Era este un hombre pequeñito en todas sus facetas: corporal pero también moral. Deseaba muy pocas cosas, se conformaba con un paseo matinal por la ciudad. Se conformaba con unas lentejas. No quería vivir en palacio, por eso comía lentejas. Un día le invitaron a ver una carrera de galgos. Lo pasó bien. Otro día, le invitaron a la hípica. Y lo pasó bien. Otro, le enseñaron un palacio donde vivió un marqués, un palacio moderno que estaba en Galapagar. Y se lo pasó bien. Y ya puestos en harina, visitó La Moncloa, donde vivía, claro está, el gobernante de la nación. Y todo eso no lo cambiaba por su paseo matinal por la ciudad. Cuando más feliz era el hombrecillo era paseando por la acera de todos. Y ya no sé qué más escribir.
Esos paseos matutinos por la acera que no es de nadie.
Qué placer.
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