Las gargantas chillan cuando el corazón se harta. Es en todos los sitios igual. La pena de vivir tiene sus límites. Las cosas repetidas que se suceden hacen que el vaso rebose. No es una revolución lo que se avecina en mi vida sino una férrea disciplina. Un negar las cosas en mis tripas. Un mandar al carajo mis deseos y llenarlos de horas muertas, para que se aplaquen. Un día será el que me libere y ande como Lázaro anduvo, como los dioses pequeños vinieron a la Tierra. Los designios de Dios nadie los conoce pero los va aventando como los perros, los va articulando en su tránsito terrenal. No hay nada nuevo bajo el sol, no hay lugar para la queja, no sabe uno de quién está rodeado. Todo es magaña, todo es desilusión y ninguna traza de que mejore el horizonte.
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