Pasó una señora mayor de negro, un taxi clandestino y un grafitero incívico. Eran las cinco de la mañana. A la señora mayor le habían avisado de que su cuñada se había puesto mala de repente. El taxi clandestino lo conducía una sobrina de uno que tenía una joyería, sin licencia y sin carnet de conducir. El grafitero iba manchando las señales de tráfico con su inmundo sello de asquerosa, sucia y maloliente pintura. La señora mayor asistió a la muerte de su cuñada y a los lloros de su hermano mayor, que no podía vivir sin su consorte. El taxi clandestino topó con una farola y bloqueó una calle. Los guardias civiles comprobaron la ilegalidad de la conductora, que iba alcoholizada. El taxi dejó de andar por las calles ese mismo día. El grafitero fue alcanzado por un perro de la policía en el talón. Su padre pagó una multa de seis mil euros por actos incívicos.
Las historias surgen siempre de la realidad.
La realidad asusta más que cualquier monstruo de ficción.
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