martes, 24 de febrero de 2026

 Las farolas tibias, las farolas que alumbran poco no cumplen con su labor social que es denunciar la delincuencia nocturna. Si un parque es anémicamente iluminado, las tropelías no se ven disuadidas a cumplirse. Yo quiero que la plaza que está al lado de mi casa esté lumínicamente fuerte, que por la noche parezca de día. No como está ahora, en las que las sombras, las sombras del mal amparan a los porreros y delincuentes. Luego, por la mañana, se ven rastros de sangre sin limpiar. Algo ha pasado. Tengo que fregar las tres sartenes que me ayudan en la cocina. Así que dejo el tema este de la iluminación de sitios públicos y me dedico a mi privacidad más apremiante.

 De las estúpidas imágenes que salen en la tv: políticos, periodistas, noticias repetidas hasta la saciedad, etcétera, apareció una que merecía la pena. Eran unos señores en una terracita de frente al mar. El corazón mío se pegó a esa imagen como el agua se pega a la arena. Era el mundo ideal. Un refresco y al fondo, el mar. No me conviene fomentar en mi alma ese deseo de ver y sentir el mar pues, a lo mejor, no voy en todo el año a verlo. Pero esa imagen, igual que la que construí yo en este blog de un hombre que sale a la terraza de un piso 12 a tomar un vino blanco y se ve el mar al fondo, me puede mucho. El mar. No digas más. No hay otra cosa más poderosa en el mundo que esa masa azul hermana del cielo.

 Salen del hormiguero las hormigas exploradoras, que existen de verdad. Miran a ver si hay comida en la inmediaciones del mismo, si hay peligros. Y si no regresan a casa, será mala señal: alguien las habrá pisado o algún animal se las ha comido, con lo cual hay que mandar otra u otras hormigas exploradoras al todavía duro aire de febrero. La reina no está todavía hasta abril, cuando es fecundada y pone unos huevos blancos, translúcidos, unas larvas que se transportarán a otro hormiguero nuevo. Esto lo he leído en "La vida de las hormigas", no recuerdo el nombre del autor. Es fascinante este mundo. Podríamos aprender mucho de las sociedades que forman estos animales. Hay hormigas obreras, hormigas guerreras y hay batallas de hormigas de vez en cuando. Y luego está la reina.

lunes, 23 de febrero de 2026

 Ayer domingo estuve a ver a mi tía Isidora en la residencia. Fuimos Paco y yo en autobús. Resulta que la residencia de mi padre y la de ella, están al lado. La residencia de mi tía la veo como una especie de trampa porque para subir al piso segundo, hay que dar una clave en el ascensor, además de que hay que tener una ficha que te dan en el mostrador que activa el ascensor, ficha que mi tía no tiene. Entonces, mi tía se tira las horas muertas en el segundo piso y de ahí no sale. Una cuidadora me dijo que no podía quedarme en el segundo piso con mi tía, así que la bajé al piso principal y salimos al patio de la fuente. Allí estuvimos hablando. A mi tía le llama mucho la atención la luminosidad de la residencia y del cielo que se ve por un vano que hacen los pasillos de la residencia. Luego, oímos música, la música de un tipo con un piano electrónico o como se diga. Tocó el tipo un tango y los ancianos bailaban. Después de oír cuatro o cinco canciones bailables, la subí al piso segundo. Y luego, ya vi a mi padre. Pero Paco estaba deseando irse y nos fuimos.

 Según san Canuto, el que tiene cara de bruto, lo es. Este chico tan majo, tan grandilocuente, era medio jefecillo porque había hablado a no sé quién en no sé dónde desde una tribuna muy encopetada. Este chico tan agradable tenía la manía de meter cuñas en la conversación y romperla. Este chico se tiró la tira escribiendo un libro de un enfermo mental que no era tal pues eran remiendos de una vida que saltaba de la página 12 a la página 48. Yo me he ganado la vida explicando cosas y la tontería que tiene este chico es inexplicable. Bueno. A este chico le preguntabas: ¿Has ido a Madrid? Y decía: sí, no, no sé. Un día me invitó a un café. Otro día habló de su papá que le pagaba todo. Y otro día le dije adiós para siempre. Pues hemos sido usuarios, no amigos, en la asociación donde él y yo íbamos.

 Un imbécil acusó a mi hermano de que iba diciendo por ahí que ese imbécil se quedaba con las subvenciones que daba el ayuntamiento a la asociación que dirigía. Mi  hermano no iba diciendo por ahí nada de esa asociación de pijos. Luego le dijo que "le iba a romper la boca". Luego me dijo a mí que mi hermano "no se tomaba las pastillas". Todo mentira, amenazas y bravuconadas del imbécil. Me dijo que yo era más pijo que los de la asociación "porque vivía en Majadahonda". Me dijo que "aquí pone que has ido poco a la asociación". Aquí pone mis cojones. No volvimos a la asociación, mi hermano casi ya ni iba y yo me cansé de tanto pijo rojo y de tanto voluntario pijo y del imbécil que no sabe ni a tocino si le untan. Eso sí. La asociación no me ha pagado en años y años ni un billete de tren ni un café. En esa asociación todo era pagar y pagar y pagar. ¿Y las subvenciones? El imbécil me dijo que "se las gastaban en un gestor". ¿Un gestor? Y mis cojones un gestor.

 Había en la asociación una voluntaria y un voluntario. Los dos vivían en urbanizaciones de lujo. Yo entré un día en una urbanización de esas. Tienen hasta carretera para ir de un bloque a otro. Yo estaba de taxista. Me quedé un poco impresionado al recoger a una hija de un diplomático mexicano. Ya digo que esos dos voluntarios vivían en urbanizaciones de estas que dan asco del dinero que rezuman. Y los dos eran rojos. Un día ya me harté porque la voluntaria contó una anécdota protagonizada por la pasionaria. ¿La pasionaria? ¿También vais a sacar a relucir a la pasionaria? Yo no pude más. Qué hipocresía. Qué contradicciones cabalgaban estas personas. Otro día, el voluntario me enseñó una foto de su casa de León. Una mansión en un monte. Yo alucinaba. Vivían como querían. No como yo. Que estoy pendiente de un enfermedad, la mía y la de mi hermano. Luego, daban charlas absurdas sobre la protección social en la ciudad. Como si les importara a ellos la situación social de nadie. Les regalé mi libro. Dijeron que era muy bueno. Pero su opinión no me sirve. Esta gente destila un no sé qué a pavo trufado.