Tenía que ir a por una inyección y unas pastillas a la farmacia pero no tenía ganas. También se tenía que cortar el pelo. Por la mañana, una pereza le embargó, no queriendo más que estar en casa. En casa, leyó algún libro, se bebió un café extra, anduvo por la habitación, no hizo nada estrambótico ni original. La mañana fue avanzando y dejó un regusto a ordinariez en su mente. No era nadie, se dijo. No era famoso, ni importante, ni salía en los periódicos. Era una ventaja no ser conocido públicamente. Pero también estaba aburrido de su intrascendencia. Si su primera novela hubiera sido una gran novela... Pero, ¿qué es una gran novela? ¿Aquella que habla de lo transcendente? ¿Aquella cuyos personajes logran ser universales? No lo sabía. Él había escrito una novela olvidada, una novela nada conocida. Un regusto a ordinariez recorría su alma, al alma de un escritor que no vio la luz de la fama.
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