sábado, 21 de marzo de 2026

 La niña que iba en bicicleta atrajo la atención de un hombre que estaba escribiendo un poema. Ya ves, una niña en bicicleta. Como si fuera algo especial. El hombre no pudo acabar su poema y la niña se casó con un operario de mudanzas andando el tiempo. Un hombre se rascaba la cabeza. Ese hombre también distrajo al otro hombre de acabar su poema. El poema se vio atrapado en un conjunto de distracciones que hicieron que no saliera a la luz. Otra cosa que entretuvo a este poeta fue un camión de la basura que hacía mucho ruido. Y así se quedaron un verso suelto impedido y un hombre que quiso hacer un poema y no le salió por las cosas que pasaban en la calle.

 Ha nacido Bruno. El último en aparecer a la vida. Es menudo, se adelantó a su hora de llegada. No quiso estar más tiempo dentro del seno de su madre. Bruno es menudo. Es menudo como las cosas esenciales, como un frasco de valorado perfume. Su hermano anda dando vueltas al hecho de la aparición de Bruno. Se vuelve un poco loco de pensarlo. Y están también los dos hermanos. Juegan juntos. Se amontonan en la vida que les espera. Ella, la sobrinita, mira de frente y quiere vivir más, pasarlo bien, al igual que su hermano mayor. Los dos andan de acá para allá como buscando algo que no encuentran. Será la vida que ya intuyen lo que buscan. Ya se hacen mayores poco a poco. Ya hacen un poco más viejos a sus padres.

 He escrito que siento soledad. Y me siento mejor. Las palabras parece que me acompañan de alguna manera. Me dicen cosas, me alivian de una carga, me emocionan un poco. La mañana está un poco fría, un poco torcida en su monumento. La hora pasa y no hay mucho consuelo, no reside en ella la tranquilidad. Escribo quizás para sentirme bien y lo consigo de alguna manera, de una manera un poco transitoria, leve, moderadamente triste. Las cosas que me pasan, evidentemente, solo me pasan a mí. Pero hay gente en el mundo. Hay poco pan en algunos sitios del mundo. El dolor de vivir se reparte de muchas maneras. La compañía, ese deseo de hablar con otro, me hunde en la misma miseria que a otro solitario que ande como yo, por ahí, perdido en las calles, atorado en sí mismo, presa de un malentendido con la vida.

 Me levanto con esa sensación de soledad. Paco no me la quita. Es pensar los amigos que tengo y se me remueve algo en las tripas. Necesito hablar de mi libro una vez más. Hay un tipo que canturrea en la calle: papa para paraba papá. Y yo me fundo en la mañana mientras escribo esto. Estas mañanas de desolación leve me tensan el alma. Necesitaría una borrachera de vino mientras hablara de la revolución y de los escritores y de la prosa de Galdós y de mis intentos de crear algo sublime. Pero todo se aquieta y entumece en un rincón de mi alma. Me acuerdo mucho de los amigos que tuve haciendo la carrera. Ojalá volvieran. Ojalá un golpe de mar los devolviera a la orilla y charlar y charlar. La pena de ser un Robinson en la isla es que no aparece ningún Viernes. Ni este sábado maldito me da conversación. Maldita soledad. Penosa soledad.

viernes, 20 de marzo de 2026

 Ayer pasé yo un día de los que llamo "de ideas negativas". Todo lo que pensaba era basura mental hasta el punto de que, por la tarde, no aguantaba yo ver ancianos ni niños. Era casi algo físico, que se me colaba por dentro de mi cuerpo y aparecía por arriba, por mi mente, causándome mil males. Hoy no estoy igual que ayer. Menos mal. Los hombres y mujeres del mundo luchan con mil imprevistos: un embarazo, un despido del trabajo, una plaga de chinches en la cama, una bombilla que se apaga. La vida es una paloma tan extraña que ni vuela ni anda: solo está ahí alterándonos el día y, ya de paso, la vida entera. Un día malo en la vida puede ser una mala vida para siempre. Pero no nos pongamos dramáticos. A lo mejor la vida, tras una esquina, nos da un amor o una carcajada que nos distiende la mandíbula.

 Afortunadamente, yo tengo un padre de 95 años que no necesita cuidados apenas. Hay ancianos con miles de dolencias y son menores de edad al lado de mi padre. En este aspecto, tengo que dar gracias a Dios o al que esté al mando de estas cosas. Le voy a ver a la residencia y le veo fuerte, anda solo, tiene piernas poderosas. Ha pasado por un catarro muy belicoso, una diarrea y una depresión y ha salido de todos estos acontecimientos muy bien. Es mi padre muy duro. Ahora dice que quiere ir al pueblo pero debemos pensarlo bien. El caso es que mi padre siempre se lleva el gato al agua. Está esperando valoración para no sé qué cosa. La valoración de mi padre se hace nada más verle y que te diga los años que tiene.

 Deberíamos reírnos más de nuestra mísera existencia. A la gente por lo general le gusta la otra gente que tiene buen humor y lo exhala como el perfume de una flor. El buen humor, cuando es inteligente, brota de almas fuertes y corridas de la vida. Mi tío Francisco fue un hombre con mucho humor: lo que yo me reído con él. Decía: no me toques el culo que me despeinas. Y se sabía muchos chistes y dichos que aprendió en todos los sitios donde estuvo: Barcelona, Valladolid, Francia, Suiza, etcétera. Mi tía Isi, su mujer, también era humorística, como Francisco. El miércoles fui a verla a la residencia y me arrancó una carcajada. Se refirió a la residencia como a un feria de gente que pasaba. La vida, si no es con un poco de humor, es difícil tránsito. Riámonos de esa maldita procesión de horas que se pueden hacer imposibles de vivir. Riámonos del mundo en general. Riámonos de nuestra propia persona porque este mundo no es serio. Este mundo gasta bromas muy caras y dolorosas.