Había un tipo al que le daba sensación de ser tonto. Todo lo que hacía le parecía una tontería. No hacía gran cosa al día ya que estaba jubilado, muy jubilado. Llevaba gran tiempo jubilado y en este tiempo actual, tan raro, en el que los líderes políticos eran muy listos, a él le parecía que era tonto y la causa de creerse tonto era que no era malo, que debería ser más malo o menos bueno. Era un ser solitario, que no participaba de partidos políticos ni de clubs de petanca. Viendo a la gente y cómo pasaban los autobuses (llenos, semi llenos, semi vacíos, vacíos) ya se pasaba el rato. No molestaba a su familia con apremios de cariño. No molestaba a nadie y quizás por eso se creía tonto. Veía al presidente de su nación, rodeado de delincuentes, con mujeres y vino y gambas y ladronicios que iban saliendo a la luz y este pobre hombre se creía tonto del haba por no saber robar ni meterse en esos círculos tan divertidos y saciantes de deseos. Era tonto, no le demos más vueltas. Era tonto hasta decir basta porque se aburría, porque no robaba, porque no disfrutaba de la vida abundantemente. Era tonto y no tenía remedio. Se comió un lata de sardinas e iba pensando: soy tonto, soy tonto.
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