¿Tú fumas? No, solo soy fumadora social. Se supone que solo fumaba cuando estaba con gente, no solitariamente, como hago yo porque no tengo amigos con los que fumar socialmente. Bueno. Yo no tengo ya lo que se dice amigos ni para fumar socialmente ni para hablar socialmente, si me apuras. Solo mantengo unos conocimientos humanos de baja intensidad, como se dice ahora muy estilísticamente. Me da la sensación que ahora el lenguaje lo tapa todo y, si no tienes amigos, dices algo así como que aceptas tu soledad sin reservas sociales implicadas o algo así. Y lo que pasa es que está más solo que la una porque eres un cansino, una persona que aburre a las ovejas.
EL PROFESOR
lunes, 21 de septiembre de 2026
Ya están sonando ruidos por todas partes. En mi pueblo, seguro que no, que no se oyen ruidos de ninguna clase. Tengo un amigo segoviano aquí, en Majadahonda, que ya ha pasado por mi pueblo dos veces y no ha visto allí a nadie por la calle. Mi pueblo es un pueblo fantasma porque sus habitantes no salen de casa. Solo salen los viernes a comprar fruta y verdura a un tendero que viene de otro pueblo. Y salen también al autobús cajero que aparca en la plaza para sacar dinero. Mi pueblo ha sido motivo de alegría pero también de consternación para mí. Últimamente, a mi hermano y a mí nos marginaban, nadie quería hablar con nosotros y nos dejaban solo disfrutar de los "encantos" de la Elvirita. Me parece que la Elvirita vive ahora en Segovia. No sé con quién nos tocaría charlar ahora en el pueblo. Mi pueblo tiene sus leyes no escritas, sus convenciones y sus trágalas. Yo ya no pego con las costumbres de mi pueblo.
La psicóloga dijo: si estamos hablando de 100 mil euros, lo siento Ismaelito, pero... Y luego dijo: ¿de cuánto estamos hablando? Yo no contesté pero vi que esa señora era poco de fiar. Era una charlatana, era una que no miraba más que al dinero. Era una persona indeseable. Pero estuve demasiado tiempo contándole mi vida. Y mi vida no la soluciona ningún psicólogo. Y menos, psicólogas de estas. No creo en la psicología. No creo que nadie, por el hecho de contar su vida, alguien se la arregle. Yo ya no tenía nada que contar, ya había contado todo. Y no estaba ni mejor ni peor que cuando fui a la consulta de ese gabinete de psicología tan absurdo.
Ahora resulta que mi hermano es alérgico a la leche. Otra pega más. Bueno, él ya ha trazado que se volverá vegetariano porque dice que hasta en la carne usan suero de leche para mantenerla blanda. Ha estado mirando todo el fin de semana asuntos relacionados con los alimentos y demás. Le digo que vaya al médico a que se lo confirmen con un test de alergias y dice que sí va a ir. Hoy como pasta de esa ya hecha, solo cocerla. Ya ha acabado esta fiesta y ni he ido a ningún concierto. He estado por las noches dando paseos con Paco y fumando al lado de una fuente que hay camino del Plantío. La vida parece que no da mucho más que la compañía de Paco. Y a eso me atengo.
domingo, 20 de septiembre de 2026
Estas dos amigas que voy a describir no saben ni practican la amistad. Están un cuarto de hora con cada uno que conocen y ya está. Luego, desaparecen hasta dentro de un mes. Tienen un perrito cada una y es a esos perritos a los que dedican su amor. De su tiempo, te dedican unos minutos, minutos en los que preguntan de todo. Hay veces, que si te juntas con ellas sales deprimido, de tantos problemas que cuentan. Estas dos amigas salen a la calle y pasean y, si te ven, te cuentan un cuento, pero un cuento aburrido y triste. Hace mucho que no las veo. Mejor para mi salud mental.
El hombre miró al pájaro y el pájaro le miró a él. El mundo, según el pájaro, estaba cambiando. Los campos estaban muy resecos, no llovía en meses, el Danubio se secaba. ¡El Danubio! Y todo hacía pensar que la ciudad se llenase de pájaros que antes vivían en el campo. En el libro se decía muy claramente: el día en que los pájaros lleguen a la gran urbe, todo se revolverá y aparecerá la señal del apocalipsis que consiste en eso: en un águila que se posará en una azotea de un bloque de 10 pisos en Alcobendas. Y sucedió. Y la gente miraba al águila y al cielo. Y la vida en la Tierra acabó a los 30 días.
Ya no te duele tanto el corazón, le dijo uno al otro. Y el otro contestó: no. Eso es que ya eres viejo. Pero aún quedaban muchas madrugadas que vivir y mucho aire que respirar y alguna playa que pisar con los pies desnudos. Aún quedaban conversaciones entrañables con los hijos, los hermanos, los padres. Había ganado años, años en que el sol había ido apareciendo todos los días como un seguro de que la vida no se transmutaba en catástrofe. La geografía por la que deambulaba no cambiaba, era todo un recorrido breve y conocido pero en cada día de esos que había vivido para volverse viejo, había existido un sentido, un cariño al que acudir. Ya todos hablaban con todos.