Cantó la sirena, alma y corazón de los taxistas, y se enfureció Neptuno allá, a quinientos kilómetros del centro. Y hubo fiesta en casa de los gemelos, una fiesta larguísima de canapés de fuagrás y calabaza. Y el amigo que nunca tuvieron llegó tarde, cuando el neón rojo y azul murió de pronto. Y ya nunca las ruedas rodaron como las piedras de los ríos pero tampoco el delirio se instaló en la frente del hermano. Y ya se cumplió el año de martirios cerebrales de pastillas y ya la luz volvió a esa cabeza milenaria. Y me dijo Dios en un oído, una tarde que llovía como nunca: ten paciencia. Ismael, ten paciencia.
La luz amarilla dolió como nunca.
Y los pastores miran a lo lejos.
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