sábado, 14 de febrero de 2026

 La ciudad tiene sus rincones alumbrados por la experiencia mía mortal. El paso de la gente desconocida, aquellos que andan probando sustancias, otros que hablan conmigo, los ancianos, los niños gritones, los que compran en el supermercado, los que visitan el cementerio, los que se aman en un banco, uno encima del otro, los que beben cerveza sin parar, los que mendigan un euro. Todos están ahí para que yo los mire y me haga una idea del universo. Dice mi hermano que otros lo están pasando peor que nosotros. Hoy hay muchas cenas programadas por esto de San Valentín. Hoy la gente del parque muge de alegría. Hoy, después de comer, me daré un paseo o no.

Tengo una amistad que me ha hablado mal de otra persona. Y resulta que esta amistad hace lo mismo conmigo. La gente no se analiza por dentro, no juzga sus acciones y los sentimientos que provoca en los demás. Se creen algunas personas que otras personas les hacen daño pero no ven que ellas hacen el mismo daño. Esta amistad de la que hablo tiene un carácter difícil pues tiene muchos problemas. Pero todos tenemos problemas. A esta amistad le gusta la soledad. Y habla mal de los demás porque le sobran los demás. Pero cuando ha necesitado ayuda, bien que me ha llamado y ha roto su soledad. Y encima se da el lujo de criticar a los demás sin saber que ella hace mal como los demás.

 Hay que fabricar la alegría, ya que la alegría no se hace presente. Con la imaginación se puede estar en todas partes. Y el recuerdo ayuda a la imaginación a que momentos vividos antes, vuelvan. Como ese río que bajaba por debajo del puente y ese camino que conducía a la ermita. Como ese parque dormido de la ciudad de provincias. La imaginación va trazando momentos de felicidad ayudada por la rememoración de la bonita tarde de julio. El paseo tranquilo va desechando el decorado de la habitación que habito. El trayecto de la felicidad viene en el recuerdo, aunque este sea ya antiguo. Hay perezosos paisajes que habitan en la mente y esperan a que los despereces inocentemente, tontamente en tu corazón.

Un fresco sabor a agua se le quedó en los labios después de beber. Luego, fumó un cigarrillo pero el sabor del agua pervivió en su boca. Se duchó con agua fría, se vistió y escribió. Escribió tibiamente el dolor de vivir, las medias lunas de la noche, el afán por ser útil, el lamento de la soledad en medio de la ciudad. No sabía que la vida iría a peor desde ese tiempo en que se iba haciendo viejo. La vida mala le perseguiría de allí en adelante. Ya no iba al pueblo donde nació. Ya no disfrutaba de placeres de los que disfrutó. Ya no fue a la playa nunca más. Empezó a desear acostarse pronto para que el día muriera con él en la cama. Ya no había ni un hueco pequeño en el mundo para su pobre existencia. No sabía de famosos, de escritores, del mundo que otros sí sentían. La mañana se le fue estando en casa, escribiendo y la tarde se le fue también en casa, olvidando lo que era en este planeta loco, disforme y desordenado.

 Se compró una báscula y se pesaba varias veces al día comprobando que perdía peso a marchas forzadas. Pensó que tenía una enfermedad relacionada con el hecho de fumar. Un cáncer, pensó, que le estaba royendo el cuerpo por dentro. Había perdido 3 kilos en tres días y la tendencia seguía. ¿Para qué se había comprado la báscula? Si no se la hubiera comprado, no habría asistido a este fenómeno que tanto miedo le estaba provocando. Y es que iba a kilo perdido por día. ¿Se podría presentar en el hospital y decir simplemente que estaba perdiendo peso? No sabía ya qué pensar cuando por las mañanas se pesaba y el número luminoso de la báscula fijaba: 82, 2. Hacía solo una semana, pesaba 86 kilos. Todo le daba vueltas en la cabeza y pensaba que algo formidable y temible le estaba ocurriendo en el cuerpo. Pensó en un libro de Patrik Suskind que se titulaba "La paloma". Una simple paloma que se cuela en la casa de un funcionario hace que la vida de este vaya al desastre. En su caso, no había paloma. Lo que había era una báscula.

viernes, 13 de febrero de 2026

 Me he levantado y no me siento bien. Estoy confuso y dormido y desorientado. A ver si me centro escribiendo. Me acuerdo de una venta que hay en la carretera nacional IV. Había un árbol enorme en la explanada, en el aparcamiento. Dentro de la venta, camioneros pedían de comer. Allí se vendía de todo. Eran otros tiempos. No había aparecido la canalla. Yo no era mayor todavía. O, por lo menos, no tan mayor. Recuerdo un autobús que iba para Oporto. Me tiré toda la mañana y toda la tarde para llegar a esa ciudad lusa. Me comí pan con chocolate en la frontera. Estoy como si mi cerebro se hubiera quedado quieto, anquilosado en una torpe cavilación. Escribiré para contar alguna cosilla que me salga de mi imaginación.

jueves, 12 de febrero de 2026

 Si yo supiera, como Samaniego o Iriarte, componer estrofas contando fábulas de animales, encantado, lo haría. Y luego las recitaría frente al palacio de Aranjuez o de la Granja de San Ildefonso. Lo haría a modo de performance efímera de unos cuantos minutos. Lo haría retratando a la soberbia y a la mentira como protagonistas de nuestras vidas, como las que mueven los hilos de nuestra existencia. Da pena ver el mundo al revés de cómo fue concebido por la razón, la razón de Dios. Hay en España tiranos de cinco años. Hay gente que sabe mentir desde casi que nace. Hay una avaricia que encima pretende justificarse. Hay una estupidez que casi huele. Hay personas que son malas a las que les va muy bien en este mundo. Hay un dolor. Un dolor moral que no encajaría en una fábula rimada de quinientos versos.