La rosa. Deja a la rosa que crezca y no la metas en un verso. Obsérvala, huélela, acaricia su suave tacto. Y ya ponte a andar otra vez a ver qué otro lado de la naturaleza se te ofrece gratuitamente y felizmente. El río que fluye con unas aguas claras. Por esta ribera no anda nadie en invierno, ni siquiera en verano. Ya los pescadores no se acercan a por la trucha o el barbo, pez que se agita en el fondo. Después del paseo, nos acercamos a un pueblo pequeño con bar y pedimos un café. Los ancianos del lugar nos advierten de una posible guerra. España tendrá que entrar y todo será un desastre. Luego, cogemos otra vez la bicicleta y bajamos otro poco hacia el río pero, cuando las truchas oyen el pisar de la tierra, ya han huido de debajo del puente. Los animales son muy recelosos del ser humano. Cada vez más, pues siguen existiendo los malditos furtivos.
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