En vez de estar en casa maldiciendo mi suerte, salí a la calle a ver a quién me encontraba. Saludé a uno pero no hablé con él, no hay trato ni confianza para eso. Seguí andando y vi alguna cara de pasarlo mal, de estar peor que yo. Y bendije mi suerte. Luego maldije mi suerte cuando oí una conversación sobre Berlín, un vuelo a Berlín. Pero pensé: ¿a qué quiero ir yo a Berlín? Y seguí andando hasta que me dio la una en el reloj. Noté que había estado cambiando de ánimo demasiado rápido, según lo que veía y oía. Me vine a casa a cocinar una lombarda que mi hermano había picado. Piqué ajos y eché pimentón y entre sus olores me calmé, me fui centrando. Ya no maldije ni bendije mi suerte, sino que viví y comí la vida que había en la lombarda.
Es malo pensar en otra vida.
Es malo no reparar en tu vida.
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