sábado, 7 de marzo de 2026

 Una persona en soledad casi no es nadie. La gente la mira e intuye esa soledad y no la dirige la palabra. La soledad nos vuelve enfermizos, carentes de lenguaje, nos hace bestias. Quien rompa esa soledad forzada debe ser alabado, debe iniciar un diálogo que antes no estaba. Debe dar un paseo con el solitario y escucharle. Y así habrán ganado los dos: el solitario ha dejado de serlo y el que le acompaña ha ganado en grandeza. La soledad no conoce de dinero ni de clase social ni de política. La soledad se ceba en jóvenes o viejos, la soledad es una malísima compañera. Matemos las soledades de la gente haciéndolas hablar, haciendo que el lenguaje vibre, las historias y anécdotas brillen en la boca del solitario.

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