El agua se hizo amiga de la sangre. Todo era pavor de muertos en las calles. Yo andaba como hechizado por tanta destrucción. Los cuerpos muertos exhalaban un olor a carne tostada, a carne que se podría. Yo quería algo de comer entre todo ese caos reventado por las bombas y tiros de los enemigos. Yo no estaba seguro allí así que debía andar hasta un barrio de la ciudad donde no hubiera combates. Y me fui andando por unos kilómetros fuera del centro de la ciudad y llegué, después de mucho andar a un pueblo llamado Las Rozas. Y allí me acomodé junto a una familia. Y comí por fin un chorizo con unas algarrobas y un poco de sal. Y bebí agua de una fuente que había por allí. Y me sentí un hombre nuevo al beber y comer.
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