A veces uno se levanta tristón, apabullado por la mañana. La luz que viene por la ventana no le urge a la acción, al desarrollo de las ideas, a escribir algún texto sustancioso. Y entonces, lo que uno hace es dejarse llevar por el día que ya está más o menos alto en el cielo y también dejar que la melancolía guíe las horas. Fuma uno unos cigarrillos con la sensación de que el tabaco le levanta el ánimo. Luego, pasea por la casa y sale a la calle y lo que ve en la calle no aumenta su alegría. Porque lo que pasa en la calle carece de entrañabilidad, de pasión por la vida. La calle es absurda también esta mañana. No tiene la calle el poder de cambiar el tono vital. Y entonces, uno ya se da por vencido y acepta la tristeza hasta el fondo y bebe agua y vuelve a fumar y así todo.
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