Matamos al centinela de los días. Lo dejamos bien muerto al pie de la farola. La luz de ese eléctrico personaje de la noche, lo alumbra, lo mece en rayos insomnes, en toda la oscuridad nocturna. Y por el día, ya no está, ya vuelve a mirar al sol y nos dice las horas, el centinela adusto de los días que pasan. Las lunas han puesto en la noche gran cantidad de una luz de plata. Como al centinela, matamos esa gélida luz y a la Tierra. Ya no queremos a la Tierra. Ya no queremos la Tierra. Busco una excusa para pasar el día. Me viene a la luz de mi deseo un camino, un camino hecho de la extensión de mis pies. No hay bichos en el camino, no hay luz, ya no hay centinela que diga: la Tierra se está muriendo poco a poco. Pero el camino, menos mal, sigue ahí, para que mis pasos redunden mi felicidad, mi poco deseo de estar lejos, mi torpe manera de pasar el día.
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