Este señor andaba muy despacio por la ciudad. Tan despacio que tardaba en llegar a las comidas, a los partidos de fútbol, al cine, a leer el periódico, a jugar la partida de mus con los amigos, a ver el telediario, a los juegos artificiales. Llegaba siempre a la mitad de las cosas anunciadas, llegaba ya retrasado de tiempo siempre. Pero todo tiene su ventaja. Del telediario, no veía las noticias de política que lo abren. De la película se perdía la introducción del meollo, de la parte principal del argumento. De las comidas, llegaba con la sopa ya templada, no hacía falta soplar. Todo tiene sus ventajas. Hasta que un día llegó tardísimo a un evento. Y todos comentaron su tardanza. Y es que estaba ya mal el hombre. Lo metieron en una residencia y allí todo era al segundo, sin retraso de ninguna clase. Y el hombre murió pues no estaba acostumbrado a esos horarios tan puntillosos. La prisa y la puntualidad le mataron.
La prisa, de viejo, ya no tiene sentido.
El viejo y la prisa no viven juntos.
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