En la parada de autobús de Majadahonda le gente es igual que mi hermano y que yo. Quiero decir que todos visten como mi hermano y como yo. Nadie destaca. Excepto una vez que vi subir al autobús a un tipo menudo con una chaqueta vaquera con motivos de rock and roll duro y unas manos como alicates. Me sorprendió el tipo. Seguro que había soportado trabajos duros y oído conciertos duros también. Dejó en mi alma una aroma a madrugadas y paletas con cemento. Otra vez una chica vestida de negro pero con camisola blanca se puso a cantar en inglés a su amiga y me sorprendió también mucho, no dejaba yo de mirarla, precisamente porque la admiré todo el trayecto a Madrid. Una vez en Madrid, en el llamado intercambiador de Moncloa, la tromba de gente que camina de un lado a otro, por pasillos larguísimos, me subyuga, me subyuga más que lo haría cualquier droga u orgasmo que tuviera yo en alguna ocasión. Quizás exagero, no sé. Pero es la impresión tan bonita que tengo de ver tanta gente junta avanzar a destinos que ni me imaginaré nunca.
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