sábado, 22 de noviembre de 2025

Su hermano le decía: la vida no es diversión. Ya lo sabía. No hacía falta que se lo dijera su hermano. Se aburría en exceso, eso sí. Y no sabía por qué. No pasaban las horas. Ni siquiera los minutos, esos tontos que andaban haciendo cosquillas en el reloj, pasaban. Pero a la tarde se iba de paseo y, además de ejercitar sus piernas, ejercitaba su paciencia y su corazón. Y como que la vida cobraba un poco su sentido paso tras paso. Y llegaba a una terraza y se sentaba y pedía un café y se lo tomaba y luego iba de vuelta de su camino que le había traído allí. Y la vida ya no era tan aburrida y se olvidaba de los segundos que arañaban la esfera y de los minutos que hacían tanto ruido por la mañana en su conciencia. Podría ser más feliz pero conseguía ser justo todo lo feliz para poder seguir existiendo.

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