sábado, 25 de abril de 2026

 No sale de casa, pone pegas a todo y a todos. No le gusta la gente. Va de asceta, de solitario, de refugiado en un cueva oscura donde solo cabe él. Se aísla y no se da ni cuenta. Pocas veces sale a la calle a dar un paseo o lo hace cuando no hay gente, no quiere encontrarse con nadie. Es hosco, mal encarado algunas veces, busca excusas para todo. Si le dices que come mucho, dice que es normal, que todo el mundo come mucho a mediodía. Si le dices que no hace lavadoras, dice que se tiene que concentrar, que una hacer una lavadora lleva mucho trabajo, que no tiene tiempo y es lo que más tiene en casa: un montón de tiempo que no usa. La ropa se amontona, se agiganta, se atropella en el cesto. Es una persona muy rara, muy rara.

 El melodrama surge pronto: uno quiere y el otro, no. Disputan adónde ir. Uno quiere ir a un sitio; el otro, a otro. Y ya no se quieren como se querían hace dos años. No discrepaban, hace dos años, de su amor el uno por el otro. La luna rompió el cielo con su luz de milenios, con su larga cara de siempre. Pero también la luna tiene una cara oculta. La luna parece una metáfora del amor. Cuando todo se rompe, parece que asistimos a la cara oculta de la luna. No quiero seguir escribiendo de melodramas, de amores rotos. Vengan a mí las morcillas en la sartén y el melón de postre. Vengan sigilosas las viandas perfectas de un día lunes sin pretensiones oscuras. La vaca en el prado dice mu y Max Estrella dice en el escenario: está bonita la Moncloa.

 Los días de invierno han pasado pero no ha hecho demasiado frío: no ha helado apenas. Los domingos son esas cosas viscosas que se pegan a la espalda y no le dejan a uno ni ir a dar un paseo. Los domingos afean toda la semana con su presencia inaudita de dioses tristes. A mí no me gustan los domingos. Prefiero un miércoles dichoso, si la puerta enseña lo que encubre, que un domingo largo e insistente. A lo mejor, un encuentro un martes por la tarde atrae más fortuna que el día del Señor. La vida pasa, solo sé eso, que la vida pasa y no espera ni siquiera a que respiremos o dejemos de respirar. La vida es compañera fiel, no se atrasa, no hay que esperarla, no se rompe como un juguete en manos de un fuerte niño.

 Lo guardaba en un cajón donde guardo el corazón. Los días van cambiando el talante, lo van haciendo más sumiso a su igualdad, a su sucesión de tiempo, a su testarudez hecha de horas. La mañana abre un sol que dura, que amarga por su insistencia, que aboca al cuerpo a desear otro mundo. Pero todo sigue igual, como dice la canción. Los hombres y mujeres de hoy a veces no saben de comportamientos lícitos y estallan de alguna manera. Rompen la cruz, desvelan sus conciencias de cara al sol y a las nubes. Y se dedican al goce. Y el goce vale mucho dinero y mucho tiempo. Y se lo pueden pagar cuando son famosos. Pero todo tiene un fin. Y el fin quizás puede ser muy doloroso. No sé qué decir hoy así que no me rompo más la cabeza.

viernes, 24 de abril de 2026

 Padezco yo una sensación o sentimiento que voy a llamar "tristeza ecológica". Al ver que la hierba se seca ya en abril, que no hay insecto alguno revoloteando o saltando o reptando, que no llueve nunca, que las manzanas no huelen, que los melocotones no llevan jugo en sus entrañas de fruta, que el campo no está nunca verde, que todo lo rodeamos de basura, de plásticos de todos los colores, que el mar está como un caldo a la orilla de la playa, que hace un calor en mayo propio de julio o agosto y unas cuantas cosas más, me entra la tristeza ecológica porque lo que había, ya no lo hay. Y me recuerda todo esto a la maldición que los indios norteamericanos lanzaron al rostro pálido: el dinero no podrás comértelo.

 Me imagino que mi hermano fuera culterano y yo me declarara conceptista, al modo de Quevedo. Estaríamos todo el rato lanzando invectivas uno contra otro. Que si los versos deben ser largos o cortos, que si en la poesía debe haber latinismos o palabras que sugieran varios significados. Que si se debe adoptar el estoicismo en los temas tratados o la pura evasión poética. Compondríamos poemas en las que uno satirizara al otro, en que uno se fijara en la nariz del otro y el otro en vicios inconfesables del primero. La vida sería muy interesante, todo el día componiendo versos en cuadernos llenos de invectivas, de hallazgos poéticos, de palabras misteriosas, de conceptos altisonantes. La poesía atravesaría nuestras vidas y nos tendríamos un odio mortal, un odio fomentado por la creación de pensamientos satíricos, burlescos, desfiguradores de la realidad. Pero no, la vida con Paco es más ordinaria, más sencilla que todo eso. Paco apenas habla, apenas disputa si no es por las tareas de la casa, pocas veces Paco lanza un suspiro poético al aire.

No sé si hoy por la mañana iré a Madrid a por un libro que encargué. La mañana está fresca. Tengo dos semanas para ir a por él. Me llamaron ayer que ya estaba en la librería. Pero creo que esperaré. Parece que esta noche ha llovido. El suelo está mojado, huele a fresco, hace casi frío. No parece hoy como los días de atrás. El libro que voy a comprar se titula "Diario de un esquizofrénico". La verdad es que se sabe muy poco de las enfermedades mentales. Nos tienen olvidados. Nos tienen silenciados. Ojalá ese libro me dé alguna pista sobre la vida de un enfermo, sobre cómo llevar el trastorno, sobre qué sé yo qué.