viernes, 3 de julio de 2026

 Andar calmadamente por las calles, mirar al frente o a los lados. Admirar a algún ángel que ha bajado del cielo en tempranas horas. Asistir al bullicio de la gente. Tomar un café no muy cargado. Y volver a casa con la cabeza llena de soledad mañanera. La calle no da mucho. Solo caras insomnes, cuarteadas por la sombra, adormiladas y tristes. Son las horas de antes de ir a comer. Son las horas indefinidas de andar por las aceras como quien anda por una rueda maldita, por el indefinido arte de no ser notado, por la manía de mirar rostros que no dicen nada. Es la soledad en infinitas maneras conformada. Es un paseo de piernas torpes, de oídos inflamados, de ojos amenazados por el incógnito más violento.

 Ya dije que la vida me gusta bastante poco pero he de vivir, qué duda cabe. Los amontonamientos de cosas iguales van a dar a un rincón de mi existencia, a un derrumbe de castillos anónimos, al brillo de un lucero consuetudinario. Los amarillos de sol cada mañana no dan de sí mucho más que lo vivido ayer. Las lunas ya acercan al cielo cuando ya es de noche. Y los acentos que giran tras las palabras ya son consejos que para nada valen. Los atormentados signos de la vida diaria solo valen para decir que el mundo es el mismo, aunque yo lo mire con admiración de lo creado. Es así. La vida toma el camino más recto hacia donde hay nada.

 Conozco enfermos mentales que no se deprimen, a los que da igual dormir cinco horas que diez, que viajan al extranjero sin ningún problema, que no han ingresado nunca en el hospital, etcétera. No parecen a mis ojos unos enfermos como Paco ni como yo. Yo pienso que esta gente tiene una enfermedad leve, eso que llaman TDH o algo así, fácil de tratar, que solo se caracteriza por tener algunos nervios o alguna forma de no poder concentrarse profundamente en lo que hacen. Son gente que tiene tics, que se confunde al hablar o que, simplemente, hace un montón de cosas que nunca acaban. No los considero yo enfermos mentales sino gente que se cree que lo es.

 Se sufre el doble. Si no vas de vacaciones, te fastidias y luego, encima, cuando seas viejo, te arrepentirás de no haber ido de vacaciones. Es lo que hay. Todo el mundo ha de buscar la manera de eso que llaman desconectar. Todo el mundo debe irse de donde vive y vivir un poco a lo loco unos días de desconexión de la vida diaria. El que no pueda hacer esto es un pringado, un paria, un demodé. La gente se va a la playa aunque casi no tenga asegurada la manutención. Hay también turismo religioso, a ver a la virgen a Lourdes o a ese sitio nuevo llamado Mendjugore. Todo el mundo huye del día a día, de la opresión diaria. Luego, encima, te lo cuenta.

jueves, 2 de julio de 2026

 Hoy hace viento, fenómeno atmosférico que no tenía lugar los veranos anteriores. El rumor de las hojas de los árboles trae una novedad sutil en estos días calurosos. La pena de quedarse en tierra se puede subsanar leyendo o escribiendo, como hago aquí. La vida no ofrece mucho. Es cicatera con los acontecimientos. Pero poco a poco, quizás salgamos de la cueva por unos días para ver yerba, ríos, montes, plantas aromáticas y algún animal salvaje. La luna llena alumbra las noches para volverlas de plata. El sol, ese inmenso dios de fuego nos permite la existencia, la respiración y el objetivo último del ser humano: sobrevivir.

 ¿Quién no tiene en la vida un impedimento, una espinita clavada, un resquemor, unos celos, una falta de autoridad, un deseo que no se cumple, etcétera, etcétera? La vida no es redonda como un balón sino que tiene muchas aristas picudas y asquerosas. La vida se va tornando difícil y llena de obstáculos con el tiempo. La edad, esa edad que ya está aquí nos impide salir de nosotros mismos, hacer cosas grandiosas por nuestro propio bien. Acobardamos y nos conformamos con el día a día que es como el agua de grifo, no como la corriente pura de un río, no como los otros cielos que nos esperan infinitamente, innecesariamente. Y nos convertimos en esos hombres y mujeres deseosos, anhelantes de cosas nuevas que nunca llegan.

 Hay una manera de desconectar de tu medio habitual que es viajando, largarte a otro lugar. Descansar está bien pero yo no trabajo, no desconecto de ningún trabajo. Estaría bien planear unos días más o menos lejos de casa, en algún hotel bonito a la montaña. La playa está demasiado lejos, podríamos ir en tren. Pero el tren, como todo el mundo sabe, falla. Podríamos ir en avión. Podríamos, podríamos que nunca lo hacemos. Cuando yo fui a las islas Canarias, toda la organización la llevó mi exnovia. No sé si sabría hacer yo unos preparativos como para ir de vacaciones.