A principios del siglo XX había un crítico de teatro que estaba enganchado a la cocaína. En esa época la cocaína se adquiría en las farmacias. Cuando iba a presenciar una función, se ponía hasta las trancas. Y veía los trajes de las actrices y sus rostros resplandecer en sus ojos. Y oía los diálogos de la obra y le parecían filosofía kantiana. Alucinaba en colores y luego escribía unas reseñas sobre la obra en cuestión que asombraba a quienes las leían. Otros críticos de otros periódicos criticaban la obra en cuestión casi con desprecio, con la serenidad del abstemio. Este crítico enfarlopado solo tuvo el mérito de escribir buenas redacciones en bachillerato pues un tío suyo lo metió en el periódico. El tío se dio cuenta un día de su adicción pues veía que tenía subidas y bajadas de ánimo muy pronunciadas. Y le llevó a un balneario del Norte, donde se desintoxicó. Y un día a este crítico espírico le dio la tuberculosis, muy común en aquella época. Y le dijo la mujer: ¿compró cocaína en la botica? Y el crítico dijo: no, no. Mejor dame una manzanilla.
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