María, la mujer que se ha arrejuntado con mi sobrino, le llama, precisamente, Carlitos. Y eso me llena de ternura y emoción. Pues para la familia, mi sobrino ha sido siempre Carlitos. Así, en diminutivo. Es como si dijéramos: me he comprado un cochecito. ¿Es que el coche que se ha comprado ese menda es pequeño? No. Es que el diminutivo está cargado de cualidades afectivas. Los diminutivos, en español, y creo que en otras lenguas, es de suponer, tienen una carga afectiva grande. Así que mi sobrina política llama a mi sobrino, Carlitos. Y Carlitos será siempre Carlitos, por muy grande que sea. Pero su hijo, a lo mejor se convierte en Angelote o Gelote, aún siendo pequeño todavía. Y ese es el truco de los diminutivos y los aumentativos en español, que de lo pequeño hacen grande y de lo grande, pequeño. O afectivo y enternecedor.
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