El cielo azul indiviso. Lejanías que arden. Montones de aquí. Las fluidas nubecillas madrileñas. El mar resuelto en kilómetros de carretera. El pájaro que rompe la intemperie de mi vida. Los defectos que salen de mi persona hacia la luz: cobardía. Una enfermedad aviesa. La luna sale rota por un costado blanco. Qué lejos abren sus venas los locos. Madrid, esa locura de azoteas y psiquiátricos con las paredes verdes. Yo no amo las calles, yo no sé qué son las aceras vendidas a las pisadas. Los autobuses vienen y van, vienen y van. Comer judías blancas es mi aspiración hoy. El mar, la mar: ese coloso difícil de ver.
EL PROFESOR
jueves, 28 de mayo de 2026
Me parece que de Madrid a Albacete hay unos 200 kilómetros. Allí paraba el autobús que llevaba a la costa. Me fumaba un cigarrillo y luego, otros cuantos kilómetros para llegar al pueblo donde mi novia y yo pasábamos las vacaciones. Era un itinerario que no sé si podría yo hacer solo. Me da mucho miedo pensarlo. Y cansancio. Conozco una de la asociación que se hacía este recorrido varias veces en los meses de julio y agosto. La arenilla se colaba por los zocos de tiendas y los patios de los apartamentos. El agua de mar estaba todo el rato venga sonar: plas, plas, plas. Y los castillos de arena se hacían con el cubo y la pala. Y con las manos mojadas.
Este es uno que iba por la calle y de repente perdió la imaginación. Entonces dejó de creerse humano y se creyó perro y ladró. Y dejó de imaginarse el mes de agosto y todo el mundo de vacaciones y los autobuses que pasaban por Albacete camino de la playa y los castillos de arena y la arena misma y el mar entero. Y por no imaginar, no se imaginó a sí mismo andando por la ciudad y dejó de ser un hombre o quizás, una mujer, con identidad propia. Y ya no era nadie en su propio cerebro, era un ente gris, inanimado y dependiente de una forma expresiva tonta: era un hombre o una mujer que no sabía si era o no era, si iba o venía, si sabría que es un lunes o un sábado, si la luna ya no era luna, etcétera.
miércoles, 27 de mayo de 2026
Meteorológicamente, el ambiente ya es de verano, un verano fuerte de sol y calor. Por las chorreras del cielo bajan muchos grados de infierno. De 3 a 6 no hay quién ande por las calles. La ciudad es un desierto, a esas horas, lleno de esquinas y de plazas desoladas y de rosas aceitosas y marchitas. Del cielo no vienen más que torrentes de claridad calurosa. La pena es que todavía nos quedan tres meses así. A ver si sobrevivimos o dejamos el pellejo entre estas condiciones adversas. La vida se desarrolla lenta, las citas médicas se dan a partir de las 7 de la tarde, nada funciona con corrección inglesa o francesa. La gente muere por el calor. La vida se vuelve difícil. No sé si esta tarde iré a andar, no sé nada, nada más que hace calor, mucho calor.
Este era un hombre, o quizás una mujer, que tenía un hueco grande en el estómago. No se llenaba con bizcochos o coliflor hervida o un filete de ternera. Era un hueco existencial, era un hueco de aviso: no te creas nadie especial, le decía ese hueco grande en el estómago. Y ese hombre, o quizás, una mujer iba con ese aire libre del estómago a todos los lados. Iba a la compra y a sus vecinos, iba a sus hijos y a sus padres, ya mayores. Iba a la playa a disfrutar pero por las tardes, a la hora de la siesta, ese hueco informe y difuso le o la avisaba de que quizás estaba de más en la Tierra, de que este mundo le había escupido del seno de una madre y luego tenía que vivir, aunque fuera a regañadientes. Ese hueco en medio de la tripa le, la iba diciendo que inevitablemente iba a cumplir años, que la vida no es guasa, que el estómago era la señal de que vivía. Mal, pero vivía.
Tengo un hormiguillo en el estómago que me produce cierta ansiedad y duda ante la vida. Creo que ese hormiguillo es común a la gente de mi especie. Ningún homo sapiens está seguro en la vida, no puede decir: estoy perfecto en mi vida, no necesito nada ni nadie para ser feliz. La infelicidad está a la vuelta de la esquina. Ningún ser humano, que yo sepa, aunque esté lleno de millones de dólares o de euros, puede decir: sé la clave del buen vivir, sé cómo se vive en la Tierra. Todos tenemos un hormiguillo, una desazón, un nerviosismo propio de nuestra especie. Todo el mundo padece de unas cosquillas feas que se nos instalan en la cabeza o en el estómago y nos dicen: no estás aquí a gusto, no puedes decir que dominas tu vida, no sabes, aunque te rías en una foto, qué te pueda pasar al siguiente minuto de tu vida.
El que escribe poesía sabe que el ritmo de los versos es esencial, que la vida que habita en un poema debe ser clara y expresiva. Las condiciones para que un ejercicio poético sea bueno es la música que hay en las palabras. Las palabras tienen su música. La esencia de una palabra es decir ampliamente lo que significa, que esté esa palabra en un sitio desde el que diga todo lo posible, que signifique todo su potencial semántico. La palabra se alía con el poeta de modo que la palabra exprese su fuerza comunicativa a tope. Así, una palabra tan simple como "flor" puede ser un huracán expresivo en manos de un Bob Dylan o un Juan Ramón Jiménez, ambos premio Nobel de literatura. Y es que la palabra dura más si está bien colocada en el discurso poético.