No me puedo permitir ir a la playa, allá donde las conchas se rompen en pedacitos, allá donde la arena dice ay continuamente, allá donde las olas rompen la mañana y la tarde y la noche. No me lo puedo permitir porque mi hermano está malo. Porque padece una enfermedad mental. Debería yo pedir que no se ponga más malo de lo que está. Debería yo no pensar en la playa, ese lugar que se repite y se repite hasta en los días más tristes de la vida. Debería yo pensar en hacer una lasaña, una lasañita pequeñita que alimente a mi hermano y a mí. Y nada más. Nada más que el día entero y verdadero.
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