miércoles, 27 de mayo de 2026

 Meteorológicamente, el ambiente ya es de verano, un verano fuerte de sol y calor. Por las chorreras del cielo bajan muchos grados de infierno. De 3 a 6 no hay quién ande por las calles. La ciudad es un desierto, a esas horas, lleno de esquinas y de plazas desoladas y de rosas aceitosas y marchitas. Del cielo no vienen más que torrentes de claridad calurosa. La pena es que todavía nos quedan tres meses así. A ver si sobrevivimos o dejamos el pellejo entre estas condiciones adversas. La vida se desarrolla lenta, las citas médicas se dan a partir de las 7 de la tarde, nada funciona con corrección inglesa o francesa. La gente muere por el calor. La vida se vuelve difícil. No sé si esta tarde iré a andar, no sé nada, nada más que hace calor, mucho calor.

 Este era un hombre, o quizás una mujer, que tenía un hueco grande en el estómago. No se llenaba con bizcochos o coliflor hervida o un filete de ternera. Era un hueco existencial, era un hueco de aviso: no te creas nadie especial, le decía ese hueco grande en el estómago. Y ese hombre, o quizás, una mujer iba con ese aire libre del estómago a todos los lados. Iba a la compra y a sus vecinos, iba a sus hijos y a sus padres, ya mayores. Iba a la playa a disfrutar pero por las tardes, a la hora de la siesta, ese hueco informe y difuso le o la avisaba de que quizás estaba de más en la Tierra, de que este mundo le había escupido del seno de una madre y luego tenía que vivir, aunque fuera a regañadientes. Ese hueco en medio de la tripa le, la iba diciendo que inevitablemente iba a cumplir años, que la vida no es guasa, que el estómago era la señal de que vivía. Mal, pero vivía.

 Tengo un hormiguillo en el estómago que me produce cierta ansiedad y duda ante la vida. Creo que ese hormiguillo es común a la gente de mi especie. Ningún homo sapiens está seguro en la vida, no puede decir: estoy perfecto en mi vida, no necesito nada ni nadie para ser feliz. La infelicidad está a la vuelta de la esquina. Ningún ser humano, que yo sepa, aunque esté lleno de millones de dólares o de euros, puede decir: sé la clave del buen vivir, sé cómo se vive en la Tierra. Todos tenemos un hormiguillo, una desazón, un nerviosismo propio de nuestra especie. Todo el mundo padece de unas cosquillas feas que se nos instalan en la cabeza o en el estómago y nos dicen: no estás aquí a gusto, no puedes decir que dominas tu vida, no sabes, aunque te rías en una foto, qué te pueda pasar al siguiente minuto de tu vida.

 El que escribe poesía sabe que el ritmo de los versos es esencial, que la vida que habita en un poema debe ser clara y expresiva. Las condiciones para que un ejercicio poético sea bueno es la música que hay en las palabras. Las palabras tienen su música. La esencia de una palabra es decir ampliamente lo que significa, que esté esa palabra en un sitio desde el que diga todo lo posible, que signifique todo su potencial semántico. La palabra se alía con el poeta de modo que la palabra exprese su fuerza comunicativa a tope. Así, una palabra tan simple como "flor" puede ser un huracán expresivo en manos de un Bob Dylan o un Juan Ramón Jiménez, ambos premio Nobel de literatura. Y es que la palabra dura más si está bien colocada en el discurso poético.

 Hace una mañana muy bonita para ir a la carrera de San Bernardo y ver desde una terraza a los autobuses de la EMT cómo van. Si van muy cargados, si van muy veloces, si van oscuros como una sombra. Y luego, llegar a la glorieta de Quevedo y ver las gentes también cómo van. Si van tristes, si van llenos de duda, si van oscuros como una sombra. Y luego bajar por una calle hasta Moncloa y cruzarte con más gentes atareadas, con un destino en sus ojos, con melancolía en sus labios prietos, con la oscuridad de una sombra rodeándolos. Y es que este mundo está lleno de incertidumbres, de pasos inciertos, de hoyos existenciales que parecen hundir su sima en las aceras de lo inhumano. Es ley que en la vida no tengamos nada claro. Es ley que en la vida, todo sea provisional. Es ley andar a tientas, sin ver bien qué nos mueve a veces.

martes, 26 de mayo de 2026

 Los nietos fueron a ver a su abuelo. No sabes la ilusión que le hace. Porque el abuelo siempre es de tener a la familia muy junta, casi que se choquen entre ellos. El domingo hablé yo mucho con el abuelo, con mi padre. Hablamos con otros ancianos, hablamos de la gente, hablamos de los familiares, hablamos del perro mundo que nos acoge. La verdad es que mi padre tiene el don de gentes, aúna en su persona un carácter amistoso y único, no se lo he visto en otras personas. Mi padre anduvo por esas carreteras de Dios y vio mucho. No leyó, pero vio mucho. Y lo que vio se le quedó en la retina como una lección que aprendió para siempre.

 La vida es cruel, la vida puede dejarte inerme. La vida te hace viejo sin remedio. Pero lo importante es aguantar los embates de la vida con una rutina impuesta. Charlar con la gente no te reduce a la soledad del ganado que no habla. Dar paseos te reconforta el cuerpo, abarcar distancias te mantiene un tanto vivo. Vivir es difícil. No siempre la vida te regala lo que deseas. Aguantinina es la pastilla más fuerte para las depresiones y la falta de ánimo. Aguantinina en dosis adecuadas te acerca a la dicha de saberte fuerte ante las olas del mar de la existencia. Los días pasan, los deseos ya no se cumplen, las gantes van todas a las playas, los simples y los complejos se unen en la fiesta vacacional de agosto. El sol, siempre en alto, llena de amarillo el cielo de Dios.