Me creía un alma fuerte, una piedra de nadie, una mente que lo comprendía todo. Así fue durante un tiempo en que los viejos solo eran viejos. No tenía problemas. Descubría las palabras en un diccionario y era feliz. Las frases redondas salían de mis manos como cantos que se encontraban en los prados una mañana. Yo sabía lo que hacía todo el rato. Entonces, llegaron unos años a amontonarse unos con otros y todo se torció. Yo ya no dominaba el cuento de mi realidad. Los viejos eran ya un espejo, las palabras perdieron su valor. Yo iba y venía ya no dueño de mí, sino como aquel que ve una cosa que no comprende. Y fui ya infeliz.
La infelicidad del mundo acecha.
No la dejes que se haga dueña.
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