del Caribe.

 Vivimos en una sociedad errática y esto quiere decir que no sabe muy bien dónde va. Los jóvenes están desterrados a un botellón continuo y se vuelven ninis con demasiada facilidad. La educación es muy triste y más triste se vuelve con las leyes de educación que promulgan ministros bizcos o ciegos de toda entendedera. Los partidos políticos están antes que un gobierno que miente y retuerce el estado a voluntad. La pandemia ha demostrado que se puede mentir, no prever nada, no abastecer de lo necesario a los que lo necesitan y no pasa nada. Los acuerdos de gobierno son aberrantes y lo único que hacen es reafirmar la idea de que nos encaminamos a un nuevo régimen que ni siquiera conocen los que gobiernan, aunque los modelos están ahí: Cuba, Venezuela. El comunismo, dado por muerto en 1989, vuelve con fuerza en forma de populismo que promete el oro y el moro a costa de nuestro sistema institucional. La monarquía está en entredicho. Los jueces, también. La enseñanza, también y el idioma castellano, también. España es el único país del mundo que prohíbe su propio idioma. ¿Dónde vamos? A la puta mierda; esto es, a andar errantes en una historia pequeñita hecha de caudillitos pobres y tristes que no saben lo que quieren.

Recuerdo el examen escrito que realicé el año que aprobé mi oposición a profesor de enseñanza secundaria: a los opositores se nos hizo de noche escribiendo en una sala de instituto de no sé que barrio o ciudad de la Comunidad de Madrid. Después recuerdo opositores con un maletón inmenso en el que llevaban no sé qué recursos para la exposición de un tema en clase. Yo me limité a explicar mi experiencia en el comentario de un libro de Galdós en clase. Me preguntó antes el miembro del jurado cuál era mi enfermedad. Se lo dije: trastorno bipolar. También recuerdo que iba yo por el patio del instituto aquel y el miembro del jurado me dijo: has aprobado. En aquellos tiempos, yo luchaba por todo y en todo: luchaba con los alumnos en el aula, luchaba yendo en cercanías y autobuses a las 6 de la mañana ya las 3 de la tarde, luchaba con los apuntes de oposición. Un buen amigo me dio un consejo: solo estudiar 40 temas y, de esos temas, solo estudiar 7 folios, que es lo que da tiempo a escribir en dos horas. Así lo hice y triunfé. Esta mañana me he levantado tarde, he desayunado, he ido por pan y diario recorriendo la calle de mi barrio. Hoy no lucho por nada. Lucho casi contra mí y mi deseo de que algo cambie, pero no cambia nada. La vida, cuando se estanca, se vuelve venenosa. Yo he tenido una actividad que me salvó. Hoy la inactividad me pone mal. Pero en todas las ocasiones hay que vivir y no tirar la toalla. En eso estoy.

La profesora de Lengua y literatura que yo tuve era muy ecléctica y moderna y un día nos trajo una tira cómica para comentar. En la tira, aparecía un hombre vestido de negro que se levantaba, iba a la oficina, comía y de noche, se echaba a llorar. La profesora nos preguntó si veíamos algún recurso pictórico en la tira. Las viñetas eran tan simples que no nos dimos cuenta de ningún dato especial en ella. Pero sí lo había: era la hipérbole o exageración que había en las lágrimas que saltaban de la cara de aquel hombre vencido por la rutina.  En verdad, eran enormes. Añadiría yo otro recurso que es contar una vez lo que ocurre muchas veces: o sea, retratar la rutina. La rutina es algo de lo que huimos los seres humanos por aburrida y falta de emoción. La profesora quizás nos alertaba así, con esa precisa historieta, que me parece que era de Quino, la vida que podríamos llevar nosotros, sus alumnos, en nuestras vidas futuras. Y acertó porque yo, su alumno de entonces, vivo en una rutina en la que no aparece un encuentro que me ilumine el día, como dice la canción de Sabina. Mi vida es pura rutina. Y no me debería quejar al tener todas mis necesidades cubiertas, pero, como dijo Cristo, no solo de pan vive el hombre. En fin, la profesora actuó de profeta para todos los alumnos que éramos en aquel aula y quizás muchos de nosotros sufrimos esa rutina y lloramos de noche al ver que un día es igual a otro día sin remisión.

lunes, 16 de noviembre de 2020

La vida es ese animalillo que se pega a uno, unas veces dócil; otras, divertido y las más veces esquivo y feo. Ya estés a la orilla del río, comprando en el súper o meando, el animalillo sigue ahí. Y no puedes darle esquinazo de ninguna manera y si no es grata su presencia, te hartas, pero lo aguantas porque es intrínseco a tu ser. Mi animalillo es más bien triste, me hace rumiar siempre las mismas cosas, me acompaña, pero no fielmente, no agradablemente. El animalillo para mí siempre es susceptible de una queja, un malhumor, una insatisfacción grande. No me gusta mi animalillo de la vida. Dice M. Aurelio: pronto olvidarás todo, pronto te olvidarán a ti. Se refiere a la muerte, claro, otro animalillo que solo se pone al lado nuestra una vez y tiene el aspecto de una esfinge. También hay que tratar con este animalillo alguna vez en la vida. El mundo rueda con nosotros en él y tan pronto cambiamos el animalillo pegajoso y fiel por aquel que nos dará un ladrido o un viscoso lametazo para que dejemos de vivir. Pero no quiero ponerme fúnebre. Es que quiero escribir un poco y no sabía muy bien de qué. Me aburre internet, me aburre mi vida y me aburro a mí mismo. Si no tuviera enfermedad mental, me cogería un autobús y me iría esta noche misma al borde del mar, a una playa lejana o cercana y me daría un inmenso paseo al run run de las olas, plas, plas, plas; así hasta que me entraran ganas de comer una sardinas asadas y acostarme con el run run de las olas a lo lejos: plas, plas, plas y así creo que me olvidaría por un día de ese animalillo que tengo al lado.

 Se ha llamado al dadá antiarte. Escribo este artículo de blog para empezar el día y crear algo de sentido a la mañana pero no sé si me saldrá. Los dedos no están tan ágiles como ayer domingo por la tarde. Empiezan los anuncios de Navidad. No me gusta la Navidad porque rompe mi rutina. A veces me quejo de la rutina pero la prefiero a juntarme con seres a los que no veo en todo el año. La Navidad es una hipocresía que se pega al riñón como la grasa.

La vida pasa como un jilguero pasa la primavera: sin darse cuenta. La vida es como la manecilla de un reloj, nunca para. La vida es como un perro fiel, siempre a tu lado aunque sea inútil.

El caso es que dicen que va a haber mucha renuencia a ponerse la vacuna en España. Dicen que la mitad de los españoles no están dispuestos a ponérsela. Esa es la diferencia de España con el resto de países. Somos anarquistas.

Voy a dar un giro espectacular en mi novela: va a haber un secuestro para hacerla emocionante.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Yo oigo mucho decir a la gente que necesita cosas. ¿No somos los homo sapiens? ¿No deberíamos dedicar más tiempo al pensamiento que a las cosas materiales de este mundo? Un buen libro nos cuenta cosas tan sorprendentes que no nos hace falta más. Si con perfumes piensa la adolescente que va a conquistar a su noviete, va mal, pues le conquistará mejor con la cabeza en su sitio y un buen bagaje de bondades y no de subterfugios para conquistar. El cerdo huele mal pero hay que ver el hambre que ha quitado a la gente.

Sapiens viene de sapere, saber. Hay un viejo refrán que no sé ya quién lo dijo. Dice así: aude sapere, atrévete a saber. Saber es más duro de lo que parece. Si no sabes, vives la vida riendo y gozando como un cerdo o como un alacrán que se aplasta contra la piedra.

Los domingos por aquí, por la ciudad, no hay mucha gente, así que no hablo con el prójimo. Además, el prójimo suele ser una persona con problemas ajenos a los míos y suele ser el prójimo un saco de vicios muy difícil de llenar. El prójimo pide dinero, molesta y se cree que yo soy gilipollas. El prójimo es inaguantable. Menos mal que los domingos hay pocos prójimos por la calle.

A propósito, un prójimo llamado Pedro Sánchez, en el ABC que he comprado hoy sale presumiendo de que le gusta el género literario creado por Valle Inclán llamado "esperpento". Podría mirarse al espejo y ver su propio esperpento. Habla del esperpento y no cita ni una de esas obras mientras que yo he leído Luces de bohemia, qué menos. Y el Ruedo Ibérico. Y Tirano Banderas. Es una lectura muy difícil. No creo que este botarate haya leído la prosa de Inclán. Se le notaría algo. En fin, este hombre se quiere hacer notar y no sabe cómo.

 Dice Marco Aurelio, en sus "Meditaciones" que hay que ser amable con la gente mala porque hay que conservar la entereza de uno mismo hasta en las peores situaciones y yo creo que en esta vida lo peor es tener que aguantar a gente mala. Quevedo decía que más vale un huerto que da poco que un barco que se va a buscar oro. En esta apreciación sigue la estela de Fray Luis de León, fraile que le antecedió (a Quevedo) y que le dio buenas lecciones de estoicismo. Decía Fray Luis de León que pocos y sabios siguen la apartada senda que conduce a uno mismo. Pocos son, porque pocos son los que piensan en qué consiste esta perra vida. Pero ya que Marco Aurelio, Fray Luis de León y Quevedo dejaron dicho todo esto que relaciono supra, ¿qué más hay que decir? Marco Aurelio dice también que esta vida es a manera de pugilato y no de danza pues hay que mantener el tipo ante las agresiones de la vida.

Yo me hago discípulo de estos y no me vale el mandamiento de querer a mi prójimo como a mí mismo si mi prójimo es una persona que a mi modo de ver no reflexiona y se aplasta como un alacrán a la silla y al sofá. No me vale amar a mi prójimo si apenas le conozco ni tiene nada que ver con la filosofía que yo llevo, que es reírme poco y andar erecto, no estar todo el día bebiendo y carcajeándose sin pensar un átomo en qué consiste la vida. El prójimo que yo veo no lo considero de mi especie porque anda huérfano de pensamiento. Decía Machado, otro estoico: el español bosteza: ¿tendrá frío, tendrá el estómago vacío? El vacío es más bien de la cabeza. Sigue siendo actual la apreciación que hace Machado, yo no lo dudo.

Y la pena es que en España no hemos avanzado mucho. Hombre, se pone uno a pensar el papelón que hicieron los alemanes el pasado siglo y dices, joder, qué bestias. De algún modo hay que consolarse. Pero no hemos avanzado mucho de Machado acá, creo yo.

Ya digo que los domingos no hay mucha gente por la calle, así que yo no tengo que pensar mucho en el puto prójimo y quizás sí en mí mismo, que la vida viene muy malita y a los enfermos mentales nos tienen acorralados y piensa la gente que vamos matando. Más bien nos matamos a nosotros mismos con pensamientos duros de llevar como la desolación, la angustia o la ansiedad.

 Hoy está siendo domingo todo el día. Los domingos no se ve mucha gente por la ciudad porque las tiendas cierran. Yo me suelo dar un paseo. Por la mañana me ha entrado un principio de desolación mientras iba por el diario, el pan y unos huevos para hacer una tortilla. Hay gente que se aplasta como los alacranes a la piedra en las terrazas y beben y ríen y ríen y beben. Yo no dedico mucho tiempo a la bebida ni a la carcajada. Mi vida transita en una discreción sin divertimento.

Mi hermano Paco es de índole reflexiva pero luego se explica fatal. Escribe y escribe sensaciones y problemas. Yo leo las "Meditaciones" de Marco Aurelio: lo que ya está escrito no necesita paráfrasis, si ello está escrito bien y con buen seso. Para mí, Marco Aurelio dijo unas verdades como puños. A ellas me sumo y me atengo. Cristo también dijo sus verdades pero parece, según dicen los curas, que hay que dar a los pobres lo que nos sobra. Después de haberlo ganado. En mi caso se asocia a la imposibilidad de dar clase, una oposición ganada en buena lid y una enfermedad mental. ¿Ha hecho algo esta sociedad por mi enfermedad mental? Nada más que añadir mentiras y calumnias sobre los enfermos mentales. Yo doy a Acnur porque dicen que los refugiados son los pobres de los pobres. Pobres y ricos seguirá habiendo toda la vida. No es mi misión hacer de pobres, ricos. El gobierno es el que debe prohibir que haya tan pocos ricos pero con tanto dinero. Que les pongan un buen impuesto. No lo veo mal. Mi vida podría dar muchas vueltas de la mano del destino y el dinero es un colchón por si el destino nos lleva por malos caminos.

Ya digo que en domingo, aquí, donde vivo, se ve poco movimiento. Había un control policial según iba yo andando. Querían cazar a gente que entraba o salía sin permiso de trabajar o de ver a su madre enferma.

Bueno. Yo solo digo que a las buenas razones hay que hacerlas caso y no a los intereses de Dios que a saber si existe. Hay leyes humanas y leyes divinas y no se han de mezclar, por eso está de más que los curas nos digan que demos lo que tenemos a los pobres. ¿Y a los borrachos, qué les damos?

sábado, 14 de noviembre de 2020

Un señor llamado Bauman, polaco marxista y británico de adopción dice en sus escritos que la sociedad de hoy en día es una sociedad líquida. Yo no daría voz a un marxista si este no fuera además sociólogo, filósofo y estudioso del mundo moderno. Sociedad líquida vale por una sociedad en que no hay vínculos entre el individuo y otros individuos o un colectivo. "Yo soy esto, yo soy aquello", decimos, pero no tenemos un gancho con la familia o con un colectivo. Y el colectivo con el que tenemos un vínculo nos sonroja descubrirlo: el taller de cerámica promovido por el ayuntamiento o una escuela de danza de sexagenarias preocupadas por Cantora, la Obregón y Fran Rivera. 

De pena. Pero así va el mundo. Individuos a la deriva que son grandes profesionales pero que han ejercido en varias empresas o trabajos de todo tipo, individuos que están como en cápsulas pequeñitas de dos en dos porque más de dos ya es imposible la comprensión..., individuos absurdos en su soledad orgullosa que no han dado un beso más que a su lanudo perrito de aguas. En fin, que triste es robar, más triste es pedir.

La sociedad alienada en términos freudianos da el poder a personas alienadas (no podría ser de otra forma). Presidentes que venden a la ciudadanía al mejor postor. También de eso va la sociedad líquida. Los malos gobiernan: sálvese el que pueda. Gente que vota por un voto agradecido, no convencido. O quizás sí, convencido porque son tan malos como el presidente de turno. El analfabetismo de hoy en día se muestra en programas basura que ponen a todas horas, con gilipolleces como llenar la cámara de televisión de dos besándose y luego, regañando. Nunca había salido tan barato el anuncio que te meten luego para que compres el perfume navideño de moda.

Qué triste es robar, más triste es pedir. Vendrán dineros de Europa a los que han llamado "escudo social". Lo que se colige de esos dineros, por lo que pasó en Vandalia, es que habrá una corrupción de tintes corleónicos. Porque aquí, en España, no hay decencia, digan lo que digan. No es "Spain is different" sino "Spain is owesome". La vergüenza de Europa, la corrupción a raudales. Y eso también tiene que ver con la sociedad líquida. Nada importa, ni la dignidad de la persona ni de las personas a las que gobiernas.

La gente anda, como yo, de acá para allá como perros solitarios. Me encuentro con una conocida en medio de la noche que me dice que viene de pasear, como yo, de pasear su soledad por las calles llenas de hojas amarillas que recuerdan a la muerte. Eso es la sociedad líquida. Te casas, te divorcias. Tienes amigos, no tienes amigos. Es todo tan líquido que se escurre entre las manos. Da pena. Pero si no sabemos ni a quién tenemos delante. Lo malo es que todo se rige por un determinado interés, no por una franca generosidad. El que sea generoso en estos tiempos se solemniza como tonto del bote. Es la sociedad líquida: que no tolera la bondad. ¿Dónde estará la bondad de que habló Platón y Santo Tomás de Aquino? Ya no es que vivamos en una cueva y no la veamos, es que ya no se proyecta sobre la pared de la cueva. Hay que ser malo y egoísta en esta sociedad líquida para que los demás te entiendan. ¿O estoy diciendo alguna tontería? Qué pena robar, más pena pedir.

Lo contrario de lo líquido es lo sólido, lo compacto. Lo que antes se daba por descontado, esto es, que la gente era honrada, ya no hay manera de comprobarlo en nadie. La gente es ladina, no tiene valores que ya no se enseñan en las escuelas. Ahora se puede pasar de curso con 5 asignaturas suspensas. Toma ya. Más líquido que eso, imposible. Te invitan a que te tumbes, a engordar en el sofá a ver a la folclórica de turno contándote su vida. Qué triste es tener vista y qué triste tener oído. Cómo descansan los muertos de esta triste vida. Todos desconfiamos de todos. Es lo líquido, es lo que nos enseñan. Los valores redondos, que giran sobre la bondad, no existen. Existe el cachondeo, la aberración y la carcajada. No la reflexión moral. ¿Qué va a saber de reflexión moral esa que está en el bar bebiendo cerveza sin hacer caso a su hijo ni un momento?

Bueno. Finalizaré diciendo que seáis buenos aunque cada vez cueste más y sea menos inteligible por la sociedad líquida. Sociedad líquida. ¿Nos la bebemos?


jueves, 12 de noviembre de 2020

La vida fluye, la vida pasa. Los párrafos de la vida que parecen insulsos pueden ser luego de un gran atractivo. La gente mala abunda. Recuerdo a ese profesor de autoescuela que lo decía: "lo malo abunda". Las uvas engordan en la vid y quieren ser recogidas. La Navidad está al llegar y las víctimas del terrorismo tendrán un motivo para sentirse heridas por el presidente del gobierno. Ya va a ser la una del mediodía y voy a charlar con mis amigos. Los asesinos ganan.

Está nublado pero no llueve. Hace una lluvia contenida allá en lo alto. Las gotas de agua que no caen cabrean a los que deseamos lluvia que limpie las calles.

Asquerosos que pegan a los policías son ahora los que tienen la sartén por el mango, pero la gente no es tonta o eso espero.

 Llegará el día en que llueva y llueva a discreción sin temor a los árboles ni a las aceras ni a los ciudadanos y todo se limpie para que veamos mejor al enemigo.

En fin, irregularidades o aberraciones al margen, yo vivo con salud y doy gracias a Dios. Mueran los tiranos. Mueran los gobiernos desleales. Hoy estoy más triste que ayer pero menos que mañana.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

 Hasta en los pueblos más tristes 

encontrarás a los pijos, 

esos que viven de los padres.

Son los antiguos petimetres

que se lavan y relavan

y van muy limpios a los bares.

No estudian, eso les duele la cabeza.

No trabajan, eso no va con ellos

y así, de fiesta en fiesta

van dando nota de lo que valen:

ríen, cantan bailan y sobre todo se emborrachan

con el dinero de papá o de mamá

y se ponen muy serios cuando les llaman vagos.

Qué señoritos he visto yo en los pueblos

que entre cubatas y blanca y cantares

han llenado los bares

de indecencia, de corrupción y de pena.

Breve memoria.

Las circunstancias sociopolíticas de los años 80 y 90 venían determinadas por el paro. Había mucho paro y la vida estaba difícil, de modo que los padres comprendían que lo mejor para sus hijos era que hicieran una carrera antes que ponerse a trabajar en cualquier empleo temporal y mal remunerado. Por eso yo fui a la universidad, como tantos otros que engrosábamos las filas abarrotadas de estudiantes de aquellos años. Hubo algunos que se tomaron a broma lo de estudiar y ni siquiera aprovecharon la oportunidad que se les daba y a lo mejor cayeron en el mundo de la droga, pero yo a esos no les seguí la pista. Lo que sé es que por aquellas fechas hubo mucho paro, mucha droga y mucha delincuencia.

Yo no sufrí la delincuencia ni probé la droga. Yo probé los libros que me compraba con las cinco mil pesetas que me daba mi padre para la semana.

Leí algunos libros interesantes y reconocidos por la cultura dominante, pero ninguno me salvaba del miedo a no tener trabajo después de acabar mi carrera de Filología Hispánica. Como la lectura empuja a escribir, yo escribía, pero no con la constancia suficiente como para acabar una novela buena o mala, que eso tanto daba.

Yo me metí en un edificio lleno de aulas, donde a veces no cabíamos todos, a que me dieran la charla unos profesores convincentes en algunos casos y en otros, no. En aquella época daba la impresión de que se hacía lo que se podía con lo que había, que no era mucho ni muy bueno, la verdad. Eran tiempos de crisis como los que hay ahora pero ahora parece que la crisis aprieta más, se parece en mayor grado al crack del 29, según dicen los que analizan la economía. Da la sensación de que en España se está siempre en crisis, si no es por unas cosas es por otras. En las aulas se estaba abrigadito mientras fuera hacía frío y eso era muy reconfortante algunas veces que me daba por mirar por las cristaleras mientras el profesor hablaba de Juan de Mena o de Fernando de Rojas, autor de “La Celestina”.

En una ocasión en que me iba a sentar en un pupitre de los de delante para oír bien, se me acerca un menda y me dice: “hola, me llamo Leandro” y me tiende la mano. Yo le di la mano y le dije mi nombre y empezó ahí una amistad, de esa manera tan sencilla. Antes de que viniera el profesor le dio tiempo a decirme que era de Toledo y que quería hacerse director de cine. Yo le dije que a lo mejor yo acababa de taxista pues mi padre era dueño de un taxi pero que mientras, pensaba acabar la carrera, que me gustaba esto de las letras y tal, que escribía cosas...Vino el profesor y nos callamos.

Me parece que después de las clases fuimos al bar, pero estuvimos poco porque este chico se tenía que ir corriendo a no sé qué curso. Apenas hablamos de nada.

Los días siguientes nos vimos y él me contó cosas de su pueblo y yo del mío que, bien mirado, se asemejaban mucho. El caso es que yo, los fines de semana, por aquello de que mis padres eran muy mayores y yo no quería ser rebelde con ellos y hacer mi voluntad porque casi no la tenía por aquellas fechas, me iba al pueblo con ellos en el taxi. Allí tenía una bicicleta con la que daba vueltas, largas vueltas a otros pueblos parecidos al mío.

Yo leía los libros que mandaban los profesores, en castellano antiguo, de temas aburridos de amores, de héroes, de escribanos y toda esa patulea que debió existir en España antes de hacerse moderna, allá por 1975, cuando murió Franco.

Yo nací en el 69; o sea, que poco me enteré de lo de la Transición, pero veo por documentales que estuvo bien aquello, con todos sus defectos.

Yo, en materia política, me arrimo a las derechas, aunque suene mal, porque son más serias que gente que trabaja poco y mal y no pide más que derechos y monta huelgas. Que digo yo que gente como esa desprestigia a los políticos de bien que haya en las izquierdas. Me desvío del tema y no quiero, que, al final de todo, la política para los políticos, que siempre lo he dicho. Las veces que he discutido de política, nunca me han dado la razón, no sé si porque no entiendo o porque en realidad me interesa menos que a otros como mi cuñado, que muere por la política y es de los que dicen que la política lo es todo en la vida, desde que te levantas hasta que te acuestas. Dejo el tema.

Mi amigo Leandro escribía en las horas muertas de estudio unos poemas que mezclaban los ojos furibundos de un dios sutil con los ramajes hipócritas de las galaxias neutras de un cocodrilo. De modo que yo le dije que no entendía su poesía y dudo que hubiera mortal que pudiera y me puso la excusa del surrealismo. Tampoco discutimos mucho sobre la poesía porque no sabíamos ninguno gran cosa de ella; lo que pasa es que yo, la poca poesía que escribía, se atenía a la razón, siendo mala.

Un día me sorprendió Leandro cuando vino acompañado de una chica muy mona, de la que nunca me dijo cómo la conoció. El caso es que anduvimos un tiempo los tres juntos parloteando por la facultad hasta que, a esta chica, de la que no recuerdo el nombre, me pidió que le hiciera un trabajo individual que nos había mandado un profesor. Yo le dije que no se lo hacía y que no insistiera porque yo no iba a ceder a hacérselo.

“¿Cómo eres así?”, me dijo Leandro. Yo le dije que se lo hiciera él, pero arguyó que no tenía tiempo porque tenía que estudiar inglés. “¿Pues no es tu amiga?”, le dije yo. Empezó a decirme que se estaba preparando para no sé qué escuela de teatro y cine y que no tenía tiempo de nada. Me terminó cansando él y su amiguita. Al día siguiente me senté en la última fila, lejos de ellos dos. Leandro vino a templar gaitas, pero yo lo rechacé, no de malos modos, pero lo rechacé.

Cuando yo iba al pueblo, me dedicaba a jugar al fútbol en el juego de pelota donde, si no ponías cuidado, te dabas con el frontón. Siempre había algunos que tenían que ganar siempre y otros, agachar la cabeza, pero se pasaba el rato. Lo bueno venía después, unas cervecitas en el bar y unas risas a cuenta de cualquier cosa. Luego, a la noche, con el ejercicio, dormías como un bendito.

Cuando tocó leerse “La Celestina” me di cuenta de la sabiduría y pesimismo que guardaba ese libro. Las discusiones sobre el género del mismo a mí me daban igual, lo que me gustaban eran los parlamentos sabios de la vieja, los diálogos entre los demás personajes, tan sabrosos, y la reflexión que hace Rojas sobre la avaricia, la vejez, el loco amor, las envidias, el fatalismo por el que se rige la vida. Una cosa me gusta sobremanera en ese libro y es su prólogo: es genial. Lo recomendaría a cualquiera. En él se dice que la vida se plantea a modo de lucha; lucha entre padres e hijos, entre hermanos, entre viejos y jóvenes, guerras, envidias, aceleramientos... A modo de lucha es la vida, bien lo he sabido yo a lo largo de la mía y grandes dosis de amargura me ha costado revolver por dentro de mi ser acatar tal ley y creo que a cualquiera que es legal. Los hijos de puta, sin embargo, no suelen amargarse la vida con nada.

La literatura española la partían en tres: La Edad Media, en primero, a la que asistíamos tremendo batallón de estudiantes modorros frente a un profesor barbudo que sabía del tema y era orador bueno el hombre. Siempre le recordaré. Se llamaba Díez Borque y una vez que le tuve cerca, le vi todos los dientes roídos y me le imaginé comiendo un filete, cómo lo tenía que pasar el pobre. Ahora, era una gozada oírle hablar del Arcipreste de Hita y de otros locos que escribieron por aquellas fechas remotas. Luego dábamos el Renacimiento en segundo y cuando ya estábamos en salsa, nos aplicaban el Barroco en tercero. El Quijote, como caía entre el Renacimiento y el Barroco pues no lo dábamos y santas Pascuas. Que es lo que digo que tiene la maldita burocracia, que nunca cuadra a la realidad de los hombres y siempre sobra o falta algún papel. Pero bueno, ya digo que no estábamos para exigir sino para aprovechar el tiempo si la cosa daba para ello antes de salir al nefasto mercado de trabajo. En cuarto uno se especializaba, si cabe tal apreciación, y yo me especialicé en Lingüística. Se me estaban pasando los días como el agua, ir y venir todos los días en autobuses que eran panderetas para Navidad, como le oí decir un día al conductor por los mecanismos de conducción de tales vehículos. Los asientos eran de contrachapado y eran los mejores cuando tenías la suerte de ir sentando veinte kilómetros a cincuenta por hora hasta casa. Luego todo ha ido a mejor o a peor, según se mire.

En aquel curso de quinto, tuvimos dos profesores muy raros: uno era el de sintaxis y otro el de semántica. El de sintaxis elaboró un discurso en el que él mismo se hacía las preguntas y se las contestaba. No creo que ninguno de los alumnos que acudíamos a su hora entendiera gran cosa de aquella maraña bizantina que se fabricó el tío. Para mí que estaba mal de la azotea. Al de semántica, más viejo, tampoco le entendió nadie porque tampoco se sabía lo que decía. Este hombre también tenía diálogos consigo mismo y yo no recuerdo más que su cara de buen hombre, pero era más raro que encontrar trabajo en España por aquellas fechas. De modo que los dos lo resolvieron todo al fin de curso mandando un cuestionario y listos. Como yo no estaba allí para discutir nada, no lo hice. Aprobé como pude y Sanseacabó.

Tenía el título en mis manos y me enfrentaba al trabajo, que era de lo que se trataba. Me apunté al paro como el que se apunta al tiro al blanco, a ver si se acertaba. Pese a mi escepticismo, conseguí recalar en una academia y dar clases a adolescentes castigados en verano por sus padres.

Me pasó una anécdota entre desagradable y amable, porque acabó bien el caso, entre los adolescentes con los que tuve que lidiar en la academia. Al salir al recreo, uno de ellos, de tendencia punki, quiso hacerse un agujero con una aguja en el lóbulo de la oreja. Y lo hizo y le empezó a salir sangre de una manera escandalosa. Otro de mis alumnos que no había desayunado siquiera, se mareó al ver la sangre y sufrió una lipotimia. Como yo había hecho un curso de socorrismo un verano, le socorrí, alzándole las piernas para que bajara la sangre a la cabeza y comprándole una coca cola con la que espabiló. Cuando veía a este chico por la ciudad me saludaba muy efusivamente, recordándome mi ayuda en aquella ocasión.

El verano pasó y llegaron los exámenes temidos por aquellos chicos a los que di clases. Yo quería seguir mi camino de profesor hasta donde pudiera, pues el oficio me había probado y lo pasaba bien explicando lengua y literatura a los alumnos.

Luego oposité a Educación Secundaria. Estuve mucho tiempo de interino, intentando aprobar unas oposiciones que salían cada dos años. Para ser profesor de adolescentes hay que tener cierto cuajo y parece que yo lo tenía pues ni un chico de aquellos que abarrotaban las aulas ni me pegó ni me insultó, lo que doy por bueno en 16 años que anduve por esos institutos de Dios y en un país como España. A veces, un director de esos que no hacen nada más que molestar a los profesores espiándolos me la montó. Y, a veces, un curso de niños faltos de la autoridad de sus padres también me lo hizo pasar mal. Conocí profesores compañeros de todo tipo: algunos que ayudaban, los menos, pues la mayoría iban a su interés, sin hacer caso al de al lado. Anduve por barrios ricos y barrios pobres y unos por ricos y otros por pobres, todos los adolescentes cojeaban del mismo pie: indolencia, ausencia de todo concepto de autoridad y la indisciplina típica de este país de borregos. Hasta que conseguí aprobar unas oposiciones y ahora ocupo una plaza de profesor en un instituto como hay muchos. Ya me he ganado el respeto de estos niños de la play station y del llaverito que abre la puerta de su casa vacía de padres porque llevo un tiempo con ellos. Los veo crecer y algunos mejoran con la edad, pero otros siguen igual de idiotas que cuando tenían doce años, cuando entraron en este desgobernado instituto de este desgobernado país que sufrimos todos los españoles.

 

 

                           

  

lunes, 9 de noviembre de 2020

 Voy a hablar del dadaísmo. Lo que más me gusta del dadaísmo es su espontaneidad y el hecho de afirmar que la vida del artista ya se puede considerar arte, además de pensar este movimiento artístico de entreguerras que no hay división entre arte y vida. Me gusta de estos escritores y artistas que rompieron con el arte académico y también el hecho de que consideraban el arte un encuentro de la vida y del entendimiento con la casualidad. Querían provocar y poner de manifiesto su decidida lucha contra la sociedad absurda que regía en esa época el mundo. El dadaísmo surgió en Zurich en el cabaret "Voltaire", donde tenían lugar escenificaciones, lectura de poemas absurdos o incomprensibles y performances que querían romper con la convención absurda del arte y además denunciar la guerra y las sociedad burguesa. La palabra dadá fue elegida al azar. No la encontraron en ningún diccionario ni nada, solo que se la inventaron o la dadadupercionacieron.

A mí me gusta el dadá y el gracioso Duchamp que puso un urinario en un museo y pretendió que eso era arte.

Me gustan los poetas del dadá porque hacen poesía de la nada o de la dadá. Molan estos moetas muertos ya porque staban hartos de guerre, guerre, guerre.

Y vivieron en Suiza y soportaron una guerra aún peor y los locos al poder llegaron al horror de matarse entre ellos y los pobres ciudadanos que fueron a la guerra TOTAL.

Pobrecillos los artistas del dadá o del magestabarsiallo.

domingo, 8 de noviembre de 2020

 Son las 7 y ya es de noche. Es lo que tiene eso de la hora, que no comprende nadie más que los burócratas de Bruselas que deben estar todos medio periclitados en su sillón.

Estamos confinados perimetralmente aquí en Majadahonda, por zonas sanitarias, así que yo no puedo ir a otra zona sanitaria de la ciudad y tampoco ir a la cercana Las Rozas, no sea que me juegue una multa de 600 pavos.

Veo que la gente pregunta a los policías municipales esto y aquello. A lo mejor pregunto yo algo referente a esto de la movilidad. A ver si me puedo mover o no. Ahora estoy sentado frente al ordenador pero me estoy moviendo ayudado por las palabras que transmiten un mensaje. Eso se llama el poder performativo de las palabras cuando son acertadas o cuando las emite un emisor que está capacitado para transmitir esos mensajes.

Ya me he metido con el gobierno. No lo voy a hacer más porque no me importa una mierda la política. Y menos la que hay hoy en día.

En los periódicos, que compro diariamente de todos los signos políticos, salen escritores en una foto muy apañada y salen diciendo no sé que del argumento, de los personajes, etc.

Yo he escrito un libro que se llama "El profesor enfermo" y es una especie de libelo contra la educación que hay en España, llena de interinos y de parches y de profesores amargados.

Y no salgo en los periódicos ni quiero salir, dicho sea de paso.

 No hace falta exponer aquí las mentiras de este gobierno ni las patadas a la Constitución ni los regüeldos que este gobierno ha echado sobre las instituciones mejores que hay en España empezando por el Rey y acabando por los jueces mayores de nuestro país. No hace falta decir que este gobierno es una pesebrera de dimensiones dictatoriales. Yo recuerdo que Hércules tuvo que desviar el cauce de un río para limpiar los establos de no sé que rey. Pues eso. Luego está lo de la tesis. Luego lo del caso Dina. Y finalmente, lo del avasallamiento del castellano en las escuelas nacionalistas; lo de la ley Celaá, que es una ministra rara de ver y la pasta que va destinada a la memoria democrática. No me olvido tampoco de las gilipolleces del ministerio de la Igualdad, regido por una cantamañanas. Y claro, lo último de lo último es el "ministerio de la verdad" que es la censura de antes. 

VAYA GOBIERNO. Si te gusta que te engañen continuamente y si te gusta que coarten tu libertad, vota Psoe: acertarás.

sábado, 7 de noviembre de 2020

 Me ha pasado esta tarde esto que cuento a continuación: yo juego al ajedrez en el móvil, de manera virtual y con piezas planas de dos dimensiones y hoy, dando un paseo con Paco, le digo que vayamos a comprar un ajedrez. Voy a una tienda de juguetes de Majadahonda. Le digo a Paco que se quede fuera por esto del virus y le digo a la dependienta, que está hablando por el móvil: quiero un ajedrez. La dependienta dice que espere, que está resolviendo un asunto. Después de un rato, yo emito un carraspeo y entonces me guía la dependienta a un anaquel y me muestra la caja del ajedrez y me dice: vale 15 euros. Ya voy a comprarlo y me muestra otro ajedrez como para jugar en la playa y le digo que no lo quiero. Ya voy a pagar y me muestra otro ajedrez, diminuto, y le digo que tampoco me gusta. Vamos al mostrador y me dice que son 19, 95, que no tiene oferta. En estas, se lía otra vez a hablar por el móvil y yo le digo: ¿Me cobra o no? Yo le doy 50 pavos, los mete en la caja y me da 5 céntimos y se queda mirando. Yo le digo: deme mis 30 pavos con un gesto de enfado grande pues ella hizo ademán, al darme los 5 céntimos de que yo ya estaba cobrado. Me voy de la tienda diciendo: bueno, bueno, bueno. No vuelvo a comprar nada en esa tienda de engañifa.

 He cortado, limpiado con agua y vinagre, cocido y rehogado con jamón cortado a trocitos unas judías verdes. Mi hermano se ha ido a ver a los amigos de Colón pero está lloviendo. No creo que tarde en venir pues los amigos no van a acudir. Me he tomado una cerveza sin alcohol de una tiendo china y he vuelto a casa.

Este gobierno daña a la Constitución que nos hemos dado todos. Atenta contra la lengua española, contra la educación libre, contra la libertad de prensa, contra la justicia libre y contra todos los ciudadanos españoles al decretar un estado de alarma y escabullirse el ejecutivo del Congreso y no dar explicaciones. Este gobierno va en contra de las instituciones. Pero le va a salir mal la jugada puesto que el ciudadano medio se da cuenta de las cosas y no pasa por alto el populismo y el afán de destruir de este gobierno social-comunista. No me gustan ni Sánchez ni Iglesias como gobernantes de mi país y pronto los echarán fuera los ciudadanos después de que se acabe esta legislatura. Porque son unos fanfarrones, acaparadores de poder por el poder, mentirosos, huecos, fatuos y porque no se merecen estar en la Moncloa. Ojalá sea como diga y les echen fuera a los dos al cabo de tres años.

No te fíes de los chulos ni de los que mienten. Fíate de tu igual.

jueves, 5 de noviembre de 2020

 Me he intentado leer "El Quijote" una tercera vez y llegué al capítulo de la orden religiosa que lleva un muerto en el que Sancho le llama a Don Quijote, "caballero de la triste figura". No pude aguantar los sucesos de Sierra Morena con los episodios narrados de amoríos de Fernando y Lucinda y Cardenio y Dorotea. Y ya tomando camino ese grupo de personajes nuevos y viejos de la venta de marras, me cansé y no he leído más. Me salté la historia morisca que tiene lugar en la venta y la aventura de los odres.

Me parece este libro un poco cansino ya aunque dicen que la 2ª parte es mejor y está llena de aforismos y de historias curiosas. No sé si seguir leyendo o dejarlo definitivamente y no volver a leer esa obra. Lo mismo me ha pasado con "Cien años de soledad". No me ha gustado releer una historia fantástica de un pasado lleno de guerras y personajes raros.

Me gustan más las historias que ocurren en la actualidad, en las que salga algún hotel o bar peculiares donde transcurra la acción o en las calles modernas de hoy en día. No me gustan las historias antiguas aunque las llamen universales.

Dejemos llevarnos por los gustos y apetitos de cada uno y seremos independientes y sabios.

A mí la Celáa me parece nefasta. Con una media sonrisilla hipócrita está desmantelando la educación y vendiéndosela a los nacionalistas que saben que dominando las lenguas dominan una nación. La Celaa es aberrante y asquerosa por relamerse en la mierda de querer hacer de la educación un arma política al mandado de otros populistas de mierda, Sánchez e Iglesias. Los votos de ERC y Bildu bien valen eso de que el euskera y el valenciano y el catalán sean vehiculares en la escuela. O sea, que en ciertas regiones de España se derriba al español como lengua de enseñanza. Una vergüenza perpetrada por estos indigentes que he citado ayudados por los independentistas de mierda, vascos y catalanes. Luego está la concertada, de la que yo entiendo poco y luego están los colegios que no son mixtos (niños y niñas), que también quieren acabar con ellos. Esta gente son como los piratas, que se venden por dinero a cualquier postor.

Con argumentos aberrantes, quieren desmantelar la concertada, los colegios mono sexistas y encima desterrar el español de los territorios independentistas. Y además, crear ciudadanos tontos que voten al PSOE.

Una aberración. Ojalá desenmascaren a la Celaa todos los profesores, padres y alumnos a los que se les escamotea la libre elección de enseñanza.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

 Camilo José Cela, en su libro "Viaje a la Alcarria", en su primer capítulo logra, de una forma fabulosa, que nos metamos con él en su habitación de escritor a altas horas de la madrugada. Está bebiendo whisky, del que echa unos sorbos mientras mira un mapa con banderitas en los pueblos que va a recorrer. Se rasca la cabeza y luego se tiende en una chaise longue, dejando que sus piernas cuelguen como animales muertos. Se echa un cigarrillo, mira los libros y relee alguno, se dispone a salir esa noche cerrada a la estación del Norte para ir en dirección Guadalajara, pero nos ha metido en sus planes desde el primer momento, el momento de desear viajar, aunque sea a pie y en carro y en borrico por Sacedón, Trillo, Budia, Cifuentes...

A mí me gustaría salir de madrugada (exactamente, a las 4 de la madrugada, noche cerrada) y meterme en un autobús del ALSA a ver a dónde voy. No iría muy lejos y mi mochila contendría lo poco que necesitaría para dar una pequeña vuelta por las inmediaciones de Madrid. Lo que pasa es que hasta las 7 de la mañana no creo que salga ningún autobús a ningún lado.

En Méndez Álvaro hay agitación a todas horas. Se mueven muchos autobuses. Un día yo cogí uno para ir a Valencia, otro para ir a Alicante y otro para ir a Oporto y otro para ir a Lisboa.

Los autobuses son como una urna llena de deseos que van sobre ruedas mágicas.

 Está nublado pero no llueve. Eso me fastidia. Tendría que llover un poco durante un rato. Bueno. Hace bastante frío fuera, solo he salido a tomar un café y una palmera de azúcar. Luego, he ido a ver a mis padres que estaban enfrascados en una conversación suya y no me han hecho mucho caso. A la salida de la urbanización, me he encontrado con el conserje de la misma. Ha regañado a unos empleados de la limpieza que, desde un camión al uso, estaban baldeando, regando las aceras. Me ha parecido estúpido esa amonestación a la que el empleado que regaba ha dicho que estaba trabajando y que le dejara trabajar. Además, lo regado afectaba a una tienda que hay al lado de las escaleras del portal de la urbanización, así que no iba con el conserje la cosa.

Luego, he sacado dinero del banco en billetes nuevecitos que se pegaban unos a otros. Me he despedido del conserje que está mal del corazón y me ha dicho que se agota, que no está bien del todo. Yo no me metería con los empleados de la limpieza en ese caso pues a lo mejor alguno de ellos le suelta una fresca o una ostia.

Hoy he escrito solo unos párrafos de la novela. Me da no sé qué el hecho de que el escrito avance, no me convence el derrotero que ha cogido la historia pero continuaré como sea para que el relato adquiera verosimilitud, característica fundamental de toda narración.

lunes, 2 de noviembre de 2020

 No sé de qué escribir este artículo del blog. Montaigne inventó el ensayo. Los del 98 escribieron muchos ensayos. El ensayo es un género periodístico que reúne las condiciones de una buena documentación, una exposición clara y amena del tema. El tema debe ser lo suficientemente original como para despertar la curiosidad del lector. Juan Luis Cebrián escribe ensayos en El País. La tercera del ABC acoge ensayo tras ensayo. Pero yo no sé si aquí, en este blog, he escrito algo parecido a un ensayo. 

Lo haya hecho o no, mis artículos pretenden ser novedosos cuando trato temas de política o de otros ámbitos, pretensión que veo más voluntariosa que otra cosa. He estado comentando poemas de poetas de posguerra muy a la ligera, he escrito sobre los partidos políticos, sobre mi estado de salud mental, sobre la vida en los pueblos, sobre el feminismo, sobre momentos de mi vida, sobre mi hermana y otros familiares, etc. etc.

Pero hoy no sé de qué hablar así que hablaré del gobierno, como hacían Tip y Coll. El gobierno ha decretado 6 meses de alarma. ¿Es eso bueno para el país? No lo sé. A mí qué me importa. Yo seguiré viviendo con alarma o sin alarma pues mi vida se circunscribe a muy pocos kilómetros cuadrados.

Luce el sol estos días hasta el martes, que viene lluvia.

Contaré un chiste: en una librería, un cliente pregunta: ¿qué libros tienen? "El viejo y el mar". Pues deme el mar. Quédese usted con el viejo.

La verdad es que ese cuento de Hemingway deja mucho que desear. Yo no sé por qué tiene tanta fama ese cuento. Lo podría escribir cualquiera. Hemingway, en "París era una fiesta" cuenta sus correrías de escritor en París y su hipódromo y por los bares donde escribía sus cuentos para periódicos estadounidenses. En su novela "The sun also rises" cuenta las borracheras de unos americanos en la Pamplona de entreguerras. Esta última novela sí está bien. "En Por quién doblan las campanas" habla de la guerra civil y "En las nieves del Kilimanjaro" supongo que habla de eso, de las nieves del Kilimanjaro.


domingo, 1 de noviembre de 2020

 

Cuando mencionamos la palabra soledad, enseguida ella sola se carga de connotaciones negativas. La asociamos en nuestra imaginación con una ancianita a la que se le ha muerto el marido quizás hace tiempo y nadie va a verla o con ese señor que todos vemos por las calles solo y abatido o con gesto serio siempre por la misma zona del barrio.

La soledad es eso, sí, pero también una forma de poder crear algo propio fruto de nuestra inspiración. Para escribir o para pintar o crear algo artístico necesitamos estar solos con nosotros mismos, alejados del mundo ordinario, para que surjan las ideas.

Hay una soledad querida y la podríamos llamar la soledad del artista, pero también la soledad del pensador. Para pensar también necesitamos estar solos. O quizás también cuando nos embarga una emoción honda.

Pero la soledad que promueve activamente esta sociedad en la que vivimos, llena de bombas, de delincuencia, de falta de valores, de falta de respeto por la vida está motivada en la desconfianza hacia el semejante. El racismo hace que se vea a gentes de otra religión, de otro país, de otro origen como enemigos. Colateralmente, el sistema consumista del que no disfrutamos, sino que nos imponen, hace que haya élites que sí pueden consumir de todo, creando en ellas un egoísmo típico de la época en que vivimos mientras los demás nos debemos conformar con mirar envidiosos esos rutilantes objetos, trajes, adornos, coches, ese modo de vida o terminar odiando a esa gente que sí puede y nosotros no podemos. O, más sabiamente, obviarlo porque tenemos una vida propia rica, no basada en objetos y yates y zapatos de 500 euros.

Pero si las clases sociales basadas en los ingresos crea soledad es por otra forma de racismo y es el racismo al pobre, al que no lleva esa determinada marca de zapatillas que le hace ser de los tuyos.

La brecha social cada vez es más grande. El racismo se incrementa. La desconfianza entre sexos opuestos también es fuerte porque, ¿no será este hombre un agresor?

Todo cala entre la gente sencilla y aun no tan sencilla y estas guerras de género han traído la secuela de que las mujeres no quieran entender a los hombres y viceversa. Dicen los entendidos: después de echar el polvo, lo mejor es decirle que se vaya de tu casa. No quiere nadie compromisos. Y las mujeres piensan: ¿y si este hombre con el que estoy no es uno de esos que maltratan? Entre tantos casos que salen a relucir de violencia entre parejas ya nadie se fía. La guerra de los sexos ya está servida y es causa de muchísimos divorcios y, por lo tanto, de soledad: el hombre que se ve por la calle cabizbajo, serio y solitario quizá es un hombre divorciado. Quizá no todos los malentendidos que se dan entre hombre y mujer se deban a la guerra de los sexos, pero se puede llamar así al hecho de que haya tantos fracasos matrimoniales. Después, el divorciado o divorciada engrosan el saco enorme, cada vez más enorme, de la soledad que hay en nuestros días.

Si hay algo que remedie la soledad es un amigo. Pero, ¿quiere la gente hacerse amigo de alguien? Las personas que vemos todos los días tienen tantos problemas que impiden el hecho de que dos personas deseen compartir algo de sus vidas. La gente dice eso de mejor solo que mal acompañado porque sabe que los demás (los posibles amigos) están llenos de problemas que nos complicarían la vida.

La gente se conforma con un entorno social breve y precario: su familia y unos pocos amigos, los de siempre, los que no nos van a hacer cambiar de modo de sentir o de hacer las cosas, los que nos aburren cada tarde en torno a un café.

¿Cómo se puede hacer un amigo hoy en día? Yo creo que es bastante difícil, pero de manera indirecta, apuntándose uno a un curso o a una asociación en internet puede conseguir hacer algún amigo. Nadie se ofrece de forma directa a ser amigo de nadie porque no se sabe qué se va a encontrar uno: hay tantos problemas y esos, inflados a bombo y platillo en los telediarios como son: drogas, delincuencia, paro, pobreza, violencia, problemas psicológicos, etc. que no se atreve uno a decir sí a nadie, no sea que ese “sí” inocente, de amigo, salga caro en una relación futura. Y es que ya nadie conoce a nadie ni tiene ganas de conocerlo por miedo a que surjan esas lacras que acabo de citar.

Así que el futuro de la gente es la soledad por miedo a encontrar, buscando acabar con esa soledad, un problema que pueda ser peor que la soledad de que disfrutábamos. Y digo disfrutábamos con todas las de la ley pues es peor soportar los problemas de alguien que se presenta como amigo y lo que persigue es nuestro dinero o que le saquemos de algún follón que ni nos va ni nos viene. Viva la soledad y mueran los amigos, parece decir la gente pues la dificultad de hallar a estos y lo mal que pueden revelarse después hacen que abracemos una soledad segura y no vayamos en búsqueda de una amistad harto incierta.

La gente se acomoda con sus conocidos de siempre y le basta. Incluso los más jóvenes, que se han vuelto muy conservadores en este sentido. Los jóvenes ya no aman la aventura sino poseer el reloj del futbolista de moda o ir a los sitios de la gente in, de la gente que mola y si no pueden pues a leer en las revistas qué luce la gente in o de moda y comprarse una imitación para parecer ellos mismos la gente in. El egoísmo y el aparentar no favorece la amistad, aquello que disuelve la soledad, pues la amistad se crea en un ambiente de sinceridad y buena fe, no de fantasmas que luego no son lo que parecen.

Decía Cervantes que en la verdadera amistad no puede aparecer ni sombra de duda y lo que hacen los modernos medios de comunicación (internet y las redes sociales) es que aparezca la sombra de la duda al primer momento porque lo virtual es lo que tiene, que no es verdad, no es un instante real donde contrastan los ojos la verdad sino un pandemónium de ocultamientos y de dudas sobre la identidad de la persona y de los hechos que acompañan a esa persona.

Las redes sociales son un enredo enorme sobre la realidad de una persona y dado que ya ha habido muchos casos falsos, la gente no quiere llevarse un disgusto por esos modelos falsos y no se fía.

No es de extrañar que en este mundo se persiga lo falso porque salga más barato o porque realmente es lo que gusta: se busca dar el pego. Dar el pego conduce a la soledad porque la soledad es donde anidan las creencias falsas sobre los demás y además la realidad da la razón de esa falsedad, así que la cosa está más que clara.

Ante lo mentiroso y lo falso, el solitario permanece o quiere quedarse solitario.

Es muy común en nuestra época el aparentar por aquello que dije antes de que los jóvenes no buscan crear una nueva idea del mundo sino someterse a los modelos que existen ya. Todo el mundo quiere vivir la vida de Cristiano Ronaldo, por ejemplo. Y no se crea una realidad que sustituya a ésta ya montada. Los jóvenes no son originales. Imitan lo que ya está. O se meten cantantes aburridos que cantan unos versos llenos de falsedad ñoña que no se ajusta a la mierda de realidad que vivimos todos.

Y eso crea soledad. Soledad del que no es auténtico y no se ofrece tal como es a los demás. Los jóvenes se cargan de marcas e imitaciones. Son la imitación misma. Y cuando cae la máscara, los que observan se llevan un chasco. Para romper con la soledad debemos ofrecernos a los demás sin adornos ni mixturas, tal como somos. Hacer esto, ofrecernos realmente como somos, favorece la amistad, aquello que rompe la soledad.

Y después de montar esta argumentación, debo decir que la gente en general desea la amistad, no le gusta la soledad, pero los vicios del sistema hacen que todo esté mezclado y oscuro. Casi todos los libros de humanidades empiezan con una frase: “el hombre es un ser social”. Nace en una familia, va al colegio donde encuentra semejantes, vive en una comunidad, donde encuentra amigos y relaciones. Ahora parece que todo eso se ha torcido un poco, no se vive la socialización como antes. Los vecinos son unos desconocidos desde que se llega al vecindario hasta que te vas o hasta que te mueres. La gente no quiere relación con nadie no sea que esa persona complique la vida de modo innecesario. Todo el mundo tiene sus propios problemas y no los quiere ver incrementados con los problemas del vecino. La idea de comunidad o de vecindad se ha perdido. Vagamos como entes individuales por la ciudad.

Ya que esta sociedad ha creado tantos problemas y más que crea con el paso del tiempo, el simple acto de comunicarse dos personas se vuelve un enredo tremendo pues quizás una de las personas que intenta comunicarse no esté al tanto de los problemas que acarrea, por ejemplo, tener un hijo, ser gay, ser hipotenso o diabético y tantas cosas que han surgido que hacen a la persona un ser único y problemático. Y estos problemas que lleva cada cual como bandera favorece la soledad y estar pensando en ellos como únicos. Puede pasar que otra persona, inocentemente, desconozca la problemática de tales problemas y va el otro y se ofende. Somos un arca cada uno de nosotros con un zoo rarísimo y exclusivo de muy difícil comprensión que generalmente no comunicamos, sino que lo arrastramos en soledad y como heridos de orgullo porque los demás no lo comprenden.

Yo soy enfermo mental, pero intento que mi enfermedad no sea obstáculo para la comunicación con los demás y generalmente no lo es. No mucha gente sabe en qué consiste una enfermedad mental, pero se puede explicar.

Lo que pasa en nuestra sociedad es que todos somos únicos. Todos tenemos unas características genuinas que nos definen y esas características parecen excluir a los demás si no son compartidas. Por ejemplo, uno es del Real Madrid. Otro es muy entendido en vino. A otro le encantan las tapas de los bares. A otro le encanta el gimnasio. A cada especialización que ocurre en el individuo de nuestros días, ocurre una marginación por no ser del grupo de esto o de lo otro. Esta especialización del individuo en sus gustos, enfermedades o formas de pensar hace que la sociedad esté atomizada y se fomente el individuo solitario y único, muy especial, que no quiere cuentas con nadie porque nadie consigue ser como él y nadie llegará a comprender su idiosincrasia.

Existen grupos de gente: la del gimnasio, la del ciclismo, la de la fotografía, la de la pintura… Estos grupos se asocian casi a la manera de una secta de muy poca permeabilidad. Es terrible si te haces amigo de uno de los del gimnasio y te comes un torrezno en su presencia. Te aborrecerá porque has comido grasa. Eso que él trata de evitar a toda costa. O no haces ejercicio. Seguramente, esa amistad va a durar muy poco.

En Facebook, se agregan amigos como si fueran mercancías en un supermercado mientras que, en la vida real, hacer un amigo es un arte o una pasión como lo es enamorarse.

Antes de que existieran las redes sociales, la gente se exponía en la calle a que los demás les abordasen de manera amigable. Ahora todo debe pasar por el filtro de internet para que tenga validez. Incluso la amistad más sincera.

Estos inventos virtuales han creado una red de gente que se conoce pero que no se conoce del todo ya que todo es, como dice el nombre que se le pone a menudo, una realidad virtual.

Los que viven en un mismo barrio no pasan del saludo amable u obligado así que pasen años y años de verse. ¿Por qué sucede esto? Ya lo he dicho: todos somos especiales, tenemos nuestros problemas que nos hacen únicos e impermeables, tenemos miedo al otro, que puede ser un terrorista o una persona con diabetes, no queremos más problemas ajenos, amamos a los nuestros, preferimos una comunicación por vía telemática que por vía directa.

Si alguien va en el ascensor, preferimos bajar o subir las escaleras antes que compartir esos minutos con el vecino, tal es la aberración que sentimos hacia el otro. Nos han grabado a sangre y a fuego que el otro es peligroso o dañino. Lo que pasa es que virtualmente, telemáticamente, el otro no hace daño. Es una realidad que podemos manejar con un teclado.

El otro día me cambiaron la hamburguesa que se debía comer otro y yo se lo hice notar a ese otro que se sentó a mi lado. Pretendía yo entablar una conversación, pero no hubo manera. La barrera de la privacidad es muy grande y no se rompe así como así. Mi mundo es mi mundo y tú no puedes entrar en él, parece decir la gente. La gente es aséptica con respecto a los demás, no quiere mezclarse ni para comentar el tiempo.

Es muy fácil caer en la soledad en este mundo de hoy y es muy difícil hacer nuevos conocimientos humanos o amigos. Solo con que se te mueran los familiares, ya no hay vuelta atrás en el camino hacia la soledad. Porque nadie va a venir al rescate, nadie comprende tu vida. Con la suya ya tienen bastante. Las relaciones no se hacen ya en la calle sino enfrente de un ordenador. Todo el mundo mira su móvil constantemente. Parece que hay una comunicación redundante en el wasap y esa comunicación nos oculta la verdadera comunicación con la gente de la calle que está pidiendo a gritos un poco de caso.

El wasap y las redes sociales nos atrapan en una comunicación redundante y absurda mientras la verdadera comunicación no se lleva a cabo. Nos han dado un juguete para que creamos que estamos comunicados y no lo estamos.

Lo conveniente sería que los horarios se pusieran de acuerdo para que la gente estuviera más en contacto, no como ahora que estamos la mayor parte del tiempo colgados del móvil contactados virtualmente pero no cara a cara. Inventar un nuevo modelo de móvil o una nueva aplicación es relativamente fácil. Hacer coincidir a dos personas en el tiempo y el espacio es algo muchísimo más difícil.

Los horarios actuales son penosos. Favorecen la soledad y el aislamiento incluso entre casados y sus hijos. Dicen que, en verano, cuando la gente está en verdadero contacto todos los días, aparecen los divorcios. Eso quiere decir que se fomenta el aislamiento y el ir cada uno a su bola, como se suele decir.

Dicho todo esto sobre las condiciones que aparecen en la sociedad que vivimos que hacen que exista la soledad o el aislamiento, diré que nadie está solo en la vida a no ser en casos extremos: presos, indigentes, ancianos olvidados o solos, refugiados, esclavos modernos como prostitutas o explotados por mafias, inmigrantes, drogodependientes, etc. Pero incluso en esas categorías, siempre habrá alguien sufriendo tu mismo castigo y te acompañará aunque sea a tu infierno.

Todo el mundo huye de la soledad como puede y el mayor problema para huir de ella es que seas tímido y te asusten los demás. El solitario conforma una idea sobre los demás que es errónea e incluso tiene una idea sobre sí mismo que también es errónea pues se minusvalora enormemente y no encuentra en sí mismo valores que podría compartir con los demás. El solitario es como si padeciera una enfermedad psicológica que creara una barrera entre él y los demás, de modo que es muy difícil para él romper esa barrera que él mismo forma por los esquemas que se forma sobre él mismo y sobre los demás.

Sacar a una persona de su soledad debe ser un trabajo arduo pues supone: romper una barrera psicológica, romper unos hábitos ya impresos en su vida, romper una forma de ser ya establecida en su vida y en la comunicación con los demás.

Llegar a ser un solitario también debe ser una caída en picado que supone no solo quedarse solo sino pensar de una determinada manera de los demás y de sí mismo. Además, he leído que el solitario “contagia” la soledad a los demás por esa manera suya de ver las cosas. Pueden darse dos solitarios juntos, aunque parezca una contradicción, por la misma manera negativa que tienen de ver las cosas dos personas que no admiten a nadie en su compañía.

O sea, que podemos decir que la soledad es un estado psicológico de negación de uno mismo y de los demás, si no, no se explicaría que el solitario no salga de su soledad física si no es por su soledad psicológica.

 

A veces una persona tiene algunos amigos, pero esos amigos no son los adecuados. Ahora se habla de “amistades tóxicas”. Son amigos muy poco empáticos, que no cuentan su realidad al otro y pretenden que el otro le cuente toda su realidad para pasar el rato simplemente, no para ayudar o empatizar con sus problemas. El egoísmo rompe muchas amistades pues uno pretende que el amigo sea eso, amigo, y no un cotilla de tus cosas.

Pongo este ejemplo:

Yo iba a una asociación de enfermos mentales donde me encontré a gusto al principio, pero no con todos sus miembros. Estaban los miembros fundadores de esa asociación (tres o cuatro) que dominaban un poco lo que se hacía y no se hacía en ella. A los demás, nos llamaban “usuarios”, no compañeros ni tan siquiera amigos. Y el jefecillo de esta asociación pretendía que sí éramos amigos. Una vez, yo llamé, a título personal, a un usuario de estos y quedamos a tomar algo: se bebió la coca cola de dos tragos y dijo que se tenía que ir. Había quedado exclusivamente por la coca cola. ¿Cómo iban a ser estos mis amigos? Yo sabía que los miembros fundadores sí tenían relación fuera de las reuniones y actividades de la asociación porque me parece que se conocían de antes, de ser compañeros alumnos del instituto y sí iban tejiendo una red de comentarios, opiniones, mangoneos con respecto a la asociación. Esta asociación recibe ayudas públicas. Yo, ni nadie de la asociación ha recibido un duro de esas subvenciones ni para pagar un billete de tren que nos llevara a Alcalá de Henares en una actividad que se realizó, pero sí sé que el jefecillo cobra 600 euros al mes y los fundadores se benefician de algún modo de ella.

Le llamo jefecillo a este hombre porque casi no acude a las reuniones, no se ha gastado ni un duro en 10 años en los usuarios y yo creo que usa la asociación en beneficio propio, sin pensar en los usuarios. Ese jefecillo tiene una idea muy pobre de la amistad y la ha transmitido a la asociación que preside.

Yo, al principio, me lo pasaba bien en esta asociación en la que no hay que pagar nada salvo lo que te tomes. Pero vi sus entresijos y no me gustaron. Allí no había amistad alguna. Encima, un fundador no hacía más que burlarse de los demás e imponer su criterio en las conversaciones, cosa que me asqueaba. El jefecillo es correcto en el trato cuando quiere, pero a veces incurre en una falta de respeto grande hacia los demás. Solo le interesa su persona y lo que cobra su persona.

Yo contaba mi experiencia de enfermo mental y los demás enfermos mentales comentaban la suya. Nos beneficiábamos de consolarnos unos a otros. Un día, ese fundador indecente del que hablo, le prohibió a mi hermano gemelo hablar de las pastillas que tomaba. Dijo que a la asociación no se iba a eso.

La asociación ha caído en una decadencia grande porque siempre somos los mismos. Las actividades que se realizaban eran tomar chocolate con churros en invierno y una cerveza sin alcohol los veranos. La asociación era una mierda por la dejadez de ese jefecillo que cobraba y no hacía nada. Yo decidí no hacer el caldo gordo a ese jefecillo y no volver a la asociación. Allí no había amistad verdadera. ¿Cómo se puede estar solo entre un montón de gente? Ahí lo tenías en esa asociación. A nadie le importaba yo, cada uno se regía por sus intereses y todo el mundo empezó a hablar de sí mismo en exclusiva, sin importarle los demás. Las actividades eran las mismas siempre y muy aburridas. El jefecillo seguía cobrando. Yo salía cabreado ya de muchas reuniones baldías y de actividades penosas. Así que no volví más.

Me quedé un poco más solo pero más a gusto porque ya no tenía conversaciones con mi hermano gemelo, enfermo mental como yo, acusando a los fundadores, verdaderos amigos entre ellos, que no de los demás, de manejar la asociación a su antojo y de tener una amistad paralela a la que teníamos los usuarios, que en realidad no era tal amistad. Yo no me he considerado nunca amigo de esos enfermos mentales que, como borregos, acudíamos a un bar a tomar algo y que cada vez nos entendíamos menos.

Se hizo un uso político de la asociación cuando el jefecillo nos mandó un wasap para ir a una manifestación de pensionistas y no me gustó. No me gustaron muchas cosas que surgían en la asociación y su tendencia a que cada uno fuera por su lado, hiciera la actividad y saliera casi corriendo. No eran amigos.

Pasar el rato con gente con tendencias diferentes a la tuya (todos habían sido roqueros en su juventud, eran de tendencias de izquierdas, no habían trabajado en su vida como yo y mi hermano gemelo) y ver que cada vez eres más raro allí y no pegas ni con cola te hace pensar que la mucha gente o poca (como éramos en los últimos tiempos de la asociación) no te conviene. Es preferible tener dos, tres amigos buenos que lo sean que no seis o siete que pasan olímpicamente de ti. Y encima, que no hacen más que hablar a tus espaldas y cotillear todo lo que podían, que es lo que hacían los fundadores.

Yo deseo que esa asociación, por el bien de los enfermos mentales que puedan acudir a ella, se disgregue porque, al final, a mí me ha hecho más mal que bien. Y es lo malo de estar con mucha gente y sentirte más solo que la una y, además, esta asociación no creaba más que discusiones en casa entre mi hermano gemelo y yo porque esta asociación se basaba en el egoísmo del jefecillo, que quería trepar y estar en todos los lados diciendo que era el jefe de una asociación y la realidad es que pasaba como de la mierda de las actividades y de las reuniones.

Esta asociación estuvo bien un tiempo, pero ya se veía que los que se entendían bien eran los fundadores y los demás no hacíamos más que hacer bulto para ellos, para que la cosa siguiera.

Las asociaciones rompen la soledad. Bueno. En un principio, a mí me ayudó la asociación a hablar con gente con mi problema y a pasar cuatro ratos. Luego vas viendo que allí, en las asociaciones, hay unos intereses que nunca salen a la luz, que te ningunean, que te usan, que a veces tienes que aguantar a gente indeseable, que las actividades son una mierda, que hay gente que se te enfrenta por tus convencimientos políticos o de otra índole. Las asociaciones tienen que fundarse en un único objetivo: para el que se fundaron. Esta era para el ocio y tiempo libre de los enfermos mentales. Pero había ya tanto aburrimiento y abandono en esa asociación que la mandé a paseo. Ya estaba harto de ir a bares que era todo lo que ofrecía.

Pero he vuelto a ir porque no tengo nada mejor. Es mejor estar en compañía de gente que no te tiene en cuenta que estar solo en tu habitación pensando en gente que no te tiene en cuenta.

Mi experiencia personal es que me he ido quedando sin amigos. Llevo una vida social pobre. Solo conozco a dos mujeres mayores que yo con las que tomo un café a las 6 de la tarde. Y la asociación de la que he hablado. Quizás he cargado mucho las tintas en la crítica de esa asociación, pero es que lo escribí cuando estaba harto de ella.

La vida sigue este curso: naces y estás en familia. Vas al colegio y te socializas. Dejas los amigos del colegio para entrar en el instituto. Si te pones a trabajar, te relacionas con otra gente. En el instituto, te relacionas con gente que ya no juega al gua, sino que tiene un espíritu crítico: yo estuve con unos llamados pijos que nos echaron a mi hermano gemelo y a mí del equipo del fútbol. No nos apreciaban lo más mínimo. Luego, vas a la universidad. Allí, ya eres más o menos adulto, pero las relaciones que yo tuve con compañeros universitarios fueron también muy superficiales. Te pones a trabajar. Las relaciones que estableces son más esporádicas, casuales. Pueden ser duraderas si hay cosas en común o afinidad. Si te casas ya dedicas muchísimo tiempo a la familia. Puedes perder muchos amigos. Al final de la vida pierdes a los padres, a familiares, te vas quedando solo, muy solo. Acude la soledad. No hay amigos que no hayas hecho antes. Debes aprender a ser autosuficiente y autónomo. Es lo que nos pide la sociedad: que seamos como barcas que van a la deriva hasta ya no arribar al lado de otra barca.

En Reino Unido han creado el Ministerio de la Soledad por ser un problema que atañe a muchos y es muy grave. Yo tengo la fortuna de tener un hermano gemelo con el que compartir la vida, pero otros ya vagan por las calles casi como apestados. Apestados por una soledad que se pega a la piel y ya te impide cualquier contacto con un ser humano como tú.

Hay gente que no sabe, cuando pasan los años, hacer amigos nuevos y se va quedando sola. Quizás le falte atractivo para los demás, no tenga aficiones y sea poco atrevido. A lo mejor su conversación es aburrida porque no le ha pasado nada especial en la vida que pueda contar. Como hoy en día hay que vivir experiencias especiales, casi incluyendo que te den por culo no siendo homosexual, práctica que yo veo literalmente sucia, como cuentes un listado de trabajos que has tenido como se hacía antes con la mili, vas de culo y te quedas solo porque dicen todos: “Qué pesado, se repite mucho”. A lo mejor, para echarse un amigo ahora, primero hay que esquiar en los Alpes, ir a Tailandia y hacer surf y parapente. Para que luego tengas algo que contar a la gente. O sea: como no seas in, pasas inmediatamente a ser out. Y te quedas solo.

Esas son las exigencias que hay ahora para poder ser amigo de alguien: que vayas a la moda, que tengas muchas experiencias que contar y que seas brillante en la vida. Si no, nadie se acercará a ti. Es un estándar de vida muy costoso que te hace perder el último céntimo de tus ahorros, pero si no, no tienes ni un amigo. Así lo vende la publicidad salvaje de hoy en día. Hay que ir al Corte Inglés cada semana, hay que viajar a muchos sitios y comer cosas extrañas en restaurantes extraños. Si haces eso, da igual que seas gilipollas: tendrás amigos.

Entonces, la marginalidad es una causa de la soledad. La sociedad margina a aquel que no está subido al tiovivo de lo que se lleva y solo cuenta lo mal que se siente. En esta sociedad de hoy en día no hay sitio para la queja. Todo es disfrutar, experimentar, ver, oír, sentir cosas nuevas cada día. Si no haces esto, si no vas un fin de semana tras otro a ver paisajes idílicos y atardeceres para fotografiarlos, no eres nadie. Ha muerto ya eso de tomar un café con un amigo. Ahora los amigos se reúnen en una casa rural del norte de Francia el fin de semana para poder contarlo luego y cuando se ha pasado el efecto de esa gira de fin de semana, planear otro viajecito placentero. La vida de hoy en día es placer. No se aguantan lloros. Al que llora se le manda a una residencia o se le obvia como si fuera un ser extraño.