Tengo la boca con sabor a agua de la que sale del grifo, fresca y canalizada hasta mi vaso. También mi boca sabe a humo agrio de los cigarrillos. Doy un paseo por Madrid, un paseo mental. Y me siento en una terraza desde donde se ve a la estatua del caballero errante. Hay dos inglesas con chaquetilla, hay un matrimonio muy peripuesto, hay un camarero vestido de negro. Y luego, me echo a andar mentalmente y recorro una calle, dos calles, tuerzo y consigo ver la mole de balconadas imponentes que se ciñen en el cielo azul. Y veo también un portal que dice: aquí vivió y murió un señor muy importante del que ya no recuerdo su nombre. Quizás los nombres estén hechos para olvidarse. Me refiero a los nombres propios de las personas. Todo es olvido en este mundo, concluyo metafísico, todo se enciende un rato y respira y se olvida con mucha rapidez. Es el mundo, dijo el sabio al alumno.
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