Había en la asociación una voluntaria y un voluntario. Los dos vivían en urbanizaciones de lujo. Yo entré un día en una urbanización de esas. Tienen hasta carretera para ir de un bloque a otro. Yo estaba de taxista. Me quedé un poco impresionado al recoger a una hija de un diplomático mexicano. Ya digo que esos dos voluntarios vivían en urbanizaciones de estas que dan asco del dinero que rezuman. Y los dos eran rojos. Un día ya me harté porque la voluntaria contó una anécdota protagonizada por la pasionaria. ¿La pasionaria? ¿También vais a sacar a relucir a la pasionaria? Yo no pude más. Qué hipocresía. Qué contradicciones cabalgaban estas personas. Otro día, el voluntario me enseñó una foto de su casa de León. Una mansión en un monte. Yo alucinaba. Vivían como querían. No como yo. Que estoy pendiente de un enfermedad, la mía y la de mi hermano. Luego, daban charlas absurdas sobre la protección social en la ciudad. Como si les importara a ellos la situación social de nadie. Les regalé mi libro. Dijeron que era muy bueno. Pero su opinión no me sirve. Esta gente destila un no sé qué a pavo trufado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario