jueves, 19 de enero de 2017

A lo mejor, en la selva, rodeado de ruidos de la naturaleza, que no son artificiales ni humanos, comiendo el alimento que da la propia naturaleza, que no es ni cocinado ni sujeto a experimentación, totalmente desnudo porque la temperatura es cálida y única, uno se sienta como si fuera el primer humano de la creación. Y estando así no se le ocurrirían poesías ni cosas demasiado alambicadas sino que uno pasaría el tiempo observando, dando más trabajo a la vista y al oído que a la lengua, tratando de conservar las energías tumbado o cogiendo frutos para luego comerlos.
Y no como aquí, en este mundo urbanita y lleno de aparatos a los que hay que contestar, amigos y conocidos a los que hay que tratar, edificios en los que hay que entrar, puertas y escaleras que hay que abrir y cerrar y subir y bajar.
Es agotador pensarlo, las fuerzas que derrochamos en algo tan banal como atender relaciones sociales que según esta sociedad no debemos sobrevalorar ya que la gente es tóxica y mala, las necesidades que nos crean las marcas comerciales a cada minuto, casi a cada segundo: compre, compre, compre.
Tampoco hace falta vivir en la selva. De mi pueblo sale un camino que conduce a un encinar. Allí, debajo de una encina, echando un cigarrillo, no hay famosos, no hay cosas que comprar, no hay gente a la que decir hola. Solo hay el ruido del encinar.

Beatus ille.



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