Ya los troncos de los árboles están oscuros de tanta lluvia. Los pajarillos se esconden como pueden de tanta lluvia. Los insectos de debajo de la tierra se meten más hondo por la lluvia. La gente tiene cara de pocos amigos por la lluvia. Esta fina lluvia, que da título a una novela de Luis Landero, que va calando honda como un pico que cavara una zanja. O una tumba. La lluvia oscura y fría como un dolor intenso, como una amenaza de Dios que sabe que los humanos se portan mal y está a punto de lanzar una plaga, un desastre, una tragedia porque está harto de tanto insulto, tanta ordinariez, tanta iniquidad. Dios no se muda, dice el verso. Pero Dios se cansa, se ha de cansar porque el ser humano llega un momento que satura la paciencia.
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