martes, 22 de septiembre de 2026

 Hace mucho que no escribo un relato. Ya con una novela larga no me atrevo porque me llevaría mucho tiempo y mucho pensamiento solo para escribirla. El último relato que he escrito no va muy allá, es de andar por casa, ha sido mero entretenimiento para mi persona. Pero puede ser válido en el sentido de que lo que se escribe ahora son rollos macabeos al cuadrado. Lo he comprobado comprándome libros. Mis relatos, creo que ninguno, acaba con un muerto. Eso es muy fácil, muerto el perro, se acabó la rabia. Todos estos dramones que hay en la novela y el cine actual podría excusarse. Luego, las películas de diversión españolas son tan superfluas y malas, que ni Dios quiere ver cine español: o dramones o situaciones absurdas que no dan risa. Vaya panorama creativo. Ni cine, ni novela, ni comedia aguanta un cuarto de hora de visión o lectura.

 Los malos novelistas, como no saben cómo acabar su novela, rematan el final con una muerte como si esa muerte explicara toda la novela. A mí me fastidian esos finales porque en la vida real, la muerte no acaba con nada, todo sigue después. Olvidado el finado, la gente sigue con un poco o un mucho de pena, pero sigue. En la novela, el muerto parece el culmen de algo, culmen que es falso, culmen que no es culmen de nada más que de la idea torpe que tiene el novelista o el dramaturgo para acabar su obra. La muerte es tan habitual en la existencia como lo es una boda o un cumpleaños. ¿Por qué no acaban las novelas con un cumpleaños?  O con la compra de un coche, por ejemplo. O con una fiesta. La lectura se haría mucho más agradable.

Por las mañanas me levanto con la boca pastosa y mucha sed. Sed que mitigo con mucha agua. He leído algo sobre Lorca, que vino a Madrid a triunfar de autor dramático. Parece que le gustó Madrid. Tenía muchos amigos, entre ellos, Marquina. A mí, los dramas rurales de Lorca no me gustan mucho. "La casa de Bernarda Alba" la veo una exageración inviable. Lorca escribió mucho sobre la muerte. Era una pulsación negativa en él. En el "Romancero gitano" me parece que el personaje más importante precisamente es la muerte. Y a la gente no le gusta leer sobre la muerte. "La luna me está mirando y yo no la puedo mirar", o algo así, dice un verso de ese romancero. Y es que la que habla está muerta. Lorca era un poco siniestro en ese sentido. No me gustan ni los poemas ni las novelas que hablan mucho de la muerte o que hablen los muertos. Es incompresible.

 Hace mucho que no voy a Las Rozas. Cuando voy, según ando voy pensando y meditando. Me quiero quitar de una pastilla que tomo por la noche pero veo que si no la tomo, no duermo. Me he enganchado a esa pastilla. Está prescrita, pero me la quiero quitar. Es una benzodiacepina. Si lograra dormir sin ella, tanto mejor. Por otro lado, ya ha empezado a reunirse la gente esa que se droga en plaza Pizarro. No se meten con los viandantes pero causan una impresión pésima. Ojalá hubiera para ellos un solución laboral. Me parece que leí hace mucho tiempo que en Inglaterra estas personas fabrican bolígrafos. En Majadahonda se podría probar a insertar a estos drogadictos mediante el trabajo. No veo yo que ninguno de ellos salga de ese grupo. Si lo hiciera al menos uno o dos...

lunes, 21 de septiembre de 2026

 ¿Tú fumas? No, solo soy fumadora social. Se supone que solo fumaba cuando estaba con gente, no solitariamente, como hago yo porque no tengo amigos con los que fumar socialmente. Bueno. Yo no tengo ya lo que se dice amigos ni para fumar socialmente ni para hablar socialmente, si me apuras. Solo mantengo unos conocimientos humanos de baja intensidad, como se dice ahora muy estilísticamente. Me da la sensación que ahora el lenguaje lo tapa todo y, si no tienes amigos, dices algo así como que aceptas tu soledad sin reservas sociales implicadas o algo así. Y lo que pasa es que está más solo que la una porque eres un cansino, una persona que aburre a las ovejas.

Ya están sonando ruidos por todas partes. En mi pueblo, seguro que no, que no se oyen ruidos de ninguna clase. Tengo un amigo segoviano aquí, en Majadahonda, que ya ha pasado por mi pueblo dos veces y no ha visto allí a nadie por la calle. Mi pueblo es un pueblo fantasma porque sus habitantes no salen de casa. Solo salen los viernes a comprar fruta y verdura a un tendero que viene de otro pueblo. Y salen también al autobús cajero que aparca en la plaza para sacar dinero. Mi pueblo ha sido motivo de alegría pero también de consternación para mí. Últimamente, a mi hermano y a mí nos marginaban, nadie quería hablar con nosotros y nos dejaban solo disfrutar de los "encantos" de la Elvirita. Me parece que la Elvirita vive ahora en Segovia. No sé con quién nos tocaría charlar ahora en el pueblo. Mi pueblo tiene sus leyes no escritas, sus convenciones y sus trágalas. Yo ya no pego con las costumbres de mi pueblo.

 La psicóloga dijo: si estamos hablando de 100 mil euros, lo siento Ismaelito, pero... Y luego dijo: ¿de cuánto estamos hablando? Yo no contesté pero vi que esa señora era poco de fiar. Era una charlatana, era una que no miraba más que al dinero. Era una persona indeseable. Pero estuve demasiado tiempo contándole mi vida. Y mi vida no la soluciona ningún psicólogo. Y menos, psicólogas de estas. No creo en la psicología. No creo que nadie, por el hecho de contar su vida, alguien se la arregle. Yo ya no tenía nada que contar, ya había contado todo. Y no estaba ni mejor ni peor que cuando fui a la consulta de ese gabinete de psicología tan absurdo.