Dices hasta mañana y te vas, tan callando, tan lejos que mis oídos se quedan huérfanos por no oírte ya más. El día de calor que todavía no es verano me trae más soledad, me trae el silencio de tu voz áspera y terca. Entonces, salgo a la calle y saludo a algún viandante y en eso debe estar mi consuelo. Regreso a casa y sus rincones me devuelven un eco triste de tu partida. Hasta mañana, dijiste, y ya hace una semana que no te veo. No fuiste a comprar tabaco, como otros, sino que fuiste con una aurora lejana, temprana, muy temprana y dejaste en la casa una presencia fantasmal, como un hueco de tu carne suspensa. Yo, ahora, voy a hacer de comer y comeré solo, aburrido y tenso, como una guitarra abandonada.
La soledad es la madre del abandono.
Vagar regala abandono.
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