Ya sé que se hace peligrosa la conducción, el tráfico, que hay que ir con paraguas a todos los sitios, que los zapatos se mojan, que todo se moja, que hasta el alma se moja, pero a mí me encanta que llueva. Este agua de mayo cae en los campos como una bendición divina. Luego salen unos trigos gordos y rubios, unos centenos abundantes y una cebada que da para hacer mucha cerveza. Los manantiales y los acuíferos subterráneos se llenan de un agua pura y dulce. Las fuentes, esas fuentes que surgen entre unas piedras en el campo, se llenan de un agua cristalina y extraordinaria. Las ciudades se sacuden la polución, el hollín de las esquinas de las calles, el humillo asqueroso de los tubos de escape. La gente está en casa hasta que escampe y, mientras escampa, se dan a la jodienda, al amor más esencial. En fin. Todo tiene sus ventajas si las sabemos ver.
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