lunes, 30 de marzo de 2026

Hoy lunes santo. Hoy esperamos la vacación con la excusa de un acontecimiento religioso. No iré a las procesiones. Me voy a duchar. Es eso lo que sé. La mañana grita su grito de luz en el cielo. Es casi ya mediodía. Al albur de la semana santa hago mi reserva de habitación en mi propia casa. Bebo agua, limito mi deseo a estar con mi hermano y con mi amiga. A lo mejor, vamos a El Escorial o no vamos. Lo más seguro es que no vayamos a ningún lado. Una torrija contiene el sabor de toda la semana santa metidos en casa. Una torrija llena de azúcar y miel. Las constantes vitales del día siguen ofreciendo motivo de vivir. Eso es lo que cuenta. Poco movimiento, poco andar por ahí. Hoy ni salgo a la calle.

 Un besugo asado, unos pimientos rellenos de bacalao con bechamel. Una comida bien servida. Unos familiares que se juntan para hablar aunque sea de tonterías. La gente menuda que algazara la comida. Un niño que ha llegado antes de lo esperado. La comunión de los necesitados de comunicación. Todo lo ha despertado a la vida la enfermedad de mi hermano. Por ello, debo estar contento. Así pasarán días en que la calle sea excusa de hablar. Por fin hablamos los que recelábamos unos de otros. Es bonito que los hermanos hablen. Es bonito que un niño nazca. Es bonita la unión de los corazones. Solo hay que esperar a que la ayuda llegue para salir de estas calles tontas. La amiga del alma está también por aquí, hablando de griegos y romanos.

 El vergel que hay en mi casa no está hecho de plantas exóticas ni de peces de colores. El vergel de mi casa está hecho de palabras. Libros que me esperan a la tarde y estos escritos que escribo por la mañana. Letras y letras y renglones torcidos y renglones en línea acaban apareciendo ante mis ojos de lector ávido de cosas y acontecimientos. Me voy a duchar. Son las once y media. La mañana está diciendo su triunfo, su doloroso placer de subir el sol a lo alto. La gente trabaja, la gente apoya un  pie en la pared y rezuma dolor y rezuma aguante. Pronto vendrá la vacación y la gente descansará. Se lo merece. Se merece descanso y una torrija. Mientras, en mi casa todo va despacio, nadie se mueve del sitio, nadie apuesta a la carretera un desplazamiento mínimo.

 Al escritor Bukowski le bastó escribir su vida para ganar lectores. Una vida digna de un trabajador que no trabajaba, de un hombre que vivió raramente, lleno de alcohol y sexo. Lleno de mendicidad, de trabajos sueltos y precarios. Yo vivo de una pensión que me dio el estado por ser enfermo mental. Conté mi vida en un libro. Ahora,  la familia está más cerca, me llama por teléfono la familia, me la encuentro en la calle, me habla, la siento cerca. Es un triunfo. La enfermedad de mi hermano ha hecho que estemos unidos. Pero temo otra recaída y lo mal que lo paso. En fin. Los días van pasando y la enfermedad ya no se manifiesta de manera honda, redonda como la piedra de Sísifo que caía y caía. Mi mundo ha ganado en gente. Mi mundo ganará en enfermedad residual. Yo ya no debo temer tanto, creo.

 La escueta mañana que se cuadra en la ventana da a luz el día de hoy. No trabajo, así que no merezco estar entre los que madrugan. Una penita verde se me mete en el corazón. Los brotes de primavera me dicen que el sol entibia la atmósfera del calorcillo ausente. Me voy a duchar después de que escriba. La lunas se van repitiendo como monedas gastadas. Las calles también están gastadas, están tranquilas como garfios de pirata viejo. Otro día sin saber muy bien qué hacer. Hoy hay pulpo con patatas cocidas. El lujo no lo entiendo, como no entiendo al que lo ostenta. Hoy se guarda un minuto de silencio o toda la mañana de silencio para honrar la memoria de los muertos que están bajo la tutela de Dios. Dios lo quiere, hágase su voluntad.

domingo, 29 de marzo de 2026

Expuestos a la voluntad de alguien que no vale un pimiento verde. A ver si nos hacemos los importantes nosotros. Los libros son grandes compañeros. Anda mucho aire hoy en la calle. No fui a ver a mi tía Isidora. Es penoso este existir de poca gente alrededor. Ella desea la soledad, le gusta la soledad. Quizás le parezca poco hablar con nosotros, tomar un café con nosotros. Dice que ya llamará, dice que tiene que hacer recados. Le di mucho dinero. Le ofrezco mi amistad y ella no la aprecia. Ayer vi una película de trata de personas. La mañana se agita hoy como se agitará mañana, lunes santo. Mejor callar y que hable ella, que diga tonterías como dice siempre. Lo poco gusta, lo mucho harta. 


 En el pueblo queda gente con la que poder charlar. También otros con los que mejor no charlar. En el pueblo dicen: menos mal que venís a vernos. Hay un bar aleatorio donde entra gente de toda clase y opinión. Hay una iglesia donde dan misa. Y hay demasiados recuerdos de mi  juventud. Mi bicicleta está ya arrumbada en un rincón. La gente del pueblo es ya vieja o muy vieja. Yo mismo soy viejo. He bajado la cuesta del amor para descender al valle de la muerte. He cruzado ya una línea muy débil pero muy significativa que me dice que la pena andará rondándome más rato de lo normal. La mañana está subiendo, subiendo...