Me levanto con esa sensación de soledad. Paco no me la quita. Es pensar los amigos que tengo y se me remueve algo en las tripas. Necesito hablar de mi libro una vez más. Hay un tipo que canturrea en la calle: papa para paraba papá. Y yo me fundo en la mañana mientras escribo esto. Estas mañanas de desolación leve me tensan el alma. Necesitaría una borrachera de vino mientras hablara de la revolución y de los escritores y de la prosa de Galdós y de mis intentos de crear algo sublime. Pero todo se aquieta y entumece en un rincón de mi alma. Me acuerdo mucho de los amigos que tuve haciendo la carrera. Ojalá volvieran. Ojalá un golpe de mar los devolviera a la orilla y charlar y charlar. La pena de ser un Robinson en la isla es que no aparece ningún Viernes. Ni este sábado maldito me da conversación. Maldita soledad. Penosa soledad.
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