El poeta que cantaba a la fogosidad del tigre y a la princesa de la boca de fresa y al arlequín simpático y al payaso del circo y a el rey que rabió luego cantó a la piedra porque él mismo quería ser una piedra que no sufriese el avatar del ser humano que él era. No podía ya soportar la vida. Se veía con achaques, con la tensión de la muerte en su alma. Pero conoció a Francisca, que le ayudó a llevar esos asuntos de desvalimiento y de miedo a la vida un poco más ligeramente. Somos todos ese poeta, ese Rubén Darío que cantaba "Prosas profanas" y que luego cantaba al hundimiento de la vida a sus pies. Todos hemos sido jóvenes. Todos hemos matado nuestra infancia en días más tristes de nuestra vida. Todos somos unos poetas de nuestras propias vidas.
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