Te han visto persignándote mil veces en el parque de los niños. Te tragas el telediario como si fuera un magdalena. Repites las frases que dicen los señores y señoras en el circo de los discursitos. Te veo bien aplaudiendo los insultos del gran jefe. Te han subido la moral con unas monedas más. A todo dices amén si lo dice ese que baila tras las cortinas con una urna. Es tu sino: decir sí a la barbarie que gobierna este país. Poco a poco y voto a voto ganarán los mismos y te llenarán los bolsillos de la menudencia. Ellos, en los cócteles, se gastan 16.000 euros de ala. ¿Y tú? ¿Cuánto te gastas en un cóctel?
EL PROFESOR
viernes, 27 de marzo de 2026
A ver si paso una semana santa tranquila, dormida al sol y muerta a la puerta de mi casa. Cada día es más difícil ser feliz. Ya no hay armonía en ningún sitio. Ha parado la sopladora parece que definitivamente. Vivimos tiempos asquerosos, de mucha incertidumbre. Claro que a los tontos les da igual, viven al margen de todo. Están abriendo ferreterías por dentro de tu alma. Hay uno que se fuma un porro ya a estas horas. Hay gente dócil que vota a quien le sube la pensión. No es de extrañar. Parece que Paco se despierta. Tiene que haber armonía para que haya un poco de felicidad. Federico toma las de Villadiego y no dice ni mu. Acaso también mueren las vacas de viejas. En el campo hay caminos, hay cuadros de Van Gogh por todas las partes que mires. Ah, el campo feliz y bucólico descrito por los poetas.
Las luces del sol diseminadas crean el mediodía. Quizás Paco se raje de ir a Madrid. Paco se suele rajar muchas veces. El tonto de la sopladora sigue y sigue. Un palo de escoba espetá por culo no le estaría mal. Por fin obré. Me voy a duchar en breve. La Gran Vía estará llena de gente porque hoy es viernes. Tengo sed y voy a beber mucha agua. La pena de vivir se reparte que da gusto por entre las almas oscuras de la gente. Otro dirá: yo quiero la eutanasia. Virginia Wolf era una feminista de campeonato. Yo ya me abro y voy a la cocina y bebo y bebo. El mediodía es espada, el mediodía es un clavo sucio y herrumbroso que se cuela en la conciencia de cualquiera.
La gente habla. La gente no para de hablar. Si la gente dejara de hablar, ya no sabría qué hacer. La comunicación es obligada, es necesario decir cosas a otro ser que está al lado. La soledad crea cortisol, esa adrenalina que no se quema. Los muchachos de la calle aprenden a decir cosas modernas, a llamarse bro unos a otros. Envejeceré pronto y me moriré también pronto, qué pinto en esta vida. Una chica de 25 años ha recibido la eutanasia. Entonces, cualquiera puede morir así. La gente habla, se entera de cosas y habla aunque el interlocutor no preste atención. Mi hermano no duerme a su gusto. Mi hermano me habla y yo le hablo. Todo ok, todo va bien en nuestra casa. No discutimos. La sopladora ha parado.
Mi hermano no duerme bien. Y eso que se toma muchas pastillas. La mañana cojea en su luz diamantina. Hay ruidos de sopladora molestos. Estoy nervioso estos días pensando mil cosas malas. Parece que esta tarde vamos a Madrid. Me ahogo en un vaso de agua. No tengo obligaciones. Esto que escribo es terapéutico. Sigue la sopladora. Me cago en la puta que lo parió. A veces me lleno de dudas como se llenaría la cabeza de un hombre en el desierto. Las penas corren por mi estómago azulado y tormentoso. Hoy vamos a Madrid y nos reiremos mucho, de la gente que pasa, nos asombraremos de los modelitos. Hoy puede ser un gran día sino fuera por la maldita sopladora.
jueves, 26 de marzo de 2026
Dormir es tan beneficioso... Yo me tiraría dormido todo el día. Para que no me muerda la mañana con su luz. Para que no me mate la tarde con sus horas inmundas. El dinosaurio seguía allí. Madrid es muy grande, Madrid contiene el aliento de millones de personas. Hay gente que gana mucho y otra gente que gana poco. Ahorrar es imprescindible en este sistema pero no dejan ahorrar, todo está muy caro. La vida se intuye detrás de las cortinas de color azul. El que mira se da cuenta de que los libros son inútiles, son antiguallas de otras épocas, son enemigos de la gente.
No me puedo permitir ir a la playa, allá donde las conchas se rompen en pedacitos, allá donde la arena dice ay continuamente, allá donde las olas rompen la mañana y la tarde y la noche. No me lo puedo permitir porque mi hermano está malo. Porque padece una enfermedad mental. Debería yo pedir que no se ponga más malo de lo que está. Debería yo no pensar en la playa, ese lugar que se repite y se repite hasta en los días más tristes de la vida. Debería yo pensar en hacer una lasaña, una lasañita pequeñita que alimente a mi hermano y a mí. Y nada más. Nada más que el día entero y verdadero.