lunes, 20 de abril de 2026

 Me he desempeñado como novelista tres o cuatro veces desde que estoy jubilado. Pero no se le puede pedir peras al olmo a un enfermo. Un enfermo padece. Padece de falta de concentración, se le van las ideas. No se concentra debidamente. Aún así, yo escribo aquí en el blog algunas reflexiones sobre la vida que llevo. Si yo me divirtiera y lo pasara felizmente, me quitarían la pensión. Así que suelo estar triste, para que no me la quiten. No puedo trasnochar, me desvelo y no duermo ya en toda la noche. Debo ceñirme a una rutina. A las 10 suelo estar ya en la cama. Tengo ya bastantes años. No puedo beber. La tranquilidad me procura estabilidad. No estoy para fiesta. Ni para viajes. Mi vida no tiene atractivo para mí. Ningún atractivo.

 Quizás, no lo sé, hay que tener bastante autoridad para despertar a un viejo a las 8 de la mañana y ducharle. Yo veo mujeres en la residencia donde vive mi padre, que hacen un poco de todo. Y estas mujeres deben de tener también mucha humanidad, no actúan como robots. Tratan con seres humanos en el final de sus vidas y este es un punto delicado. Unos ancianos y ancianas se caen y se hacen una herida en la cabeza o en un ojo. Y ya acobardan tras la caída y ya no son los mismos. Otros ancianos han llegado a su vejez de manera muy precaria. Quizás estén bajo la influencia de alguna demencia. Y solo repiten: no. Es todo lo que dicen. Una residencia da para reflexionar mucho, para pensar en la miseria de la vida, del último tramo de la vida.

 Ayer domingo, quedé con unas amigas. Y de los parlamentos que tuve con ellas dos, no saqué más que ideas negativas y lo que se suele llamar, mal rollo. Dijeron que en esta vida no hay gente buena, contaron de sus vidas, las dos llenas de inconvenientes. Todo era como para pegarse un tiro. No me convienen esta clase de manifestaciones porque me afectan, me llenan de negatividad mental. Pero luego, a la tarde vi a mi padre. Y me lo pasé bien con él hablando de cosas peregrinas y alegres. Otros días sí que me rio con estas chicas pero ayer se pusieron muy melancólicas, muy tristes, muy de pesadumbre. Bueno. La vida es una croqueta llena de tropezones. La vida es, como decía Forrest Gump, una caja de bombones.

Parece mentira pero hoy todo lo que tengo que hacer es comprar una empanada en el súper y ponerme una inyección esta tarde. Una inyección que es un antipsicótico. Pero un antipsicótico que tiene una biblia de contraindicaciones. Yo no me puedo divertir y de hecho, yo no me divierto. La vida mía es tan aburrida que pasa lenta, como dicen que son las torturas chinas. Escribo aquí para aclararme algunos temas, ponerlos por escrito, no vaya a pensar la gente que mi vida es una falla valenciana o una feria sevillana. En mi vida he estado borracho, no puedo beber alcohol. La vida mía no puede ni debe estar llena de emociones fuertes porque no dormiría, porque la excitación me vendría mal, porque la enfermedad afloraría como una negra flor crecida en el asfalto. Soy prisionero de una enfermedad. Y eso no lo quiere nadie.

 A mí, me han dado una pensión. Si me la han dado es porque si yo hubiera seguido trabajando, estaría de baja todo el rato. Y habría que pagarme a mí y a un sustituto cada dos por tres. Porque la enfermedad mental es más dura que si padeces de una pierna o de un riñón. A veces te da el estado depresivo o a veces, te encuentras raro que no sabes ni lo que piensas. Entonces, la administración educativa supongo que habrá obrado de la manera más eficaz porque ya conoce otros casos de profesores enfermos mentales. Que los hay. Hay muchos casos de profesores así. Me consta porque he pasado por muchos institutos y en uno de ellos sustituí a una profesora con este caso. Y he visto, en alguna sala de profesores, algunos casos de desorden mental. No es tanto chollo cobrar una pensión, pues a mí, la enfermedad mental, ¿quién me la quita? No me la quita nadie.

 Tengo en la mesa como unos 14 libros de poesía. Los voy leyendo de uno en uno, una poesía de cada libro. Y encuentro muchos hallazgos literarios, como yo digo. Muchas expresiones felices en que los poetas han estado lúcidos y excelentes en la manifestación poética. Pero me tengo que concentrar para leerlos, estos libros. Tengo que decirme a mí mismo: voy a leer poesía. Leo una poesía de cada libro, no más. Luego, cojo otro y leo otra poesía. Así hasta completar todos los tomitos de bolsillo que tengo. Lo paso bien. Me despejo de tanta vulgaridad que da la vida, este sol tan fuerte. Porque el sol así manifestado estos días es de lo más vulgar, de lo más detestable. Las poesías refrescan la mente hasta la hora de comer, hasta la hora de merendar, hasta la hora de dormir.

 Resulta que soy un pensador. Vamos, que saco tema en estos blogs que escribo y les doy una interpretación a esos temas. Puede que algunos blogs sean demasiado personales. Es cuando este blog se convierte en algo terapéutico, cuando necesito decir alguna verdad mía, honda. Entonces no pienso sino que vierto alguna angustia. Estos días he estado triste, de bajón, nada del mundo me gustaba. Los calores sobrevenidos de abril me asqueaban. La claridad del cielo, de un azul que casi se pasaba a blanco, me ponía malo. Todo eran inconvenientes en mi vida. Las horas no pasaban. Me alíe con la radio para pasar el tiempo. La vida iba lenta, mohína, sin aliciente. Lo he pasado mal.