La voz muerta ha dejado su ejemplo: una amorosa humildad que aparecía en sus ojos cansados. Andaba por la casa como por su territorio más liviano. Amaba a sus hijos nunca borrachos, nunca desmandados gracias a su cariñoso modelo de conducta. Solo sabía entregarse al más necesitado, al que golpeaba más la mala suerte. Iba y cogía la aceitera y batía huevos después de llegar del pueblo y hacía tortillas para cenar antes de que lo malo se manifestara al día siguiente. Iba al médico, a las reuniones, a desnudar al médico imbécil. En el pueblo, un verano, me daba la medicina a las 7 de la mañana y yo ya espabilaría más tarde en la plaza de toros, en la infame plaza de toros.
Era un alma limpia, era un ser amado y amante.
Era la mejor mujer del mundo.
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