Duermo bien, menos mal. Las canciones traen un consuelo a esos ratos de la vida en que estoy yo solo y mi existencia. Me pongo a mirar las acacias, tan finas, tan africanas, tan imprescindibles. Agoto el vino del dolor. Acabo la graciosa hora de la mañana que se vuelve inmensa. Termino de ser yo este día largo, largo, largo. Es verdad que los días tienen una apariencia de eternidad, de eternidad que acaba en una noche deseada. Quizás tendría que ver a alguien que me entendiera, que supiera qué es esto de los días y las horas largas, inconsumibles. Quizás haya alguien que me entienda, que haya pasado por este suplicio que se muestra en las sienes y no se agota.
Los minutos, incluso los minutos
los cuento como si fueran torturas.
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