Un fresco sabor a agua se le quedó en los labios después de beber. Luego, fumó un cigarrillo pero el sabor del agua pervivió en su boca. Se duchó con agua fría, se vistió y escribió. Escribió tibiamente el dolor de vivir, las medias lunas de la noche, el afán por ser útil, el lamento de la soledad en medio de la ciudad. No sabía que la vida iría a peor desde ese tiempo en que se iba haciendo viejo. La vida mala le perseguiría de allí en adelante. Ya no iba al pueblo donde nació. Ya no disfrutaba de placeres de los que disfrutó. Ya no fue a la playa nunca más. Empezó a desear acostarse pronto para que el día muriera con él en la cama. Ya no había ni un hueco pequeño en el mundo para su pobre existencia. No sabía de famosos, de escritores, del mundo que otros sí sentían. La mañana se le fue estando en casa, escribiendo y la tarde se le fue también en casa, olvidando lo que era en este planeta loco, disforme y desordenado.
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