domingo, 25 de octubre de 2026

La idea que se tiene del Barroco es de gente muy sería que decía aquello de somos polvo, aire y humo. Pero dice Juan Manuel de Prada que el Barroco fue muy festivo. Los viajes en el barroco se hacían a caballo o en carro, unos carros con mucha ballesta que daban muchos brincos. La gente iba de Madrid a Sevilla y quizás tardaba dos o tres días, pero iba. Don quijote y Sancho se encuentran por la noche en tierras manchegas a un viático que lleva un muerto a Segovia. Son unos monjes. Hay pelea y don Quijote desbarata la comitiva. Son cosas de la literatura pero, ¿no podría haber gentes que no descansaban de noche por llegar pronto a un sitio? Los caminos eran peligrosos y los caminantes podrían encontrase con bandoleros como don Quijote se encontró a los galeotes que libertó. Qué tiempos aquellos del Barroco que no volverán. Tampoco volverán los de la Ilustración ni los revolucionarios años del XIX, con sus locomotoras que ya hacían el viaje más rápido y civilizado.

 He bebido mucha agua y he fumado un cigarro, acciones que parece que me han calmado. Ayer no dormí bien. Me costó coger el sueño. Un día como el de ayer quita el sueño a cualquiera porque el día de ayer fue muy duro de llevar. No estuve deprimido pero sí que entristecían las calles oscuras, silenciosas y solitarias. Llámame el lunes dijo ahora Juan, un nuevo conocimiento nuestro. Pues vaya. Las caras nuevas se vuelven viejas al instante. Si no miro por mí, nadie lo va a hacer y Paco dice que porque no compre el diario un día, no pasa nada. El diario es política asquerosa últimamente.

Manolo no viaja. A Manolo le gusta dormir todo el tiempo que le queda libre del centro comercial. A veces, le ha sucedido que se levanta de la siesta tan tarde que ya tiene que ir inmediatamente al centro comercial. Un centro comercial da para mucho. Hay de todas las gentes posibles. Es muy democrático un centro comercial. Van los ricos y los pobres. Los cultos y los ignorantes. ¿Quién no ha ido a un centro comercial? Los cultos compran libros al democrático precio de 20 pavos. Los pobres compran perfumes baratos, pan y huevos y un bocadillo de salchichón para merendar. Hay gente que se tira todo el día en el centro comercial para que los niños jueguen. Manolo ha visto todo esto y se asombra de lo variopinto que se vuelve el ser humano en un centro comercial, en su centro comercial

 Viajar sería para mí muy bueno. Ver algo distinto a este paisaje que se cae a cachos delante de mí, percibir otro panorama visual. Pero no me es dado viajar. Yo solo no podría, me da mucho miedo. Los días que voy a Madrid parece que viajo pero no lo hago de verdad. También es un escenario conocido. Dicen que hay gente que coge un tren por la mañana, va a Sevilla, y por la tarde, ya coge el tren de vuelta. Dicen cosas sobre viajar barato, dicen cosas de viajar que es muy fácil, que todo el mundo lo hace pero yo no lo hago. Vendrán los santos y todo el mundo irá a algún sitio pero yo no iré a ningún sitio y me desesperaré.

 Estoy más quemado que la pipa de un indio. Porque la gente se pira de la ciudad y yo no. O porque la gente se queda en casa metida y no sale. Yo no sé hacer ni una cosa ni la otra y salgo a la calle, como ayer y no hay nadie por ella. No suenan las voces de las gentes hoy por la mañana. El ambiente es de crisis. Pero una crisis que solo la vemos aquellos que nos quedamos en la ciudad. Ayer la ciudad estaba deprimente y me afectó. Andábamos la gente poca que éramos como putos fantasmas. Yo recordé un libro que leí hace mucho tiempo: "La región más transparente". No entendí nada. La región más oscura ayer estaba delante de mí, de mis narices que no viajan, de mis oídos que no oyen, de mi boca que no habla más que con Paco.

sábado, 24 de octubre de 2026

 Ayer escribí 5 folios. De no escribir nada a escribir 5 folios, no está nada mal. Son 5 folios sobre una residencia de ancianos. Me salió en plan satírico, en plan broma pesada. La verdad es que en esos 5 folios la protagonista principal es la muerte, que se va llevando a los ancianos para no más ver. Quizás lo haya escrito para conjurar mis fantasmas sobre mi padre. El caso es que me han salido como una broma macabra esas líneas que, en verdad, son tristes. Me he querido reír de la muerte pero la muerte se termina riendo de nosotros. La vejez, esa etapa de la vida a la que no sabemos cómo llegaremos (tantas sorpresas tiene la vida antes de envejecer). La vejez, digo, es un mal premio para una vida harta de dar palos de ciego o harta de ver pasar días en soledad, en penuria o en matadora rutina del vivir.

 Manolo se estremece de gusto tomándose su güisqui con hielos. Ha estado en el centro comercial y no ha habido ningún incidente. Ha comido de la tartera unas patatas con bacalao que preparó ayer. Y se ha venido en metro sur hasta su casa en Villaverde Bajo. Antes de ir a su casa, ha estado tomando un café en un bar. Ha preguntado al camarero:

-¿Qué turno tienes?

Y el camarero le ha dicho que llevaba toda la mañana y que salía a las tres. Manolo le ha dicho al camarero que tiene toda la tarde libre.

-¿Y qué vas a hacer?

-Nada- contesta Manolo- O menos que nada si puede ser.