martes, 3 de marzo de 2026

 No soy yo aquel que decía prosas profanas. Yo ya señalo mi alma con un hierro candente. Yo espero que todo vuelva y no para bien. Corto mi trozo de pan y el pan está pendiente de que se pueda comer. Salgo por las tardes a dar un paseo y no dejo de pensar en el mal que me castiga cuando quiere. Las noches van marcando ese destino de otras noches amargas. Se repite el mal en mi casa, dura la triste cordura que se lastima contra las paredes de la habitación. No duerme la enfermedad ni un minuto. Está siempre conmigo y con mi hermano. La incoherencia, el delirio apunta otra vez al futuro desairado de la noche.

 Llueve. Detrás de los cristales, llueve y llueve. Bajo los pardos tejados. Se supone que esta llovizna que canta el poeta es un paisaje rural. El que está metido en casa mientras cae agua del cielo, está muy triste. Los días de lluvia han pasado. La tristeza se abre en esperanza de sol y cielos azules. Está ardiendo mi último leño en el hogar, dice el poeta. Se tendrá que ir de su casa este hombre. El que tiene la certeza de que su casa se agota y ha de irse, se encuentra en una tesitura amarga. Ha nacido allí, en un pueblo, y ya no le queda nada. Ha de irse y llueve. Soy muy pobre hoy, dice el poeta. A lo mejor es pobre en dos sentidos: es pobre de conocimiento humano. No tiene a nadie que le mate la soledad. Y es muy pobre económicamente. No sé qué será peor. La vida se ofusca en una casa, se vuelve traidora y da la espalda. Y mientras, llueve y llueve.

 Se hace camino al andar. Y camino es figura metafórica de lo que uno ha de pasar en la vida. Quizás pasar una enfermedad es un camino que algunos han de sufrir. La vida está llena de caminos que hay que recorrer para que lleguemos a una conclusión existencial. Estelas en la mar. Eso somos. Algo que desaparece pronto. Algo que surge y que después, se desvanece. Las aceras se llenan de historias que valen lo que vale una moneda tirada al aire. Los tiempos los marca un Dios que sabe de nuestra fragilidad. La verdad de la vida no admite que la engañemos. Es una verdad contra la que no podemos nada. Todo lo que ganemos, todo lo que subamos pronto habrá que bajarlo y perderlo. Pasemos buenos días al sol de primavera. Comamos bien. Y lo demás será añadidura.

lunes, 2 de marzo de 2026

Yo nunca tengo planes. Los planes están hechos para otros que tienen coche y no tienen una enfermedad mental. Yo, esta semana santa, no iré a ningún sitio a hacer turismo. Hay ciudades como Sevilla que, en semana santa, se llenan de gente que hace fotos. Y que mira, que mira para todos los lados, gente que mira y se ve a sí misma en otra gente que mira y así todo el rato. Y en Mérida pasa también que todas las personas miran. Y las procesiones pasan si no llueve. Y el tiempo pasa llueva o no llueva. Y otra semana santa abarrotada de gente que está en los mismos sitios oyendo trompetas sagradas y músicas que rompen el cielo de esas ciudades copadas por la muchedumbre. Y eso es la semana santa. Una aglomeración.

A todos nosotros se nos va a caer el tejado encima un día de estos, no tardando. Los años son como una ventana que tenemos abierta siempre y un día miramos por ella y vemos nuestra vejez en su marco, nuestros muchos años que ya han desfilado pronto. Y nos asustamos. Pero no debemos asustarnos mucho rato seguido si queremos que nuestra sangre siga fluyendo por nuestro cuerpo. La vida es eso: cuatro edades que debemos arrostrar como buenos ciudadanos. La paz sugiere que los estados de las naciones han trabajado bien durante estos años. Pero ya la paz se agrieta otra vez, se pone llena de miedo. Yo he vivido en paz toda mi vida. No sé a quién agradecérselo. Pero es muy bonito. Vivir en paz es muy bonito y montar en autobús y ver a tu padre y saber que el mundo es pequeño y fraternal.

Parece que se me agotan los temas de escritura, pero siempre me ha gustado escribir, con tema o sin él. Así que escribo. Como lo haría uno que trabaja en un periódico o como el escritor profesional que debe pergeñar otro episodio para su novela aunque sea de relleno. Y lo que escriba aquí será de la mañana y sus farolas quietas o del menesteroso que ha pasado la noche malamente. Charles Bukowski fue un hombre que escribió de sus propias experiencias. Yo también me baso en mi propia y barata experiencia. Me gustaría haberme levantado y haber ido, qué sé yo, a algún lado, a un instituto de secundaria inventado y haber dado clases no creadas aún por nadie. Me gustaría haberme levantado y tener un sitio adónde ir. Y si no, escribir esto que escribo tan económico, tan suelto y tan terrestre.

 Ayer estuve con mi padre hasta la hora de cenar en la residencia, a las 7 y media de la tarde. Mi padre ha sufrido una depresión. Hablé con él y traté de animarle mientras decía que se quería ir con su mujer y otras ideas de abandono como que ya no valía para nada. Vino el enfermero jefe y me confirmó lo de la depresión y dijo que mi padre está llevando un tratamiento. Así se me pasó la tarde de domingo, hablando con otros ancianos en una sala grande, comentando las noticias de televisión, etcétera. Una tarde echada con un familiar. Una tarde viva y entretenida.