Un día de verano, en mi pueblo, me levanté a las 7 de la mañana. ME hice un bocadillo y le dije a mi madre que me iba con la bicicleta. Fui por unas tierras llenas de girasoles, fui por carreteras olvidadas que conducían a pueblos muy pequeños, muy pequeños. Me aulló un mastín y tuve que acelerar. Hablé con un viejo que me habló de sus nietos de 200, de 200 centímetros de altura. Yo iba trotando en el asfalto rugoso de esas carreteras, yo iba venga dar pedales. Al final, recorrí unos 70 kilómetros y llegué a la hora de comer a mi casa. No podía ser más feliz. Las endorfinas estaban haciendo su labor en el cerebro. Luego, los días fueron más iguales, más cotidianos, más aburridos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario