lunes, 29 de junio de 2026

Climáticamente, este verano no es como los anteriores. Ha llovido, hace aire fresco, no llegamos a 40 grados. No se pone el cielo amarillento por las noches. Hay nubes que tapan el sol de vez en cuando. No es fuego puro lo que hay entre las 3 y las 6 de la tarde. A mí lo que me quita de sufrir estos días que hago siempre lo mismo, es andar. Ando y renuevo con mis pasos, mi pensamiento. Y cuando llego a casa después de andar acude un poco de armonía en mi mente. La vida es ir haciendo cosas. Lo que pasa es que no me da por escribir textos literarios. Y tampoco por leer. Quizás sean quimeras lo que yo escribo, tonterías sin ningún tipo de base artística. Pero son mis escritos y debo perdurar en ellos.

 Ese hombre que está en la terraza de un piso mirando al mar. Puede que estén colmados todos sus deseos mientras bebe vino blanco, oye el rumor de las olas y ve las luces que en la noche brillan a lo lejos. Pero al día siguiente, llegan sus hijos y su mujer llenos de problemas a pasar unos días en el apartamento. Todo se trastocará. Los hijos dicen que necesitan dinero. Su mujer dice que hay que viajar a Biarritz. Ha venido con sus hijos un amigo con ojeras, con un corte de pelo inmundo y unas ganas de consumir droga que se le ve de lejos. La vida de este hombre que, como hemos visto, ama la soledad, se manchará con borracheras por la noche de sus malhadados vástagos y un insistente deseo de su mujer de viajar por el norte de la península. Ya lo veía venir. Ninguno de su familia puede estarse quieto leyendo un libro. Ya las noches mirando al mar acabaron. Ya ha llegado la vorágine a su vida. Su querida soledad se ha llenado de desorden y vicio. Se pregunta para qué se casó e hizo una fortuna. Se pregunta por qué es esclavo de su familia. Se pregunta cuándo volverá la soledad por su barrio existencial.

 Tengo que comprar patatas para hacer un puré. Tengo yo un protagonista de un relato que lo que más recuerda cuando es viejo son las patatas que llevaba a su madre para hacer la comida. Los días de posguerra de los años 40 en España fueron muy duros. De ahí sale "La familia de Pascual Duarte", de Camilo José Cela. Había mucha violencia en el ambiente esos años. Pascual usa su violencia de manera extrema. Son los llamados años del tremendismo en literatura, en novela. Está la novela "Nada" y está la novela "Entre visillos" de Matute. Y otras más. Luego llegó la novela social. Se escribió luego, un poco más tarde, "El Jarama" en la que existe el desencanto de unos personajes que ven que pronto llega el lunes. A mí me encanta esta novela porque se refleja, como en ninguna otra, la visión de unas gentes desguarnecidas de deseo, fijas en su lucha por la vida, claros ejemplos del realismo de la época.

No soy yo el que me he levantado esta mañana sino un trasunto de mí mismo. Adormilado, tonto para las cosas, olvidado de vivir, fracasado en la experiencia existencial. La vida es para vivirla, sí. Pero esta renuncia a conocer mundo, esta inoperancia para desear los goces de los elementos. Quizás todos los que conozco renuncian a la querencia de ver el mar, de aprovechar los días yendo de acá para allá viendo plazas e iglesias y prados y arboledas y bosques y castillos y hoteles y playas y recónditas esquinas de un pueblo lleno de vacas. Y recorriendo con el coche unos kilómetros ansiados y llenos de emoción. Para aquí. Quiero sacar una foto de recuerdo. Para acullá. Quiero mirar la bahía un momento. Para en el centro. Quiero ser un turista más de los que se meten en el bolsillo ese suvenir misterioso.


domingo, 28 de junio de 2026

 Las mangas de mi camisa se quedan ahí, en el puro verano. Un Madrid inmenso señala el tiempo de los cascabeles en el cielo. A veces mi sombra se descuida de mí y se va a dar un paseo por el asfalto más negro y venenoso. Los años dan sueño, dan el sueño de la edad que nunca se repite. Somos como los autobuses, somos como ¿las farolas? Ya dije esto muchas veces. Los libros están muy quietos, no me atrevo a abrirlos por si me dan una sorpresa desagradable. Ya el sol andará alto como ciertas nubes blancas algodonosas y tiernas. Ya la fe retornará a mi espíritu para hacerme ver qué frágil soy frente al mar, al eterno mar de los días.

 Se va uno incorporando a la mañana como el que se incorpora a la M50. Ayer hubo fiesta. Toda la familia reunida. Charlamos (me encanta charlar) y comimos buenas viandas. Los más pequeños andaban de allá para acá o se quedaban obnubilados con el móvil. Mi sobrino Carlos me habló de la cruz de granito que hay en la parada de taxi. Me dijo que hay gente que la besa y la toca. Mi sobrino Alberto habló del examen de cartografía marina. Se quiere hacer capitán. Yo acabé muy cansado ayer. Caí en la cama como un bulto, como un fardo. En mi familia hay abuelos y un bisabuelo. Los niños no quieren besos ni que los anden hurgando. Las mujeres de mis sobrinos estuvieron atentas a los niños. Son muy madres. Hoy todo vuelve a su cauce.

sábado, 27 de junio de 2026

Hace una mañana buena. El sol alumbra. El cielo azul incólume, brilla. Los pájaros suenan. Suenan chirridos de golondrinas. Nos vamos a poner en marcha pronto. El día también suena. Suena a reunión. Y a kilómetros. La vida se divide, la vida toma un camino. El resplandor del día llega a la tierra. A lo mejor, huesos. La seducción cuesta. Zibá, es el nombre. Merodeando por la carretera quizás, yendo de un lado para otro. Segovia es un pueblo. He soñado con una alarma. Dentro de lo que cabe, puede caber un calcetín o una bota. O un botijo. Los días pasan y se atrapan unos a otros y el tiempo augura otro tiempo y ya.