El ser humano, hace más de 2000 años, antes de que naciera Jesucristo, ya buscó la manera de medir las cosas. Y midió la Tierra y la distancia de la Tierra al sol y a la luna. Midió como pudo la extensión de los ríos, etcétera. Con esas mediciones y una medida que en cada civilización fue distinta, levantó pirámides y templos. El ser humano, por boca de un filósofo antiguo, dijo que el hombre es la medida de todas las cosas. Y es así. El hombre sabe medir las cosas, así que el hombre es el que inventó la medida. Y nos enfrentamos a la idea de si el universo es mensurable. Si se está expandiendo todo el rato, no debe ser mensurable y no tiene medida alguna. Si es finito y acabado, el universo, algún día, será medido. Mientras, una barra de platino guardada en no sé qué museo de Francia, marca la medida más usada hoy en día: el metro.
EL PROFESOR
martes, 6 de octubre de 2026
Los sentidos del ser humano son muy difíciles de explicar por la ciencia. El sonido, la vista, el tacto, el olor, el sabor de la cosas... ¿de dónde vienen? Los órganos que tenemos parece que crean todo eso. La piedra es dura porque tenemos tacto. El sabor salado no se debe a la sal sino a unas fibras nerviosas que tenemos en la lengua que captan esa salinidad de los alimentos. Captamos el movimiento no por el movimiento en sí, sino porque los ojos focalizan ese movimiento de las cosas y lo transmiten al cerebro. O sea, que hay una afinidad entre las cosas que hay en el mundo y nuestros sentidos. Nos podríamos preguntar: ¿qué es ver y oír y tocar? Pues no lo sabemos muy bien. Sabemos que es el cerebro el que traduce las cosas que percibe, por ejemplo, el oído, pero no sabemos muy bien por qué está este sistema de esa manera. Los filósofos se preguntaron por esta cuestión pero nadie todavía la ha aclarado ni la aclarará jamás pues los sentidos forman parte del misterio de la creación del ser humano.
Había un niño que, cuando le explicaron, muy someramente, cómo funcionaba el ojo humano, se obsesionó con él y quiso saber más y más sobre el mismo. Y así, estudió todos los órganos y mecanismos que producían la visión en el ser humano. Dibujó él mismo la retina, la córnea, el cristalino, la pupila, el nervio óptico. Llegó, claro, a ser oftalmólogo y siguió estudiando y estudiando. Y soñó con que un ojo humano pudiera ser trasplantado. Se aficionó a la fotografía, que imita al ojo humano. Dio muchas vueltas a la inversión de la imagen que hace el ojo cuando llega al cerebro, como si fuera un espejo. Dibujó tanto el ojo humano, que sus dibujos fueron estudiados tiempo después. Estudió los defectos de los ojos de los ciegos. Fue el Ramón y Cajal del ojo humano. Pero todavía la ciencia no estaba tan desarrollada como para llegar al trasplante. Un ternero nació ciego una vez y este hombre lo intentó pero no salió bien. Se murió con la idea de que algún ciego pudiera ver.
Ahora, por la mañana, hay muchas películas en la televisión del salvaje oeste. No me pongo a ver alguna porque me aburren. Luego, están las tertulias políticas, que hablan de lo que ya sabemos y lo repiten hasta la saciedad. Otras cosas que hay en la tele ahora son de gente que vive a 30 bajo cero y tiene que hacerse una cabaña o matar un oso. No hay nada cultural o literario en la tele. Podrían comentar algún libro actual, podrían algunos expertos comentar cosas de cultura, podrían hablar de algún escritor de nuestros días, podrían exponer problemas de nuestra sociedad para que los entendiéramos. Pero no hacen nada de eso. Y sí hay papagayos de un partido o de otro porque vivimos en una partidocracia, no en una democracia.
lunes, 5 de octubre de 2026
Me he adaptado a ver películas españolas en un canal de televisión de cuyo nombre no recuerdo ni quiero recordar. Una película de esas iba de un cura y un obispo que van haciendo cosas disparatas. Otra que vi, que me gustó más, era de un farsante que hablaba de que los extraterrestres iban a contactar con el ser humano. Y engaña a un chaval que también está obsesionado con ese tema de los platillos volantes. Se llamaba la peli, precisamente, "Platillos volantes" y está interpretada por ese que hacía de Pepe Gotera en una serie que caló hondo en el público hace tiempo. Me gustó verla. Al final, el chaval ve la farsa de ese tipo y deja de creer en esas cosas y se casa y se compra un piso con una carnicera en San Martín de Besós o algún barrio de Barcelona.
Ayer pensé que la tecnología avanzara de tal modo que fuera posible un trasplante de ojos, de los dos ojos. Un trasplante total de ojos. El nervio óptico debe de ser muy difícil de tratar. Todo el sistema de la vista es muy complejo. Pero yo me imaginé un futuro en el que el que naciera ciego, pudiera ver gracias a una donación de los dos ojos por completo. Y digo que yo no entiendo mucho de cómo funciona la vista, cómo funciona el ojo humano. Muy poca gente en el mundo, creo, sabe cómo funciona el ojo humano. A lo mejor solo el 4 por ciento de la población mundial sabe cómo funciona el ojo humano. Pero yo pensé ayer que un ciego pudiera ver con un trasplante de ojos, de los dos ojos. O quizás solo con el trasplante de un ojo.
Estoy harto de poner en este blog: la vida tal, la vida cual. No se me ocurre mejor cosa que escribir. Pero hablaré de literatura un poco. Yo me leí la obra de Benjamin Black en la que una chica es encontrada en el mar con un signo en el cuello de ahogamiento. El culpable es su propio marido, pero en la novela no se le arresta ni se le juzga ni nada. Lo que más me gustó de esta novela son los diálogos. Unos diálogos preciosos en los que, mientras hablan los personajes, se dan detalles de los olores de una taberna, de la calle barrida por la lluvia, del salitre del mar, del olor de un licor en una habitación, etc. Parece que lo estás viviendo con esa llamada a los sentidos que parece que nunca se acaba. También leí otra novela de este autor que iba de uno que sale de la cárcel pero no me gustó tanto como la de la ahogada en el mar.