Los que son humildes, se los ve enseguida. Y los que son soberbios, también relucen como el fósforo. Se ve todo en la forma de hablar que tienen unos y otros. Los soberbios son cortantes, no dejan pie para el diálogo, para que el otro se exprese. Pero no todo el rato eres soberbio o humilde. Hay veces que se truecan los papeles y el torito manso da una cornada al torazo bravo. O espera que pase el tiempo y ese que ayer decía: "y punto", deje de decirlo. Porque hasta el más soberbio tiene puntos débiles y, si es soberbio es porque le han ido muy bien las cosas en la vida pero llega un punto en que algo cambia su modo de ver: y es que todos estamos vulnerados por los sinsabores de la vida. De las desgracias no se salva nadie y el soberbio agacha alguna vez la testuz.
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