miércoles, 5 de marzo de 2025

La verdad era que no todos los días madrugaba cuando iba a los institutos pero a mí me gustaban los días que entraba a primera hora. Vivía ese día la épica de los que usaban el transporte público al amanecer. En invierno era más triste porque todo era de noche pero cuando se acercaba marzo era muy bonito ver amanecer cuando se daba la primera clase, a las ocho. Los alumnos estaban semidormidos y era fácil dar la clase. No había problemas de disciplina ni en esa hora ni en las tres posteriores. Luego, el recreo. Luego, una hora de guardia en que me enteraba cómo les iba a otros profesores. A veces se oían los gritos o la indisciplina que surgía en las aulas de otros compañeros de profesión. Y dada otra clase, a casa. Y si no iba a casa todavía, me entretenía por el barrio dando vueltas hasta que me montaba en el tren. No podía corregir en el tren. No me concentraba. Así que por la tarde corregía redacciones y algún examen de repesca y luego, a estudiar la oposición.

Qué años ocupados antes, qué intensidad había en las horas.

Ahora es todo muy distinto, las horas se van haciendo nada.

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