Habrase visto, dijo la madre al hijo que venía todo sucio y borracho. No me gusta cómo vienes a casa. Te voy a echar en cuanto cumplas 18. Y, efectivamente, un dos de febrero, después de estar el hijo todo descentrado con unos amigos que se pasaban los días (de diario también) borrachos y drogados, la madre le dijo que se fuera de casa con una maleta y 20 euros en el bolsillo. Y el hijo se separó ya esta vez de sus amigos que no eran amigos sino incitadores al desmadre. Se puso a trabajar de peón de una obra, ganó su dinero y empezó a escalar en la vida unos peldaños que le alejaron de la droga y las risas tontas que provocaba esa droga. Y fue feliz metido en una habitación mientras el mundo giraba más despacio y acompasado.
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