miércoles, 24 de junio de 2026

 A otra cosa, mariposa. Dicen que había un lugar en el que las cosas funcionaban de maravilla, pero nadie lo encontraba. Se oían rumores de ese lugar y decían algunos que estaba por España. Otros decían que estaba por China. Y las últimas averiguaciones decían que estaba en un valle dormido y tranquilo de Suiza. Muchos buscaron ese lugar para quedarse en él, para abandonar estos lugares que conocemos todos donde el vecino no cuenta, la amistad es imposible y hay que hacer cola para todo. La vida en los lugares habituales se estaba haciendo imposible. Por eso la gente se dejaba la piel para encontrar ese lugar donde reinaba la abundancia y la amistad, la fe y el amor, la belleza y la bondad. Pero ese lugar nadie lo ha encontrado todavía y muchos ya han empezado a pensar que es una quimera más de nuestro tiempo. Que alguien se lo ha inventado. Que no existe. Que Dios no puede haber pensado ese lugar. Que estamos condenados a nuestro lugar, el lugar conocido donde todo está podrido.

 Hay gente asquerosa por la vida que, por no apuntar en un papel de cinco por cinco centímetros, te dice: ya está apuntado en la tarjeta. Ya digo que hay gente que no quiere trabajar ni molestarse por los demás cuando su oficio es molestarse por lo menos un poco por los demás. Las enfermeras vagas que se creen víctimas de algo, no sé, del sistema, no hacen más que escaquearse de sus compromisos laborales. Y no hacen nada y quieren hacer menos que nada y se pasan las tardes tocándose el higo en un centro médico. Yo he sido testigo de esa indigencia laboral, de esos paseos por los pasillos, de esa negligencia, de ese deseo de no hacer nada o menos que nada.

 La enfermera que me pone la inyección me preguntó si íbamos de vacaciones. Lo hizo con desgana, casi con desprecio. Yo solo voy a ponerme una inyección. No sé por qué he de decir a esa enfermera si voy o no voy de vacaciones. Y así como me lo preguntó, que parecía un escupitajo la pregunta. En nuestras condiciones, ni Paco ni yo podemos ir de vacaciones. Paco sufrió un ingreso este año. Tampoco creo que por no ir de vacaciones te vaya a caer la ira del Señor. No pasa nada. Paco no puede conducir 400 o 500 kilómetros a la costa. Lo que si tengo claro es que para pasar el verano tranquilo, habrá que abandonar estas compañías asquerosas de nuestro lado. Yo le dije a esa enfermera que mi hermano no puede conducir. Le tenía que haber dicho un simple y rotundo no.

 Había un chiste que decía que fueron los padres de un niño al médico porque el niño no dejaba de masturbarse en todos los rincones de la casa. El médico le preguntó: ¿por qué lo haces? Y contesta el niño: me aburro, no tengo nada que hacer... Resulta que en la consulta del médico había unos pasteles del cumpleaños de su mujer. El médico dice a los padres: tengo que hablar con ustedes en privado. Y deja allí al niño y a los pasteles. El niño se come los pasteles. Cuando regresa el médico, pregunta: ¿cómo es que te has comido los pasteles? Y contesta el niño: me aburría, no tenía nada que hacer... A lo que responde el médico: cabrón, habértela meneao.

 Si me tocaran los millones alquilaría un chófer para un mes. E iríamos a todos los hoteles que no hemos ido. Solo pediría a Dios, si se hace presente esta mañana gracias a mis rezos, una historia en la que mi hermano y yo fuéramos algo más que pasto de las esquinas. El dolor está ahí, pisándonos los talones, los absurdos talones de Aquiles. Es de imbéciles no saber que estamos atados. ¿Por qué preguntó la enfermera si nos íbamos de vacaciones? Si sé le digo que sí, que estuvimos una semana en Mojácar, como mienten los tristes personajes de novela. Yo he estado en Mojácar. Yo he estado dormido, yo he estado sabiendo la respuesta todo el rato. A lo mejor hay algo detrás de la puerta cerrada.

 Adquiero hoy un ángulo difícil de llevar por las tierras edificadas que me dictan el paso. Poco a poco, soy sumiso a las esquinas. No me supero en insurrección, soy un insurrecto triste. El calor atenúa mis fuerzas hasta dejarlas temblando en la plaza Pizarro. Vendrán más veranos y más libros y un sustento y la medallita de la virgen y los agostos despoblados. No hay vacaciones para los enfermos mentales. No hay escapada de la ciudad, de los perros, de las calles, de los estúpidos bancos de madera. Yo solo puedo coger un autobús pero no lo recomienda la ley psiquiátrica de turno. Me pregunto si habrá Dios hoy por algún lado.

 Dulces eran sus ojos negros. Del tabaco me querían salvar. Pero yo dije no. Y volví a fumar más del paquete. Era muy caluroso el día. El ordenador bufaba. Los montes y las praderas nos tenían así: metidos en la cama hasta casi las once. El sol decía muchas cosas, que la faz de la Tierra estaba maldita. Ya no íbamos ni con unos ni con otros. La gente se volvía salvaje poco a poco. No merecía la pena una compañía de gente desordenada y loca, que daba voces o se quedaba callada. Solo mi hermano y yo nos atemperábamos bien, nos decíamos cosas lógicas, elocuentes y bonitas. Ayer estuve a 1500 metros y hablé con la familia. Hoy no sé dónde estaré y no sé si habrá Dios esta mañana.