Un hombre está esperando al tren y su amigo no viene. Hace mucho frío, la temperatura debe de ser de menos 10 grados. No ha venido el hombre preparado para el frío, lleva un jersey nada más. Habían quedado a las 8 de la mañana. Son las 8 y 20. El tren ha parado y se ha ido. La gente ha montado en él como un incierto tropel, como ganado que se refugia en el calorcillo de los vagones. El amigo no viene y el hombre que espera se está helando. Para él, la cita es muy importante. Pero el amigo al que espera no parece importarle tanto. A las 8:35, viene el amigo, con su abrigo bien abotonado, con cara de felicidad. El hombre está aterido, está harto de esperar. Cuando viene el amigo, un tren entra en la estación. Perdona la tardanza, dice el amigo. Luego, el fragor del tren que llega ahoga el diálogo. El hombre ve la cara de felicidad de su amigo, su despreocupación de las cosas y cuando este se acerca, no duda en empujarlo al tren.
EL PROFESOR
lunes, 27 de abril de 2026
Viene un airecillo suave, perezoso, como el viento del sur. La ventana da a unos álamos que ondean sus hojas como banderitas verdes, como pasquines de la paz de la naturaleza. Hoy es lunes. Y ayer estuve rodeado de gente. No pensaba yo que me pudiera relacionar con tantas condiciones humanas, tantas circunstancias vitales, tantos pareceres de personas que ayer nos dimos cita debajo de un árbol. Luego, al llegar a la ciudad, el frescor me dio en la cara, estuve tranquilo, La vida parecía remansarse, acomodarse a la huida del calor de todo el día. Un día impecable, un día asombroso casi, un día lleno de novedades. Los que andan solitarios no se dan cuenta de la variedad humana que les rodea. A lo mejor lo quieren así, sin tener contacto con la gente. Pero la gente es interesante, muy interesante.
Ayer estuve de excursión a la casa de campo. Quedamos en el metro Colonia Jardín. Mogollón de gente; por lo menos, veinte. Nos echamos a andar por una calle y de repente, ya estábamos entre árboles y hierbas y setos. Y un camino que nos condujo a unas mesas debajo de un árbol. Los que me presentó el amigo que nos conducía, luego adquirieron un contorno más definido. Estuve hablando con una María José y con una Nines. Luego, con más gente. Era una delicia estar rodeado de árboles, de fresco prado, de sombras relajantes. Lo malo es que fumé mucho. Lo pasé muy bien. Gente muy maja los amigos de Fede. Lo malo es que ya no se reúnen tanto como cuando eran más jóvenes y subían a la montaña.
sábado, 25 de abril de 2026
No sale de casa, pone pegas a todo y a todos. No le gusta la gente. Va de asceta, de solitario, de refugiado en un cueva oscura donde solo cabe él. Se aísla y no se da ni cuenta. Pocas veces sale a la calle a dar un paseo o lo hace cuando no hay gente, no quiere encontrarse con nadie. Es hosco, mal encarado algunas veces, busca excusas para todo. Si le dices que come mucho, dice que es normal, que todo el mundo come mucho a mediodía. Si le dices que no hace lavadoras, dice que se tiene que concentrar, que hacer una lavadora lleva mucho trabajo, que no tiene tiempo y es lo que más tiene en casa: un montón de tiempo que no usa. La ropa se amontona, se agiganta, se atropella en el cesto. Es una persona muy rara, muy rara.
El melodrama surge pronto: uno quiere y el otro, no. Disputan adónde ir. Uno quiere ir a un sitio; el otro, a otro. Y ya no se quieren como se querían hace dos años. No discrepaban, hace dos años, de su amor el uno por el otro. La luna rompió el cielo con su luz de milenios, con su larga cara de siempre. Pero también la luna tiene una cara oculta. La luna parece una metáfora del amor. Cuando todo se rompe, parece que asistimos a la cara oculta de la luna. No quiero seguir escribiendo de melodramas, de amores rotos. Vengan a mí las morcillas en la sartén y el melón de postre. Vengan sigilosas las viandas perfectas de un día lunes sin pretensiones oscuras. La vaca en el prado dice mu y Max Estrella dice en el escenario: está bonita la Moncloa.
Los días de invierno han pasado pero no ha hecho demasiado frío: no ha helado apenas. Los domingos son esas cosas viscosas que se pegan a la espalda y no le dejan a uno ni ir a dar un paseo. Los domingos afean toda la semana con su presencia inaudita de dioses tristes. A mí no me gustan los domingos. Prefiero un miércoles dichoso, si la puerta enseña lo que encubre, que un domingo largo e insistente. A lo mejor, un encuentro un martes por la tarde atrae más fortuna que el día del Señor. La vida pasa, solo sé eso, que la vida pasa y no espera ni siquiera a que respiremos o dejemos de respirar. La vida es compañera fiel, no se atrasa, no hay que esperarla, no se rompe como un juguete en manos de un fuerte niño.
Lo guardaba en un cajón donde guardo el corazón. Los días van cambiando el talante, lo van haciendo más sumiso a su igualdad, a su sucesión de tiempo, a su testarudez hecha de horas. La mañana abre un sol que dura, que amarga por su insistencia, que aboca al cuerpo a desear otro mundo. Pero todo sigue igual, como dice la canción. Los hombres y mujeres de hoy a veces no saben de comportamientos lícitos y estallan de alguna manera. Rompen la cruz, desvelan sus conciencias de cara al sol y a las nubes. Y se dedican al goce. Y el goce vale mucho dinero y mucho tiempo. Y se lo pueden pagar cuando son famosos. Pero todo tiene un fin. Y el fin quizás puede ser muy doloroso. No sé qué decir hoy así que no me rompo más la cabeza.