lunes, 4 de mayo de 2026

 El vendedor de perritos en Nueva York se gana la vida. En Alaska, cazan ratas para dar de comer a los perros de tiro. En Madrid capital, los taxistas hacen recorridos cortos las más de las veces para llenar lo que los taxistas dan en llamar la hoja. Los niños autistas no hablan, no dicen esta boca es mía. Dan un poco de pena y desesperación. Los de mi pueblo se levantan pronto para trabajar y ganarse la vida, también, como los de los perritos de Nueva York. Todo es un poco lo mismo, todo es para ganar dinero, ese señor de los anillos desde la época de los fenicios. El dinero no se puede comer, dijeron los indios de las llanuras del middle west a los rostros pálidos. Ojalá no se cumpla la profecía. Para profecía la de Einstein, que dijo que la IV guerra mundial iba a ser con palos y piedras. El dinero recorre el mundo como un día lo recorrió el comunismo.

 Apenas un atisbo de grandeza es lo que siento yo por toda la fantasía desplegada estos tiempos de atrás. La luz no acierta a alumbrar tantas horas dedicadas a la invención. Unos renglones tibios, doloridos, que no llegan al gran público. Walt Disney sí llenó el mundo de dibujos. Sí hizo que las historias se distribuyeran por el mundo. Nos ponemos la camisa antigua de los escritos y vamos buceando en personajes creados un día y ese mismo día muertos en las tripas del ordenador. Dejamos que algún cara dura lea nuestras historias y se elevan un poco pero sin la fuerza de lo universal. Yo ya no sé qué hacer con estas parturientas voces de mi literatura. No sé qué hacer, si valen algo.

Las noches de autopista envejecen el dolor. Arrancamos de día y surgimos también de la noche sin la luz de la aurora. Es pronto para decir que estamos derrotados, que no vivimos nada de la mañana ni de la tarde. Otros habrían abandonado la pizarra mucho antes, antes de que la humillación hiciese llorar en los pasillos, tantos pasillos. La vida fue ir y venir del pueblo, ese pueblo que besa ya la lona en nuestros días. Haz bien y no mires a quién, decía mi padre, ya nonagenario. La playa espera un carambola, un azar preciso, un coche y un conductor. Pero es la luna la que rige las noches, la claridad de las noches ineludiblemente, tajantemente. Oigo el ladrido de los relojes muy lejos, demasiado lejos.

domingo, 3 de mayo de 2026

 El mundo de las letras, como todos los mundos, se llena a veces de chupópteros a los que dan premios literarios por toda su obra escrita y su obra escrita no vale un pimiento. Pero bueno. Se trata de ir rellenando renglones, de revisar los escritos, de ver qué bueno o malo escribí yo hace tiempo. Y nunca gané un premio. Ni el del ayuntamiento de Valdepeñas. Yo vivo bien sin premios. Ya tengo un premio que es mi pensión. Mi pensión por haber aguantado en la enseñanza. Otros por menos se han muerto. La vida te va dando premios y castigos, aunque no merezcas ni unos ni otros. La vida es descabellada, llena de huesos duros, altanera, fría como un témpano, dolorosa y vivaz.

"Una habitación con vistas" es una película que, en mis años de universitario, me hizo sentir especial. La vimos en el paraninfo de la universidad. Fue algo apoteósico que me recorrió todo el alma. Está basada en un libro del mismo título. Lástima que hoy en día no haya bichitos como había en aquel entonces. Lástima de veranos que se eternizan. Lástima de contaminación con efecto invernadero. Las capas azules están sucias. Millones de desplazamientos de coches de combustión tapan el azul, lo llenan de un hollín muy denso, lo pringan todo de una ceniza fea y asquerosa, sucia, indeseada. Pero bueno. La vida continúa. Algún día habrá remedio para toda esa masa de nubes negras que suben al cielo.


sábado, 2 de mayo de 2026

 María, la mujer que se ha arrejuntado con mi sobrino, le llama, precisamente, Carlitos. Y eso me llena de ternura y emoción. Pues para la familia, mi sobrino ha sido siempre Carlitos. Así, en diminutivo. Es como si dijéramos: me he comprado un cochecito. ¿Es que el coche que se ha comprado ese menda es pequeño? No. Es que el diminutivo está cargado de cualidades afectivas. Los diminutivos, en español, y creo que en otras lenguas, es de suponer, tienen una carga afectiva grande. Así que mi sobrina política llama a mi sobrino, Carlitos. Y Carlitos será siempre Carlitos, por muy grande que sea. Pero su hijo, a lo mejor se convierte en Angelote o Gelote, aún siendo pequeño todavía. Y ese es el truco de los diminutivos y los aumentativos en español, que de lo pequeño hacen grande y de lo grande, pequeño. O afectivo y enternecedor.

 La mañana se logra levantándose uno pronto, recibiendo en el cuerpo los rayos de la madrugada. La mañana se alcanza si uno despierta al fulgor del día que nace, no metido en la cama torturando al colchón, pobrecito. La primera ráfaga de sol que anuncia la jornada es fundamental para sentirse bien todo el día. Hay que madrugar y hacer inspiraciones grandes de aire, que entren en los pulmones grandes dosis de O2, de oxígeno lento. Y no fumar. Y no hartarse uno de magdalenas pringadas en el café con leche. Y decir al que está a tu lado, si es que no vives solo: merece la pena saludar al día que nace justo cuando nace. Y el otro dirá: ya, ya. Y empezará el día de este modo tan tonto y así todo el día, recibiendo la luz del sol, comiéndose uno a sí mismo como si fuera uno un caníbal atroz y vehemente. Como dice la canción: estoy perdido en un bar, ¿dónde estás, maldita?