Las noches de autopista envejecen el dolor. Arrancamos de día y surgimos también de la noche sin la luz de la aurora. Es pronto para decir que estamos derrotados, que no vivimos nada de la mañana ni de la tarde. Otros habrían abandonado la pizarra mucho antes, antes de que la humillación hiciese llorar en los pasillos, tantos pasillos. La vida fue ir y venir del pueblo, ese pueblo que besa ya la lona en nuestros días. Haz bien y no mires a quién, decía mi padre, ya nonagenario. La playa espera una carambola, un azar preciso, un coche y un conductor. Pero es la luna la que rige las noches, la claridad de las noches ineludiblemente, tajantemente. Oigo el ladrido de los relojes muy lejos, demasiado lejos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario