Son las 4:21. Me gusta regodearme en fabricar un perfil de esa chica que se destapó ante mi conciencia. Por las calles de la ciudad hablaba de enfermedades de la piel, de una rodilla con estropicio, de unas manchas rojas en la cara. Incluso me habló de su recto, que también estaba mal. Era como una mosquita muerta con ese lánguido rostro cayendo en suspiros hipocondríacos. Pero un día fuimos todo el rato en un bólido a 120 kilómetros por hora. Y ella fue la conductora. Conducía solo con una mano y muy levemente. Dejó de ser una mosquita muerta. Ya no la vi por la ciudad nunca más. Ella era muy discreta para tapar sus aficiones que la llevaban a otros barrios. Barrios con gps sexual, barrios de chicos guapos, barrios de vida. Yo me quedé en la ciudad y no sabría qué decirle si la veo. Prefiero casi no verla.
Delgada, atrayente, fina como la acacia.
Se va por ahí, se va por ahí.
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