miércoles, 24 de junio de 2026

 Dulces eran sus ojos negros. Del tabaco me querían salvar. Pero yo dije no. Y volví a fumar más del paquete. Era muy caluroso el día. El ordenador bufaba. Los montes y las praderas nos tenían así: metidos en la cama hasta casi las once. El sol decía muchas cosas, que la faz de la Tierra estaba maldita. Ya no íbamos ni con unos ni con otros. La gente se volvía salvaje poco a poco. No merecía la pena una compañía de gente desordenada y loca, que daba voces o se quedaba callada. Solo mi hermano y yo nos atemperábamos bien, nos decíamos cosas lógicas, elocuentes y bonitas. Ayer estuve a 1500 metros y hablé con la familia. Hoy no sé dónde estaré y no sé si habrá Dios esta mañana.

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