El vergel que hay en mi casa no está hecho de plantas exóticas ni de peces de colores. El vergel de mi casa está hecho de palabras. Libros que me esperan a la tarde y estos escritos que escribo por la mañana. Letras y letras y renglones torcidos y renglones en línea acaban apareciendo ante mis ojos de lector ávido de cosas y acontecimientos. Me voy a duchar. Son las once y media. La mañana está diciendo su triunfo, su doloroso placer de subir el sol a lo alto. La gente trabaja, la gente apoya un pie en la pared y rezuma dolor y rezuma aguante. Pronto vendrá la vacación y la gente descansará. Se lo merece. Se merece descanso y una torrija. Mientras, en mi casa todo va despacio, nadie se mueve del sitio, nadie apuesta a la carretera un desplazamiento mínimo.
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