Los domingos incitan un misterio sin ruidos: ¿dónde está la gente? El corazón va mezclando la sangre sucia y la limpia, así, tranquilamente, pues no hay nada que traiga estrés a la caja torácica. Si andas, el corazón y los pulmones te lo agradecen. Se llenan de aire limpio y se eliminan toxinas. Si no andas, la tranquilidad del domingo deja que el corazón vaya suave, dichoso en su caja de costillas. Y los pulmones andan también muy bien, llenándose ampliamente de un aire no muy contaminado como el que pueda estar en la calle Fernando el católico de Madrid. Así, sosegadamente, el cuerpo se acomoda a una realidad errática por lo silenciosa, mística por lo transcendental de este momento quieto. Y el alma se llena de algo parecido a Dios, que debe ser una calma infinita cuando morimos.
El cuerpo, el alma:
¿resucitaremos todo junto?
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