Ahora, después de escribir esto, voy al ambulatorio a pedir cita para ver a la médica de cabecera. Los médicos de cabecera o de familia están saturados, eso dicen. Pero luego, yo los veo corretear por los pasillos del ambulatorio. Ahora te atiendo, dicen y se van riendo con otra médica a un lugar. Luego vienen de ese lugar y te atienden pero te dicen que eso que tengo no es nada, que se cura solo, sin hacerte ningún reconocimiento. Voy a pedir cita para que me actualicen los medicamentos y a hablarle de mi cadera pero me volverá a decir que no tengo nada, que se cura solo. Y es que los médicos de familia tienen muchos pacientes, todos muy malos, muy malos.
EL PROFESOR
miércoles, 25 de febrero de 2026
Cuando uno se junta con gente conocida, sabe de lo qué hablar. Si la madre de ese conocido está mala, preguntas por ella y ya empieza una conversación. Porque tú hablas luego de tu padre o de tu madre que también estuvieron malos o ya murieron pero que tuvieron también achaques parecidos. Luego hablas del tiempo porque el tiempo afecta a la madre mala, las primaveras la trastornan porque es una enferma mental con trastorno bipolar y le entran depresiones en estas épocas del año. Luego quizás hables de lo caro que está todo y lo prohibitivo que se ha vuelto sentarse en una terraza pues el de la madre mala se sentó en una con sus hermanos y fue un dineral los refrescos y la cerveza. Luego hablas de que hoy comemos, mañana quizás estemos en un nicho para la eternidad. Y ahí se acaba pronto la conversación al mentar a la vieja, que concluye con la condición mortal que tenemos todos. Y una mosca sobrevuela nuestras cabezas y ya nos despedimos.
Un galgo muy largo y fuerte esperaba a la puerta del hotel. El dueño estaba haciendo gestiones dentro para ver si dejaban pasar al galgo a la habitación. Las normas del hotel eran estrictas: nada de animales en el hotel. EL hombre cogió al galgo y se fue echando pestes de la dirección del hospedaje. Se fue a otro hotel más allá y le dijeron lo mismo. Entonces usó el móvil y buscó hoteles que admitieran animales y encontró uno en una barriada de la capital a la que habría que ir en taxi. El taxista no puso pegas a subir al galgo. Llegaron al hotel. En ese hotel, había loros, tortugas muy grandes y otros perros. Un perro de esos se enfrentó al galgo y le agredió, le mordió. Hubo una discusión entre amos de perros. Llegó el veterinario del hotel. Dictaminó: los huéspedes humanos deberían irse de ese hotel y que se quedaran solo los animales. Los seres humanos estaban estresando a los animales del hotel. El dueño del galgo tuvo que alojarse en un hotel cercano y dejar al galgo allí.
Creo que al fin se me está yendo el plomo de la pierna, se me quita la lesión de la cadera. He pasado días muy malos en que los caminos se me hacían muy largos. Con esto de la cadera, he probado la medicina privada y no está mal. El sol luce aunque dijeran que este miércoles venía con lluvia. Tengo que rematar la novela con un final un poco más arreglado y ya la mando a imprimir. Son las 9:50. Voy a beber agua y a fumar. La mañana fresca de febrero fabrica luces que se pegan a las prendas de abrigo, a las caras somnolientas y a las puertas del supermercado, donde tienen lugar restricciones económicas graves. Está todo muy caro, dice la gente. No hacen falta carritos para hacer la escueta compra diaria.
martes, 24 de febrero de 2026
Las farolas tibias, las farolas que alumbran poco no cumplen con su labor social que es denunciar la delincuencia nocturna. Si un parque es anémicamente iluminado, las tropelías no se ven disuadidas a cumplirse. Yo quiero que la plaza que está al lado de mi casa esté lumínicamente fuerte, que por la noche parezca de día. No como está ahora, en las que las sombras, las sombras del mal amparan a los porreros y delincuentes. Luego, por la mañana, se ven rastros de sangre sin limpiar. Algo ha pasado. Tengo que fregar las tres sartenes que me ayudan en la cocina. Así que dejo el tema este de la iluminación de sitios públicos y me dedico a mi privacidad más apremiante.
De las estúpidas imágenes que salen en la tv: políticos, periodistas, noticias repetidas hasta la saciedad, etcétera, apareció una que merecía la pena. Eran unos señores en una terracita de frente al mar. El corazón mío se pegó a esa imagen como el agua se pega a la arena. Era el mundo ideal. Un refresco y al fondo, el mar. No me conviene fomentar en mi alma ese deseo de ver y sentir el mar pues, a lo mejor, no voy en todo el año a verlo. Pero esa imagen, igual que la que construí yo en este blog de un hombre que sale a la terraza de un piso 12 a tomar un vino blanco y se ve el mar al fondo, me puede mucho. El mar. No digas más. No hay otra cosa más poderosa en el mundo que esa masa azul hermana del cielo.
Salen del hormiguero las hormigas exploradoras, que existen de verdad. Miran a ver si hay comida en la inmediaciones del mismo, si hay peligros. Y si no regresan a casa, será mala señal: alguien las habrá pisado o algún animal se las ha comido, con lo cual hay que mandar otra u otras hormigas exploradoras al todavía duro aire de febrero. La reina no está todavía hasta abril, cuando es fecundada y pone unos huevos blancos, translúcidos, unas larvas que se transportarán a otro hormiguero nuevo. Esto lo he leído en "La vida de las hormigas", no recuerdo el nombre del autor. Es fascinante este mundo. Podríamos aprender mucho de las sociedades que forman estos animales. Hay hormigas obreras, hormigas guerreras y hay batallas de hormigas de vez en cuando. Y luego está la reina.