sábado, 7 de febrero de 2026

 Madre si me enamoro, echa al mar mucho oro. Madre si me vuelvo a enamorar, echa más oro al mar. Todos estamos levemente o profundamente enamorados de alguien. La gente se enamora, es un hecho. La gente, quizás por pena de la amada, se enamora. La gente se enamora y ya no se queda mirando por la ventana a las estrellas. La gente da su amor a otras personas y anda como más ligero por las aceras. Los enamorados piensan en el amor que se tienen y conducen un coche lleno de niños y de ventanas que se derriten en el cielo. La gente enamorada anda pensando en flores y en la Torre de Pisa y en el agua que sale del grifo y en un avión de papel. El amor es eso que surge en Madrid y se recuerda en un pueblecillo de Castilla por muchos años. El amor es un verano, un folio escrito por instantes, una mirada y un dinero que se emplea en pagar deudas alevosas.

 No surge la expresión clarividente, no avienta la palabra luminosa, no aparece la metáfora. Los días da andar lejos ya se han acabado. Ahora llegan el reposo y los paseos. El camino de los hospitales acabó y acabó en este escritorio apaciguado. Poco a poco el que porta la pulsión del desorden ya no grita, ya no lanza su mente hacia los cielos. La verdad de las ayudas ha girado mi vida, la ha dado una mirada nueva. Porque nueva ha sido esta atención, este alboroto de amistad en el seno de la familia. Todo ha sucedido rápido. Todo ha sido un arroparse porque hacía el frío de la enfermedad. Me ha gustado sobremanera estas gentes que me han acogido, me han dado la compañía precisa, el aliento necesario.

 Soñamos la libertad pero solo la soñamos. La libertad no es hacer cosas solos con una carretera que nos lleve a un sitio desconocido. La libertad es quizás cumplir nuestros deseos, ser uno mismo. Lo que queremos o queríamos cuando vinimos al mundo lo hemos cumplido: esa es la libertad. Y dar una voz al cielo por ello. Y ayudar a los demás también da la libertad de ser útil, de que un poco nuestro sea para los otros. El que da se libera de algo y se siente a gusto consigo mismo. El que pide mucho no es libre, depende de los demás. Hay que ser capaz en este mundo de mantenerse en pie todo el rato que haga falta: esa es la libertad. La libertad de lo íntegro y duradero. No son libres los quejicas, los que no se adaptan, los que reniegan de todo.

Quedarse uno mirando los autobuses de color verde, mirando a los conductores de coches, escritor asombrado de lo que pasa siempre. Porque escribo soy escritor. No reconocido, no renumerado. Sueño con mis manos, estoy en un jardín hecho de asfalto viendo el rodaje, viendo como una película que, después de ser vista, ha de ser contada. Las palabras quieren decir lo exacto de la vida pero volviéndolo todo bonito, todo fabricado en el sabor de los párrafos. A la orilla de la vida hay gente que quiere contar lo que hay en el mar, lo que sucede en un océano pequeño como el corazón. Pero a veces no surge el salto ecuestre de la imaginación. Piensa en mí cuando quieras entretenerte con palabras, eso es todo.

jueves, 5 de febrero de 2026

 Hay una oleada de solidaridad entre la gente que los estados fomentan porque saben que es bueno que la haya. Los anuncios publicitarios inciden en muchos casos en esa comprensión interfamiliar o de amistades o de gente profesional que ayuda a los demás. Para que haya solidaridad hace falta, primero, empatía: saber de qué cojea el prójimo y saber así cómo ayudarle. En una red de amigos, parejas y niños se sabe lo que sufren, lo que necesitan cada uno. Un poco de compañía en la que el oyente escucha a su interlocutor, puede resolver uno o varios problemas a la vez y, el primero de ellos, la soledad, que es muy mala. La soledad mata casi más que el tabaco. No esté uno nunca solo del todo. Es una máxima que habría que hacer correr y cumplir en todos los casos.

 Dice mi hermano Paco: más vale que cambie el hombre, la humanidad, que no el clima.

 Juan José Boliches era un gran conductor de autobús urbano de la EMT y hacía el recorrido Moncloa Retiro en media hora sin tráfico. Nunca lo hizo en media hora, calcula Boliches. Juan José Boliches era del Atleti pero nunca iba al Wanda. Así que era atlético no practicante. Y lo que más le jodía a Juan José Boliches era que le llamaran Juanjito. Como era soltero, sin mujer ni hijos pues le llamaban Juanjito pues todo los que le conocían daban por hecho que nunca había estado con una mujer en la cama ni en el asiento de atrás de su Polo. Juan José Boliches entró un día en el bar y gritó: no quiero que me llaméis Juanjito nunca más. Yo soy Juan José a partir de ahora. Y a una chica que allí estaba, a la que llamaban Isabelita por el mismo problema de soledad sexual que Boliches, le hizo mucha gracia el chico. Como las mujeres, en materia de amor sentimental saben mucho, se ligo a Boliches. Y fueron los dos al Wanda y vieron marcar por fin a Julián Álvarez.