Si pierdo 400 euros, pierdo dinero. Si pierdo tiempo, pierdo un rato de mi vida pero si pierdo la tranquilidad, pierdo la paz en mi interior. El prólogo de "La Celestina" dice que en la calle todo es guerra, cristales rotos, aceras hostiles. Por la ciudad ya corre el aire de manera abundante. La distancia entre los viandantes es llamativa, descorazonadora y triste. La gente que habita las aceras anda lejos, anda torpe porque no ha aprovechado la oferta turística a tiempo. Luego vienen las noticias que dicen lo que ha ganado Málaga con el turismo. Ha ganado, probablemente, un cinco por ciento más que el año anterior. Han visitado Málaga un millón de gentes. La vida se refugia en una tienda de ropa o en un bar vacío y oloroso a vino. Yo ando por la ciudad y no veo a nadie ni nadie me ve a mí.
EL PROFESOR
miércoles, 25 de marzo de 2026
Escribo. Y después de escribir un rollo de estos, voy al grifo de la cocina de donde sale agua y bebo, bebo mucha agua. Para quitarme los nervios, para matar un gusano verde y asqueroso que trepa por mi estómago a las tripas inmisericordes. Y sigo escribiendo como lo haría Bukowski o como lo haría un Azorín borracho y barriobajero. Y luego de escribir estos rollos voy a la calle y las conversaciones de la gente tienen eco, un eco descorazonador porque en la ciudad ya hay más aire que gente, más atmósfera que ciudadanos. Porque todos, hasta el más pobre, han salido de la ciudad, han cogido una oferta turística de menú diario y se han ido a la playa, a la montaña, qué sé yo dónde han ido. Y la ciudad se queda tranquila, nerviosamente tranquila.
En una revista del corazón aparece un tipo, actor de comedias, que dice que no teme a la muerte, que cree que la muerte es un ciclo natural en la vida humana. No se tiene miedo a la muerte, claro está. Yo tampoco la temo. Pero hay que vivir la vejez, que es muy dura. Y en este mundo de lobos o de circunstancias adversas que se renuevan todos los días, hay que saber vivir. Hay que sobrevivir, mejor dicho. Y para eso yo creo que no existe un arma más poderosa que el dinero. El amarillo dinero que está de continuo enamorado. Yo llevo unos días que estoy con ansiedad, estoy rumiando internamente una desolación, la desolación de un quimera fea, anárquica y brutal.
Un amigo mío trabaja de personal de sala en un museo de Cuatro Vientos. Creo que solo tiene que vigilar un poco. Se levanta a las 7 de la mañana y regresa a su casa a las 4 de la tarde. Yo me levanto y escribo estas líneas según va avanzando poco a poco, la mañana. La mañana es como un jarrón de agua cristalina que se derrama sobre la noche que ha pasado en tinieblas puras. El comodín de la llamada a mi cuñado me ha dicho que la mañana es la parte del día que más daño hace a la pupila, la llena de luz inmensa y clara como un incendio de blanca consumición. La mañana no tiene perdón, te instala en el mundo de manera forzada y violenta, como un violador empecinado. El día comienza en la mañana, asesina a la noche de un duro golpe (la aurora) y luego sigue y sigue matando oscuridad.
Ayer estuvimos hablando con Luis, un hombre de 72 años, enfermo mental. Nos contó cosas curiosas como su periplo por iglesias o su separación. Estuvimos un gran rato con él. Hoy nos traen a casa el sofá. Esperemos que orégano sea y no alcaravea. En El Escorial, la gente se levanta de la cama tarde, muy tarde. Porque lo que hay que hacer se hace a eso de la una. En Majadahonda ya se nota la huida de todo lo común ordinario. La gente se pira, vampira. Ayer también estuvimos con un amigo tomando algo. Charlamos de una conferencia que va a dar Enrique Rojas Marcos al módico precio de 150 euros. Durará toda la mañana. Yo le dije a ese amigo que no fuera, que se gastara ese dinero en 10 menús de 15 euros. No sé ya qué es la mañana, la rompo en trizas baratas y me las como. La vida está, hace tiempo, en otras gentes, en otros sitios.