Cuando era profesor, yo no entendía de derechos laborales, ni de asuntos propios, ni de asuntos sindicales ni nada. Daba mis clases y me volvía a casa. Unas veces, venía un tío con barba a soltar una perorata sobre la situación laboral: yo no entendía nada. Luego me enteraba que ese señor se llamaba liberado sindical. Un día vi el horario de un liberado sindical. Apenas 4 clases por semana. Lo vi como una afrenta. Desde ese día no me gustaron nada los liberados sindicales. Los profesores del instituto parecían entender solo una cosa: a ver si había huelga. Yo no quería huelgas. No sé si un liberado sindical solucionó algún problema a algún profesor alguna vez. Una vez hubo huelga, no sabía yo con qué motivo pero no la hice. Ese día di mis clases y me vine a casa. Yo no tenía patrón en la enseñanza. Mi patrón era yo mismo. Se tenía que haber hecho huelga mucho antes, cuando al profesorado se le imponían nuevas leyes cada vez que llegaba un gobierno nuevo.
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