domingo, 4 de mayo de 2025

 Ya he dicho aquí que me gustaría que lloviese, que cayera un chaparrón de azúcar y turrón, como dice la canción infantil. Porque la aridez en el ambiente me pone negro. Viva la lluvia. Había una chica joven tan mona que se obsesionó con su belleza. Se miraba al espejo por mucho tiempo, viendo algún defectillo en su rostro que trataba de corregir con cremas. Total, entre el móvil y el espejo, pasaba más de 12 horas al día, mirándose, remirándose. Así que se olvidó de entrar en sociedad. Y fue envejeciendo y cada vez aparecía una arruguilla que era ya arruga confirmada. Y se volvió loca de su propia belleza. Y no se echó nunca novio ni marido pues no creía que nadie era merecedor de su belleza. Y se murió muy bella todavía e hizo un bello cadáver. Se intoxicó con una lata de calamares en su tinta. Nunca una mujer tan bella fue tan bella para sí misma.

La belleza:

ese rollo que hay que cuidar para que no se pase como la paella.

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