El turismo se ha convertido en una especie de religión. La gente aprovecha cualquier fiesta para irse al extranjero, a un extranjero cada vez más exótico. Los turistas van a África, a Rusia, a Indonesia y a Japón. Viajar se ha convertido en una necesidad más de la clase trabajadora. Hay ofertas en las agencias de viajes que parecen de risa. Por poco dinero va uno a ver los fiordos noruegos o a Vietnam. Tengo un sobrino que ha estado en Tailandia 4 veces. El otro día, estando en Torrelodones, oí una conversación sobre Etiopía y Mali. Esos países acogen con variedad de distracciones a estos turistas de nueva ola que surgen como setas en Occidente. Parece que la gente ya no va a Roma o a París, esas ciudades se han quedado pequeñas. La gente se tira en un avión quizás 7 horas para ver algo que nadie ha visto antes y luego poderlo contar, claro.
EL PROFESOR
viernes, 23 de octubre de 2026
Manolo iba vestido bastante mal, ya que tenía tripa, serían los güisquis con hielo que le hacían engordar. Manolo iba al bar y solo hablaba con el camarero. Hablaba con él de turnos, del día y la noche, de lo que vio en la tele tarde, antes de irse a acostar. Manolo es un gran hombre que destila versos en su mollera de licenciado en Filosofía y Letras. Recuerda mucho las partidas de mus que echaba en el bar de la facultad. Recuerda mucho a las chicas con las que iba al césped a charlar saltándose la asignatura de Historia de la Lengua o de Dialectología. Manolo recuerda unos versos, unos ligeros versos como pajarillos atados a la muñeca. Y ya deja de hablar, de sentirse vivo, de estar en donde está.
Madrid les desataba la lengua. Se sentaban en una terraza cerca de la calzada por donde pasaban los coches y se liaban a hablar y a hablar de cosas que nunca habían hablado. Luego caminaban por una calle larga y ancha y sus ojos se fijaban en la gente y de sus ojos lo que miraban salía a la boca y seguían hablando. Andaba gente extranjera, quizás italiana, y había gente que vestía de cualquier manera y había gente también muy elegante, que sabía llevar un traje a cuestas. Y luego entraban en un restaurante y se pedían un bocadillo y todo eran comentarios que no tenían fin. Y el paseo por Madrid los había hecho como de algodón por dentro, como si fluyeran con la ciudad, como si las calles anchas y largas tuvieran un desagüe de palabras.
Me levanto, tomo café con leche, fumo un cigarro y desocupo mis tripas. Estas acciones me llevan más de cuarto de hora. Luego, me pongo a escribir aquí sobre cosas que me pasan o de observaciones de la vida en general. Ayer fui a Madrid, acabé una novela cuando vine de la capital y vi terminar una película sobre los horrores de la izquierda en la guerra civil. Parece que la ETA vuelve. Me acosté ayer y no me podía dormir, estaba yo un tanto excitado. La vida nos lleva a veces a estados de alerta. A estados en que nos sentimos amenazados pero sin saber mucho de la amenaza que nos amenaza. El mundo es un polvorín, bien se ve en las noticias. Y es también una serie de gentes públicas que no paran de insultarse. Menuda mierda.
jueves, 22 de octubre de 2026
Ayer tuvimos Paco y yo una pequeña discusión. Esta discusión la tenemos de vez en cuando. Se supone que cada uno tiene un misión en casa: yo cocino y Paco lava la ropa. En esta discusión algo quedó claro: yo no debo dejar caer los brazos en cuanto la comida. Debo esmerarme más pues últimamente no me esfuerzo demasiado. Yo no lo tomé a ofensa, sino que me di cuenta que mi hermano tiene razón. Ayer compré un repollo y patatas y filetes de pavo. Voy a hacer repollo rehogado y filetes. El otro día vi a Manolo por la calle. Iba musitando versos. Le saludé. No me hizo caso. Iba absorto en sus poesías. Al otro día era el día de Navidad. Manolo salía del centro comercial y soñaba con su güisqui y sus versos. No paró en el bar. Manolo era el ser más solitario que conozco.
Ayer vi un gran acto de generosidad. Un amigo mío invitó en el bar a todos los que estaban allí, a mí incluido. Le salió la invitación por 20 euros. Al otro extremo de la barra estaba Manolo, el segurata, como le llaman. Estaba sorbiendo de su güisqui con hielos y hablando un poco con el camarero. Dentro de dos días, era nochebuena. Se habló de la navidad y quedó esta un tanto deslucida en los comentarios. Hubo un momento en que Manolo se abstuvo de hablar y posó sus tristes ojos en la calle. La calle pareció inspirarle. Empezó a musitar. Manolo no es de amigos. Por lo poco que le conozco, es más amigo de la poesía que de la gente. Estaba recitando. Manolo recitaba. La navidad exhibía su frío fuera del bar. Manolo aprendió en la carrera sonetos que recita como el que reza. El camarero nos dijo que Manolo decía muchas palabras antiguas cuando se ponía así. A eso de las tres, le esperaba el centro comercial. La navidad tiene algo bonito: remueve el corazón a un ritmo inusual para esta maldita época.