Cae una fina lluvia y a la entrada del ambulatorio hay un hombre que aparenta un montón de vicios, de maldades y salen estas a su rostro y su rostro me mira no sé si para darme miedo o para desafiarme o para qué. El caso es que este hombre parece pobre y malhadado, triste y preocupado, golpeado por mil malas suertes una después de otra. Yo hago mi trámite y cuando salgo del ambulatorio, este hombre ya no está. Se lo ha llevado la mala suerte a otro sitio. Los hombres como él van dando miedo y pena a los demás, van defendiéndose de su mala imagen, malísima imagen que se ve en sus ropas, en su rostro apenado, en su mirada torva y difícil con que miran las cosas.
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