El escultor sabe lo que hace: junta dos hierros grandes y los coloca al lado del mar y dice, ¿qué sé yo? Que eso es una sirena o el símbolo de no sé qué. El poeta junta miserablemente unos versos que nadie entiende, ni siquiera él, y dice que son palabras que anuncian un futuro, inminente además. Y así va el mundo, lleno de cosas abstractas que hay que adivinar pero solo si nos da la gana. Cristo murió por nosotros, los seres humanos. Pero eso, ¿en qué cabeza cabe? Por eso hay tanto descreído de las artes, de la arquitectura, de las administraciones, de las religiones. Porque nos lo ponen muy difícil. Solo hay que creer, nos dicen. Hay que creer en la declaración de la renta, en unos funcionarios que no hacen nada, en la resurrección de la carne, en los impuestos y en el presidente. Pero, ¿quién cree en nosotros, en los ciudadanos?
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