Me he cargado el humidificador. Es un bote con agua y una resistencia que produce vapor. Me lo he cargado al haberlo desenchufado en marcha. A ver si luego, más tarde, funciona. El humidificador evita el polvo y los malos olores. Lucha contra el humo de los cigarros y procura un ambiente húmedo y no seco que hay en el invierno en las casas. Ojalá funcione a la tarde. Si no, tendré que comprar otro. Hoy voy a comer en el restaurante. Es un restaurante tranquilo, no pasa nada en él más que gente comiendo. Se come bien. Antes, tengo que ducharme y vestirme de nuevas y quizás dar un paseo a la gran vía, donde no hay ya casi nadie con el que pueda hablar de mi libro. La vida nos arrolla porque es más grande que nosotros mismos.
EL PROFESOR
viernes, 6 de noviembre de 2026
Ayer dejé el libro en cualquier sitio. Hoy no lo encuentro. Eso se llama desorganización. La vida pasa por estar organizado. Me he bebido unos vasos de agua. Se refresca la garganta y la parte superficial del pulmón. Las tripas se lavan. Los riñones se purifican. El agua es un elemento que conviene al cuerpo. No así el tabaco. El tabaco es un veneno que hay que dosificar. La vida pasa como si no la estuviéramos viviendo. Pasa rauda y difícil a veces. No sé si existe la psicosis del que vive una geografía escueta y pobre. No sé si estoy viviendo o pasando ratos. No sé si soy rico o pobre. Todo es relativo. Todo tiene la virtud o el vicio de ser comparado con otras cosas. Todo pasa hasta que baja el telón. Todo es todo. Nadie sabe cómo salir del pulimento de los días.
La mañana trepa como un gusano, como una cucaña, como el olvido de nosotros mismos hasta el tope, que es reconocer nuestra debilidad y hacerla visible. Somos lo que la Tierra nos deja ser, no más. No hay manera de rebelarse de nuestra carne, de nuestra posición en el mundo. No debemos desesperarnos, magullarnos el alma luchando contra nuestra tortura existencial porque se trata de aceptar eso, nuestra evidencia terrenal. Somos eso que andamos, que vemos, que poco a poco desgastamos en el mundo. Es nuestro cuerpo pero también nuestra alma ciega y solitaria porque en el fondo, estamos solos, solos frente al mar.
Manolo le cuenta a Miguel: mi madre murió de un infarto. Miguel le cuenta a Manolo: mi padre murió en una residencia. Y luego ya dejan de hablar de sus padres y Miguel le cuenta unos chistes a Manolo porque se sabe muchos y Manolo ríe como no ha reído hace mucho tiempo. Ya es 12 de diciembre. La navidad está en el aire. Está casi por llegar y ese aire de navidad oprime un poco los corazoncitos de Miguel y de Manolo. Van a tomarse una cerveza los dos juntos cuando el centro comercial cierra sus puertas. Parecen los dos, si se los mira de cerca, dos hermanos en vez de dos amigos. Siguen charlando de cosas banales, de cosas domésticas, de cosas de ellos y se les pasa un poco la noche. La navidad está llegando como llega todos los años.
miércoles, 4 de noviembre de 2026
Manolo ya está preparando el menú de nochebuena. Al final, se ha juntado con un amigo, Miguel, que vende cupones a la salida del centro comercial. Miguel también es un hombre solo en el mundo. Fue así cómo se conocieron, comprando Manolo un boleto a Miguel y charlando un poco. Hasta que se hicieron amigos y las coincidencias que había en el pasado de los dos, les hicieron más amigos. Manolo está haciendo canapés de ensaladilla rusa con anchoas y salmón ahumado con anchoas también. Y está sazonando una dorada grande para meterla en el horno. Luego, Miguel y Manolo se fuman unos cigarros hasta que se hace la dorada. Y están tan felices de despejarse la soledad el uno al otro en estas perras navidades que han venido como vienen todos los años.
Yo diría que la mañana hoy es como un tirante que se ajusta al cuerpo como podría ajustarse un dolor agudo al abdomen. Uno se levanta y todo es como un dolor, como un dolor antiguo que no mata pero maldice el minuto y la hora de estar en este mundo. Me vuelvo loco pensando si una persona que recorre la misma geografía todos los días puede llegar a sufrir una enfermedad mental de algún tipo. Si hubiera esa enfermedad, se la podría llamar hipotimia por localismo. O depresión por geografía personal limitada. Bueno. La verdad es que creo que habitar el mismo espacio todos los días no siempre es monótono y aburrido. Hay algunas sorpresas diarias, como ese amigo con el que tomas café y te deja hablar un poco de tu libro.
En navidad hay personas que caen mal por el hecho de no felicitar las fiestas. Es solo coger el teléfono a eso de las tantas de diciembre y llamar. Y decir: felices fiestas. No cuesta tanto. Pues hay algunos que no lo hacen. Y quedan mal, muy mal. A mi personaje y amigo Manolo solo le llama un tío desde Cuenca, un tío muy antiguo y dejado de la mano de Dios, pero le llama y le desea una feliz navidad. Manolo se alegra de que haya todavía en el mundo alguien que se acuerde de él y va y se emborracha. Y acaba dando tumbos por la calle Leganitos, que va de Santo Domingo a Plaza España. Y, al día siguiente, se levanta con una resaca horrible, pero va a trabajar a perseguir el delito contra la propiedad de otros.