Se deshojó la luz, se puso triste en tus ojos y caminó un poco entre las sombras del día. Luego, unas horas más adelante, el brillo de una baranda del jardín devolvió la mañana a su manera de alumbrar el mundo. Y me fui a por el periódico y el pan y un poco de charla. No cometió la sombra el pecado, la injusticia del pobre. Algo quedó entre las manos sucias de ese hombre, algo vino a rescatarle. Y la mañana avanzó y tres bocas risueñas comieron en los grandes comedores. Y es la luz que se volvió a hacer la que devolvió la sangre a todo el día, a todo lo razonable que puede haber desintegrada la manzana, troceada la memoria de aquella unión de antaño, rota la cultura y el cordero asado.
Ya no somos tantos.
Ya se hizo añicos la piña aquella.
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