Este era un hombre, o quizás una mujer, que tenía un hueco grande en el estómago. No se llenaba con bizcochos o coliflor hervida o un filete de ternera. Era un hueco existencial, era un hueco de aviso: no te creas nadie especial, le decía ese hueco grande en el estómago. Y ese hombre, o quizás, una mujer iba con ese aire libre del estómago a todos los lados. Iba a la compra y a sus vecinos, iba a sus hijos y a sus padres, ya mayores. Iba a la playa a disfrutar pero por las tardes, a la hora de la siesta, ese hueco informe y difuso le o la avisaba de que quizás estaba de más en la Tierra, de que este mundo le había escupido del seno de una madre y luego tenía que vivir, aunque fuera a regañadientes. Ese hueco en medio de la tripa le, la iba diciendo que inevitablemente iba a cumplir años, que la vida no es guasa, que el estómago era la señal de que vivía. Mal, pero vivía.
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