El otro día sábado estuve en mi pueblo. Pude hablar con mi primo y con un señor que andaba en bicicleta. El bar estaba cerrado pues se habían ido los taberneros de boda. Y nada más. No se veía un alma por la plaza ni por las calles. Paz y tranquilidad a la máxima potencia. Luego fuimos a Segovia a celebrar el cumpleaños de mi padre. Y luego nos vinimos a la ciudad. No hubo mucho bullicio en la comida. No cantamos el cumpleaños feliz. Yo, a la salida del restaurante, por una trocha que hacen los tractores, vi un montón de saltamontes. Ya todo es pasado. Ya acude a mi punto kilométrico el tedio y la calma. No es poco poder vivir la vida no muy emotiva.
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