viernes, 8 de mayo de 2026

 Esto que escribo aquí debería ser un ensayo para que esta tarde toda llena de nubes negras, la dedicara a inventar una historia. Y la historia podría empezar así, más o menos a la buena de Dios: Jacinto se había caído de un avión. No sabe cómo había llegado a esa isla que parecía desierta. El caso es que cuando cobró de nuevo la conciencia, ya estaba en una playa muy larga de la que no vio el confín. Solo recordaba el histerismo que se había adueñado del pasaje y de la tripulación después de oír por el altavoz: "hemos perdido el segundo motor". Todo fueron gritos en los que se llegaba a oír por diversas voces: "nos vamos a matar", "Dios mío, sálvanos" y muchos que llamaban por el móvil en un deseo de despedirse de alguien, de los seres queridos. Y el que no tenía seres queridos, quizás de algún ser odiado. Jacinto había sobrevivido a eso: al histerismo, a la desesperación y al golpe del avión contra el mar. Resulta que, cuando Jacinto dio unos pasos por la playa, lo vio. Vio el avión allá lejos semihundido en el mar y un montón de cadáveres arrojados a la playa. Unos, violentamente muertos, a puro golpe; otros, mutilados, sin cabeza o sin piernas. Le costó creer que él no hubiera muerto.

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